Representación artística de un Dromón en batalla.

El Imperio Romano de Oriente logró sobrevivir nada menos que un milenio más que su hermano gemelo. No cabe duda de que su arma secreta tuvo gran protagonismo a la hora de rechazar a los invasores. Nos referimos al mítico fuego griego, un arma capaz de desatar un auténtico infierno sobre el mar.

Aunque su composición no llegó hasta nuestros días, mediante los escritos que si han sobrevivido al paso del tiempo y nos describen como actuaba este ingenio, podemos deducir sus elementos. Se barajan varios ingredientes, pero destacan el aceite de nafta, un derivado del petróleo; la resina de pino para dar consistencia, viscosidad y unir todos los elementos; y cal viva obtenida a través de calentar piedra caliza. También se conjetura sobre el uso de azufre, amoníaco o nitratos como sustancias comburentes.

Pero, ¿Cómo llegó semejante ventaja tecnológica a las manos de los bizantinos?

Como en muchas ocasiones a lo largo de la historia, el producto en sí ya existía. Tan solo precisaba que alguien le colocara la guinda para hacerlo más funcional. Asirios y griegos ya utilizaban petróleo y brea caliente en el plano bélico. El escritor y militar romano Plinio ya era conocedor de que la mezcla de crudo y cal viva ardía en contacto con el agua. Grandes avances, sin embargo, ¿qué necesitaba la brea caliente para transformarse en el arma bizantina?

Aquí entra en juego un señor llamado Calínico, un refugiado cristiano procedente de Heliópolis, en la actual Siria. Se cree que ayudado por el alquimista y astrónomo Esteban de Alejandría, ultimó la receta del fuego griego, añadiéndole a la fórmula la resina de pino. Esta aumentaba la durabilidad del incendio, así como también conseguía que el fuego se pegara a la piel, la ropa y en los cascos de los navíos enemigos. No contento con ello, también se le atribuye la invención del cheyroshypōn, un primigenio lanzallamas. Se trataba de un ingenio consistente en una bomba de aire manual, tubería, fuelle, caldero e inyector. Este ingenio se acoplaba a los dromones bizantinos, convirtiéndoles en unos auténticos dragones marinos artificiales.

Granada de Cerámica.

No solo fue esa la única manera en que supieron sacar partido a tan ventajosa herramienta. También se rellenaban vasijas de cerámica con la mortal mezcla y se arrojaban al enemigo mediante catapultas o con la mano, guardando similitud con las granadas actuales. Tampoco era extraño que desde el puerto partieran barcos sin tripulación, cargados con la mortal mezcla, cuyo destino no era otro que estrellarse contra el enemigo. Unos torpedos medievales con un poder destructivo nada desdeñable.

Además del impacto obvio de las llamas, el humo que este producía era altamente tóxico, y de una densidad plúmbea que dificultaba la visión. El golpe a la moral de las tropas también era importante, pues los hombres, supersticiosos cuando no pueden otorgar una explicación científica a algún fenómeno, otorgaban al fuego griego un origen místico, cosa de brujos y hechiceros. Más aún cuando era imposible de apagar con agua, pues el líquido elemento avivaba aún más el incendio. La única manera de extinguirlo era rociándolo con vinagre, orín, o ahogarlo con arena o telas de esparto.

El primer disparo de fuego griego viene datado del año 673, durante el primer asedio a Constantinopla por parte de los musulmanes, bajo el mandato de Constantino IV. Su uso se extendió hasta el 1204, año en el que la capital del imperio padeció un saqueo a manos de los cruzados. La fórmula, hasta ahora guardada con todo el celo posible, desapareció. Tanto musulmanes como cristianos intentaron imitar la mezcla, pero las réplicas nunca llegaron a ser tan efectivas como la original.

Sin su arma secreta y con el imperio en seria decadencia, la capital que para los europeos había ejercido como muro de contención contra la expansión islámica, cayó en manos otomanas el año 1453.

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