Hablar de Gabriel García Márquez es hablar de una de las más bellas e imaginativas prosas que se han dado en la literatura en español, en Latinoamérica y en el mundo. Y esto no es decir mucho, más bien resulta en modestia. Porque las obras de Márquez (Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera) marcan el paso del realismo mágico latinoamericano. Penguin Random House España publica en edición de lujo Camino a Macondo, un compendio de las obras cortas en que el premio Nobel de Literatura (1982) introdujo la ficticia aldea que sería, más tarde, eje central de las desventuras de la familia Buendía (Cien años de soledad):

García Márquez sostuvo en diversas oportunidades que para escribir un libro primero había que aprender a escribirlo y, solo entonces, enfrentarse a la máquina de escribir. A él le tomó casi veinte años «vivir» en Macondo, para aprender a escribir ese portento de la literatura de todos los tiempos que es Cien años de soledad. Esta antología, realizada con el ánimo de rastrear la andadura del escritor, compila todos los textos publicados en los que ese universo mítico fue tomando forma. Desde sus apuntes para una novela de 1950 y primeros relatos, hasta La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora en 1966, en lo que supone la efervescente antesala a la creación de Cien años de soledad.

 Una curiosa aproximación al escenario, gran olvidado en muchas obras, pero que ejerce una poderosa influencia en los clásicos. No podemos entender La Odisea sin sus escenarios, sin la perspectiva de Ítaca esperando, como tampoco obviar la necesidad de Madrid en La lucha por la vida (Pío Baroja, 1904-1905) o negar la importancia de la Tierra Media en el desarrollo de El señor de los anillos. La necesidad del escenario, su confrontación con los personajes, los misterios que introduce, las huellas que deja, todo esto encontramos en la obra de Márquez de forma explícita en Macondo.

Apareciendo en más de una decena de obras del autor, Macondo es una población a orillas de un río, centrada en la exportación de bananas, fundada por José Arcadio Buendía. Entre sus calles se han dado hechos asombrosos, guerras, batallas políticas, muertes, nacimientos, amores y odios. Sin duda, la más famosa de estas epopeyas será Cien años de soledad, novela publicada en 1967 y que supondría la más compleja narración sobre la villa, pero su aparición se extiende a lo largo de la obra del autor.

En Camino a Macondo lo primero que encontramos en una introducción de Alma Guillermoprieto, periodista mexicana, que investiga las raíces del proceso creativo de Macondo; sumado a la nota editorial de Conrado Zuluaga, que repasa las obras escogidas para esta compilación, presentadas en orden cronológico.

A lo largo de dieciséis años, Márquez jugó con el escenario (en el sentido más literario), introdujo escenas, personajes, y poco a poco se configuró como escenario para una gran saga literaria; la saga de Macondo, la de los Buendía y otros tantos personajes. Así, gracias a Camino a Macondo nos encontramos con la primera referencia al escenario: La casa de los Buendía (Apuntes para una novela), texto publicado en 1950. A través de las ficciones del autor nos encontramos con estos interesantes Apuntes para una novela en que asistimos a la interesante creación de esta ciudad.

La primera obra “grande” que acontece en Macondo es La hojarasca, novela corta publicada por primera vez en 1955, una obra centrada en la muerte como tema principal, pero cuya principal virtud es la introducir Macondo como lugar casi mágico, a través de la mirada de un niño. Una lectura que tiene mucho en común con Crónica de una muerte anunciada y la sempiterna Cien años de soledad.

Continúa este Camino a Macondo con la triste belleza de El coronel no tiene quien le escriba, que se aleja del tono natural del autor y se encuentra más cercana, quizás, al tono general de El amor en los tiempos del cólera. Una lectura magnífica, que nos transporta a ese Macondo en quietud y silencio, en una espera perpetua.

Completan el conjunto Los funerales de la Mamá Grande, una obra muy conocida que aglutina varios cuentos por el que se pasean personajes conocidos de la idiosincrasia de Macondo, con una prosa conocida, hermosa, y esa tendencia a mezclar lo fantástico con lo realista. Esta lectura es, quizás, la más reconocible para los lectores casuales de Márquez o para aquellos que solo hayan leído sus obras centrales. También, diría yo, una buena primera toma de contacto para los que no lo han leído.

Y cierra Camino a Macondo con La mala hora, cronológicamente solapada con Los funerales de la Mamá Grande, donde se vuelven a dar cita los temas obsesivos de Márquez: la muerte que sobrevuela las sencillas vidas de Macondo, lo fantástico, la guerra y la vejez. La lectura de La mala hora supone una vuelta a lo conocido y un buen cierre para el libro.

Obviando las grandes obras que tienen lugar en Macondo, Camino a Macondo es una excelente compilación, un añadido a la colección de los fans del autor colombiano. Una oportunidad para tener reunidos en un mismo volumen los cuentos y novelas cortas que componen la mitología de uno de los escenarios literarios más interesantes y reconocidos. La edición llega en elegante tapa dura con algunas ilustraciones, dos prólogos y una presentación impecable. La obra de Gabriel García Márquez está muy viva y Camino a Macondo es buen prueba de ello.

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