«….Me cuesta vivir, no como una pesadumbre, sino como un dolor físico que nunca se va»

Fernando Pessoa

Si alguna vez me encontrara una imagen que revelara lo inhabitable del inframundo, este sería el caso de la fotografía de Czeslawa Kwoka. 

Una mirada extraviada en la fantasmagórica intuición de su propia muerte, no esperar nada, apenas sentir el lazo ocultista de una existencia en trance de perplejidad. El próximo acabamiento resulta incomprensible para la razón humana, es acto inexpresivo, abocamiento pesaroso, vida de larva terrestre y penetrante claustrofobia sacudida de eternidad.

Qué diría un discreto y atemporal observador de sus ojos?, tal vez que en el azul egeo de sus pupilas se dirimen  los yermos y los espacios esquizoides y de desesperanza de todos los hombres, como si se asemejaran a dos purgatorios fijos en el espacio, interrogándose, echándose ceniza, dando el alarido de Job, espetándole a Dios un por qué.

Su labio inferior es habitado por un hematoma, reseña doliente infringido por otra mujer, la carcelera nazi, que escasos minutos antes le propinase uno de esos golpes vacíos de contenido, de la estirpe de las incongruencias, demoniaco en sus formas y representaciones, el báculo de Satán. Y sus ojos, otra vez sus ojos de impenetrable numen, como si reflejaran no a sus verdugos sino a alguna divinidad madianita, a falsos ídolos, a baales manchados de sangre y de sadismo insaciable.

Czeslawa era una niña polaca a la que alumbraban sus escasos catorce años, todavía imberbe en el espíritu, fue detenida un 13 de diciembre de 1942, cuando los nazis invadieron el condado de Zamosc, en Polonia, desalojando como el relámpago más de 300 aldeas y deportando a un número superior a 100.000 personas a los campos de concentración de Auschwitz y Majdanek.

La operación militar contra civiles indefensos no era más que el principio de un ambicioso plan, el denominado como «Generalplan Ost» o Plan General del Este, que consistía en la deportación y el paulatino exterminio industrial de 50 millones de eslavos. Pero lo que había detrás de esta perversa operativa en nada tenía que ver con una simple eslavofobia, puesto que el verdadero fin era crear a medio plazo un «Lebensraum» o espacio vital alemán, donde tenían pensado se instalaran colonias de granjeros y agricultores de raza aria, es decir, con una intencionalidad colonial e imperialista encubierta bajo unos presupuestos raciales.

En uno de los transportes en los que viajaban los deportados polacos del condado de Zamosc, incluyeron a Czeslawa y a su madre, Katarzyna, famélicas, desarraigadas y torturadas física y emocionalmente, transitando por las llanuras polacas hasta llegar al campo de Auschwitz -Birkenau. Allí, en la siempre tenebrosa rampa de Auschwitz, pasaron el primer proceso de selección, donde los SS examinaban a los presos y discriminaban a estos entre los que morirían ese mismo día en las cámaras de gas y los que tendrían la posibilidad de sobrevivir días, semanas o tal vez meses, al servicio de la estructura de trabajo esclavo y de maquinaria de guerra de los nazis.

«Poco después de la derrota de Polonia, Himmler recibió un pesado documento de cuarenta páginas sobre el problema de los polacos y judíos que vivían en las tierras anexadas y la forma en que los alemanes debían tratar con ellos. Dado que muchos distritos en las tierras anexadas tenían un porcentaje muy alto de polacos y casi tantos judíos como alemanes viviendo allí, el informe señalaba: «Surge la necesidad de una despiadada aniquilación de la población polaca y, por supuesto, la expulsión de todos los judíos y personas de sangre polaco-judía». Preocupado por el potencial de que los polacos abrumen a los alemanes, el informe continúa: «Si la transferencia de polacos desde el territorio del Reich no se efectúa de manera despiadada, hay que temer que la población aumente más o menos al mismo ritmo». como antes de la guerra y hasta ahora». 

