Estamos todos de puta madre, la sorprendente novela de Daryl Gregory, es una sátira sobre el mundo de los traumas ocasionados por la ruptura de la realidad por parte de lo fantástico. También es una exquisita novela coral en espacio muy reducido, una prosa llena de humor y estilismo y la ganadora del premio Shirley Jackson en 2014:

¿Necesitas terapia? Toma dos tazas.

Parecen sesiones de terapia de grupo normales. Una terapeuta y cinco pacientes sentados en círculo, compartiendo experiencias y miedos. Pero ¿y si los monstruos que los acosan no son figurados? ¿Y si el único trastorno es ser capaces de ver lo que no se puede ver, el mundo que hay al otro lado?

Estamos todos de puta madre teje con humor y verosimilitud una historia malsana que arranca el filo de nuestra rutina y nos deja a las puertas del manicomio. Cada capítulo es una pieza de rompecabezas, y a cada pieza la acompaña un escalofrío… hasta que formamos el cuadro completo y se nos hiela el espinazo.

 Con esta premisa que suena a experimento teatral, o a película independiente que busca revertir la imagen de Marvel en el imaginario del público, Estamos todos de puta madre es una novela apasionante que necesita muy pocas páginas para hacer cosas muy grandes (y muy bien hechas). Primero, porque ofrece un plantel de personajes inmejorable: víctimas de hechos traumáticos, fantásticos u horripilantes que parecen sacados de novelas de género (un hombre mutilado salvajemente por caníbales, un joven detective, una muchacha escapada de una secta…); segundo, porque está repleta de humor y tristeza a partes iguales. Como ya sucediera con la divertida La extraordinaria familia Telemacus, del mismo autor y editada hace poco en España por Blackie Books, en esta obra no vamos a toparnos con una simple parodia. Va mucho más lejos: se pregunta qué sucedería con los supervivientes de todas esas complejas tramas de horror que tanto disfrutamos tras terminar la última página. Cómo se recompone una persona “normal” cuando se ha enfrentado a lo imposible. Este suculento punto de partida es la excusa perfecta para que el autor desarrolle una clásica historia de redención, amistad y superación, pero que prescinde de la ñoñería y se centra en lo puramente pragmático.

Aunque la narración juega a ser coral, nos encontramos ante un texto subjetivo y mentiroso (imposible acabar su lectura sin preguntarse quién es realmente el narrador). Los personajes parecen funcionar al margen del lector, como si se pasaran notitas bajo la mesa cuando este no mira, un poco al estilo de lo visto en los personajes de la genial Twin Peaks. Hay una cuarta pared casi insondable, que deja al lector dulcemente perdido. Todo lo que sucede en las sesiones de terapia, y todo lo que se cuenta, parece una narración engañosa. Difícil de creer, pero imposible de rebatir. Los personajes de Harrison y Stan son los más trabajados, pero el plantel de «secundarios» revierte una importancia de coro, vital para el desarrollo de la trama. Una trama que bebe de los esquemas clásicos, vaya eso por delante.

Los diálogos que compone el autor aportan frescura, dinamismo, la historia se cuenta a través de sus personajes con una facilidad pasmosa. En unas pocas pinceladas establece un background para todos ellos, pero no deja nada a la casualidad: durante la lectura de Estamos todos de puta madre he sentido que había muchas elipsis, pero bien tratadas. No eran necesarias más páginas para contar lo que se nos quería contar.

Esta es una reflexión que me asalta cada vez con mayor asiduidad, pero la lectura de esta novela (y su reseña) me parece un buen momento para hacer hincapié: hay libros que necesitan espacio, y libros que no. Sobre todo, en el género (superlativamente si lo circunscribimos a la fantasía épica), se estilan los libros de muchísimas páginas. Libros que podrían contarse en 300 páginas y que se extienden hasta las 500, tan solo por la moda del burro grande, ande o no ande. Una lectura como Estamos todos de puta madre, que utiliza las elipsis a su favor, que se centra en lo que quiere contar, y no renuncia a lo mejor del estilismo literario, se agradece. De hecho, recuerda mucho a las narraciones de la maestra del terror que da nombre al premio de novela que se le otorgó a esta obra.

Como novela de fantasía urbana, es una obra contenida. No se prodiga en una ruptura de la realidad del estilo Lovecraft, ni tampoco se anda con mojigaterías sutiles. En esto se asemeja más a un King o Barker: la fantasía penetra en nuestro mundo y deja secuelas. Esta es la historia de esas secuelas, aunque finalmente se encamine hacia una resolución, un clímax o conflicto, que implica la sempiterna lucha de fuerzas negativas contra fuerzas positivas. Y su final es satisfactorio, como lo es su lectura completa. Una lectura que comencé una tarde de sábado y terminé una madrugada de domingo. Estamos todos de puta madre es absolutamente absorbente.

Su reedición nos llega en la colección Breve de Gigamesh, con presentación en tapa dura, traducción de Juan Manuel Salmerón, presentación de Marina Vivó y magníficas ilustraciones de Luis Bustos. Una edición sencilla, pero con ese aire a colección; una que se quiere colocar destacada en la estantería. Estamos todos de puta madre es una lectura sin pretensiones que se desenvuelve de forma deslumbrante en los mismos terrenos en que otros fracasan miserablemente: es contenida, es cauta, pero también es rabiosamente original y hermosa.

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