“Lo único que tienen de especial los elementos que nos configuran es el hecho de que nos configuran”. Con esta maravillosa frase, que aparecía ya en su volumen ‘Una breve historia de casi todo’, Bill Bryson complementa el primer capítulo de ‘El cuerpo humano: Guía para ocupantes’ (2019). Y vuelve a demostrar, una vez más (y ya van unas cuantas) que es un genio de la divulgación.

Con este exquisito volumen Bryson logra el enorme reto que supone sintetizar el cuerpo humano y explicárselo a sus dueños. Empezando por lo básico —por los átomos que componen el ADN y otras estructuras que a su vez dan forma tanto a nuestras células como a visitantes ocasionales y permanentes de nuestro cuerpo— el autor desmenuza el cuerpo humano órgano a órgano, deleitándonos con términos como ‘borborigmos’ (ruidos intestinales).

Tan instructivo como repleto de datos curiosos —ejemplo: los seres humanos supimos del ácido clorhídrico del estómago porque el cirujano estadounidense William Beaumont se dedicó a probar los jugos gástricos de su paciente, Alexis St. Martin— , Bryson vuelve a hacer de las suyas y lo hace como suele: con las elevadas dosis de humor a las que nos tiene acostumbrados.

Si ya de por sí resulta fascinante descubrir el número de células epiteliales que perdemos a diario, cómo se inventa el cerebro la interpretación de la información que registran nuestros sensores periféricos o cómo nuestra microbiota conforma nuestro sistema inmunitario (es alucinante), aún lo es más cuando esta misma información entra con risas.

Además, de este autor destaca que prácticamente cualquier tema puede ser motivo de carcajadas nerviosas y aparentemente irracionales, especialmente por cómo selecciona las historias a contar. Por ejemplo, ¿sabía el lector que los pilotos de las aerolíneas “se quedan dormidos o casi dormidos en algún momento del vuelo sin ser conscientes de ello”? Como digo, risas.

Sin duda una historia a destacar es la de Ebenezer McBurney Byers, un caballero que decidió usar como tónico de uso diario un analgésico llamado  Radithor que se vendía sin receta hacia principios del siglo XX. ¿El problema? Radithor tenía Radio, el elemento químico. Ebenezer se hizo mundialmente famoso por tres aspectos bien diferenciados: por un lado, era un atleta reconocido ganador de multitud de trofeos; por otro, destaca su líbido hiperactiva difícil de satisfacer; y en tercer lugar, es una de las pocas personas que se han auto-inducido cánceres (en plural). Bryson cuenta cómo Ebenezer se bebía una botella de tónico a diario “hasta que descubrió que los huesos de su cabeza se iban ablandando y disolviendo poco a poco como un trozo de tiza bajo la lluvia”. Dudo que sea posible encontrar una forma más absurda y graciosa de comentar una muerte tan horrible y dolorosa.

La segunda y última historia que destaco es la de William Halsted, un cirujano estadounidense que, sin que se le conozca ningún problema mental, un día decidió cloroformizar a su madre y sacarle la vesícula biliar usando herramientas de quirófano pero realizando la operación, por algún motivo que no ha quedado registrado, en la cocina de la casa familiar. La historia tendría ya todos los ingredientes para aparecer en los medios, pero el incidente se ve agravado por tres hechos importantes: en 1882 no se sabía si una persona podía vivir sin vesícula, no se tiene constancia de que la madre de William diese su visto bueno a la operación, y a esta señora no le pasaba nada que indicase que había que remover la vesícula de su sitio, donde estaba perfectamente.

Pero no se asuste el lector. Este libro no es ni macabro ni gore. Tampoco destaca la casquería, de la que apenas destacan algunas notas y datos intrascendentes sobre el peso de los órganos y algunas experiencias en salas de autopsias. Es increíble lo que se aprende de los seres humanos una vez estos se han marchado. También lo mucho que sabemos de lo mal que tratamos nuestro cuerpo.

Buena parte del libro se centra en las necesidades biológicas y de cómo, de forma sistemática, nuestra vida sedentaria y unos hábitos dietéticos en declive bombardean todo intento de supervivencia. “Nacemos con el cuerpo propio de los cazadores-recolectores, pero luego nos pasamos la vida en el sofá viendo la tele” o “millones de nosotros pasamos la vida luchando por mantener el equilibrio entre un cuerpo diseñado en el Paleolítico y los modernos excesos gustativos” son algunas frases destacadas.

Otra frase de ‘El cuerpo humano: Guía para ocupantes’, con la que cierro esta breve reseña (recordemos que este libro fue publicado en inglés en 2019) es la profética “hoy no estamos mejor preparados para afrontar un brote que cuando la gripe española mató a decenas de millones de personas hace cien años”. Este año nos ha demostrado la certeza de esa afirmación.

Imágenes | Bill Bryson

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