Lukas, Richard C. Did the Children Cry? Hitler’s War against Jewish and Polish Children, 1939-1945

 

Czeslawa mira fijamente al objetivo, con expresión adusta e inexcrutable, pocos minutos antes la han marcado con el número 26.947, que reemplazará a su propio nombre mientras permanezca en ese lugar de muerte. A su madre le han tatuado el número inmediatamente anterior. Después de tatuarla como signo de bestialización, de deshumanización estratégica, le han entregado un traje rayado de una talla mucho mayor que la suya, de tal forma que ha tenido que sujetárselo con un imperdible . Luego de toda esta parafernalia inicial, las SS la han colocado frente a la cámara fotográfica de Wilhem Brasse, que no era más que otro preso al que se le permitía eludir momentáneamente la cámara de gas a cambio de ofrecerse para dejar un registro fotográfico de los nuevos prisioneros que fueran llegando, pues hay que tener en cuenta que los alemanes estaban obsesionados con dejar registrados gráficamente todos sus crímenes.

» Antes de tomar la fotografía, la niña se secó las lágrimas y se quitó la sangre del corte en el labio. Siendo sincero, sentí como si me estuvieran golpeando a mí mismo, pero no pude interferir. Hubiera sido fatal para mí.»

Wilhem Brasse, fotógrafo y prisionero de Auschwitz

El 12 de marzo de 1943, a Czeslawa le inyectaron en el pecho un sólido cristalino de color blanco llamado fenol, provocándole con ello la muerte.

Si volvemos a observar con detenimiento su fotografía, es como si un algo numínico se reflejara en ella, algo primitivo capaz de establecer una separación entre lo ordinario, o de este mundo, y lo misterioso, o del más allá.

Aunque Czeslawa siga con vida, es ya una entidad alejada de lo material, que trasciende a nuestros sentidos, se aleja de su estado de «criaturidad» para adentrarse sin remisión en ese «misterium tremendum», ese misterio abrumador donde suponemos se alojan todas las respuestas a nuestra atribulada existencia.

El objeto demónico- divino puede aparecerse ante nosotros como un objeto terrible y pavoroso, algo tan desconocido que nos produzca un temblor incesante, pero al mismo tiempo no deja de ser algo que nos atrae, al menos a las almas más sensibles, con un poderoso encanto. Las criaturas temblamos ante él, sobrecogidas, atenazadas, humilladas, sentiendo un irresistible impulso de volver a él, a aquello que nuestra intuición siente y percibe como su verdadera morada.  Y de improviso, me vienen al pensamiento los versos de Teresa de Jesús:

» Y tan alta vida espero,

Que muero porque no muero».

Qué puede significar una vida trufada de sufrimiento, en permanente cautividad, humillada, despersonalizada, sometida a largos periodos de animalización y devastación de todo lo humano. La vida concebida,según el dictamen teresiano,como una mala posada, un alojamiento que es reconvertido en infernal por la acción y de la mano de algunos hombres, solo de algunos hombres, y que serán perfectamente vulnerables el día que el espíritu humano se deshaga por fin de ese miedo ancestral que le atenaza y castre de una certera dentellada a la hidra de múltiples cabezas, el fascismo en todas sus formas,bajo todas sus apariencias, detrás de cada disfraz,incluído el de la democracia liberal al servicio de las oligarquías de siempre.

Algunos pensarán que este es un indirecto llamado a la revuelta, no lo sé, todo es posible, hasta ahí puedo leer.

Si de defender nuestra vida, nuestra incomparable dignidad, se tratase, la revolución, la desobediencia civil, incluso la violencia puramente defensista, pueden llegar a ser recursos supremos a los que acudir. Quién sabe si en algún momento, en algún lugar, antes de lo que podamos concebir como el tiempo y el instante adecuados…

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