La primera mitad del siglo XVI fue pródiga en rebeliones y levantamientos sociales, como los que lideraron Thomas Müntzer en Alemania y Ulrico Zwinglio en Suiza. El carácter transicional de la época, marcada por las distintas metamorfosis que atravesaba la sociedad feudal europea en tránsito hacia el capitalismo mercantil, explicaría esos movimientos.

También por entonces floreció una literatura de utopías políticas. Esos utopistas siguen pareciéndonos desfasados: se pronunciaron por diferentes formas de colectivismo cuando se preanunciaba el individualismo, y defendieron a los habitantes del campo y de las ciudades pequeñas en momentos en que se construían los Estados nacionales bajo la égida de las monarquías absolutas.

Utopía de Tomás Moro es un libro clave dentro del período al que nos referimos. Formado en filosofía, literatura, teología y jurisprudencia, Moro era un intelectual humanista inglés que intervino activamente en la política de su tiempo: fue parlamentario, miembro del Consejo Real de Enrique VIII y canciller del reino. Tenemos entonces a un intelectual que, aún siendo funcionario, no abandona su tarea filosófica.

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Es posible leer a Moro contraponiéndolo a Nicolás Maquiavelo, autor de El príncipe. Sin embargo, no es al teórico florentino en particular a quien se dirige el inglés, sino antes bien a un espíritu de época, a un momento político y social que podría definirse como maquiavélico, que hacía de la consolidación de las monarquías absolutas la tarea prioritaria. Debe tenerse además la precaución de no presuponer que Maquiavelo representa el pensamiento racional y Moro el utópico, simplificación que oscurecería el debate posible.

Moro hace literatura, ciertamente, pero en tanto recurso para desplegar una crítica social, traducible en planteos políticos. Si es posible hallar en él un fervoroso crítico de la sociedad de su tiempo, no es aceptable en cambio presentarlo como un utopista que construye islas y ciudades imaginarias sin tener los pies sobre la tierra. Dicho de otro modo, en Utopía Moro ejerce la crítica social. Fue por ello que Karl Marx y Friedrich Engels reconocieron al canciller inglés como uno de los precursores del socialismo.

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Lo revulsivo de Moro es que plantea que la desigualdad es un producto histórico. Los pobres que pueblan ciudades y campos, los errabundos que vagan por los caminos, son campesinos que han sido despojados de sus tierras por los nobles. Mediante los enclosures, los cercamientos de tierras comunales, los nobles se apropian de tierras de labranza para convertirlas en pastizales para ovejas. Producto de esta ingeniería social, los campesinos se ven empujados por la fuerza hacia las ciudades, donde su miseria es puesta en evidencia por Moro. A eso aludía el filósofo con su conocida denuncia política de las ovejas que se comían a los hombres. El proceso de los cercamientos será mucho más pronunciado en el siglo XVIII, cuestión que estudiará el historiador británico Edward P. Thompson.

Moro denuncia que el robo, la violencia y la desigualdad son producto de una situación social, no del deseo de robar. Si hay mutilados mendigando en los caminos, ello se debe a las guerras desencadenadas por la ambición de los príncipes. Si por el Mediterráneo navegan barcos piratas, es porque sus tripulantes han sido privados de otros medios de vida. Las penas, por severas que se impongan, no disuadirán del robo, la mendicidad o la piratería a quienes no tienen otro modo de subsistir. En materia de pensamiento político, Moro se anticipa a Jean J. Rousseau.

La ostentación de riqueza que hacen los nobles, mediante la construcción de palacios, paseos en carruajes y fiestas pantagruélicas, aviva el malestar. Moro sopesa los peligros que la desigualdad acarrea para la paz social, en tanto considera que la intranquilidad de los ricos es la contracara de la desdicha popular. La displicencia de los nobles aristócratas, que viven de la rapiña y se muestran reticentes a asumir responsabilidades en los asuntos públicos, lleva a los ciudadanos a velar por sí mismos. El andamiaje estatal se torna entonces endeble, y el orden social queda en entredicho.

Moro sospecha que tras los intereses del Estado están en verdad los de las clases sociales dominantes, que invocan la razón de estado para oprimir al pueblo. Para el filósofo inglés, el aparato estatal no es otra cosa que un instrumento de despojo, que reyes y nobles utilizan para apropiarse de las rentas de los campesinos. Las leyes sólo sirven para escudar a los poderosos. Precisamente cuando las monarquías absolutas expanden su poder, Moro se atreve a ir en contra de ellas.

La América que los invasores europeos encuentran llena de misterios inspira a Moro para imaginar la isla a la que arriba el viajero Rafael Hitlodeo. Utopía es un contramodelo. Si allí reina la abundancia, es porque Moro ve pobreza a su alrededor. La paz de Utopía contrasta con el presente de guerras que el humanista inglés observa y sufre. Así también, si en la isla imaginaria la vida se desenvuelve en el marco de firmes reglamentaciones, es porque Moro critica la desorganización de los estados que no pueden garantizar una vida digna a la gran mayoría de sus habitantes.

Sostiene el autor de Utopía que allí donde haya propiedad privada no existirá posibilidad alguna de felicidad para los seres humanos. Por ello, en la isla imaginada no existe el dinero y las joyas sólo sirven para juguete de los niños. Cuando han comenzado los cercamientos, Moro evoca las tierras comunales del Medioevo con una clara mirada política.

Espinoso de considerar es el expansionismo de los utopianos, ávidos de llevar su organización social a otros pueblos. Moro entiende que la difusión del modelo de la isla imaginaria es legítimo en tanto exportará sus beneficios a otros horizontes, por lo que ese expansionismo no puede equipararse al que ejercen las monarquías del siglo XVI, centrado en la rapiña y el pillaje. En 1792 la Revolución Francesa enfrentará similares dilemas, cuando en el seno de la Convención Nacional se debata si la expansión de la revolución más allá de las fronteras de Francia (en concreto, la anexión de Niza y Saboya) constituía o no una violación de la voluntad de renunciar a toda guerra de conquistas expresada en la Constitución de 1791.

Tanto Nicolás Maquiavelo como Tomás Moro encontraban en el pasado los modelos para sus ideas políticas. Mientras el florentino miraba hacia la República Romana para fundamentar su propuesta de estados fuertes y expansivos, Moro volvía su mirada probablemente hacia La república de Platón, en busca de un modelo de organización social que tendiera a la igualdad y evitara los abusos de los poderosos.

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