La conquista de México. Rivera.

En su monumental obra Europa y la gente sin historia, Eric Wolf desecha un camino lineal para explicar la historia de la humanidad: el que va desde la Grecia clásica hasta los Estados Unidos, pasando por el Imperio Romano, el cristianismo medieval, el Renacimiento, la Ilustración, y la Revolución Francesa. Se trata de la mítica historia de la marcha de la libertad desde los fondos de los tiempos hasta su consagración en los países centrales. Ese camino explicativo está plagado de sombras, entre las que se puede mencionar el carácter oriental de la cultura griega, el imperialismo romano, las luchas intestinas de un cristianismo pretendidamente monolítico, la originalidad del feudalismo europeo medieval, las dificultades de la república norteamericana para consolidarse, el exterminio de los pueblos nativos americanos, el saqueo del Nuevo Mundo y el aislacionismo chino, entre otras. Desmontado el mitológico camino que Occidente convirtió en historia universal, Wolf propone en su libro un mapa de interacciones humanas en el que se distinguen distintos trayectos históricos.

A partir de ese posicionamiento, Wolf acomete la tarea de identificar los orígenes históricos de las ciencias sociales. La sociología se muestra entonces como una respuesta al problema del control social que se plantea en la sociedad de masas producida por el industrialismo. La ciencia política se definió a partir del individualismo metodológico y la concepción de la organización política como un sistema de demandas y soluciones (inputs y outputs), que desembocaría en un funcionalismo de tinte clientelar en donde no tendrían cabida conceptual los conflictos.

Tras las cuestiones epistemológicas, el antropólogo e historiador estadounidense vuelve a su propuesta reconstructiva de la historia mundial, proponiendo entenderla a partir de permanentes y cambiantes conexiones entre pueblos situados en espacios y tiempos determinados. De esta manera, se evidencia cómo las interacciones modificaron la existencia de los pueblos que participaban en ellas, transformando sus organizaciones políticas, relaciones sociales, organizaciones productivas, formas de distribución del excedente, equilibrios de poderes, pautas vinculares subjetivas, producciones culturales, creencias religiosas y vida cotidiana.

No hay entonces pueblos detenidos en el tiempo, congelados en un estadio evolutivo uniforme, sino pueblos fuertemente imbricados en la historia mundial a través de múltiples conexiones. No hay tampoco una cultura que ilumine a las demás desde una cumbre del conocimiento y la perfección, sino culturas vinculadas a través de redes históricas, a partir de las cuales ellas mismas se reconfiguran.

Wolf aporta múltiples ejemplos que sostienen su modo de entender la historia mundial. Por caso, a partir de 1733 los ingleses llevaron el opio a China desde la India con el objeto de compensar su crónica balanza comercial deficitaria con el gigante de Extremo Oriente. La expansión de la opiomanía en China alteró la organización del trabajo agrícola y la recaudación de impuestos por parte del Estado, puesto que la plata circulante se utilizaba para pagar el opio introducido por los británicos. En el siglo XIX fueron los estadounidenses quienes recurrieron a China, en este caso para importar desde allí la mano de obra que demandaba la expansión hacia la costa del Pacífico.

A partir del primer tercio del siglo XVIII, los británicos transformaron la organización social de la India, mediante la desindustrialización del país, la obligación de plantar algodón que impusieron a los campesinos, y la trasmutación del derecho comunitario en derecho privado. También crearon una nueva clase de terratenientes, mediante la conversión de los derechos a percibir trabajo y tributos en propiedad privada de la tierra. La seguridad interna quedó a cargo de cuerpos militares y policiales integrados por nativos.

En América del Norte, el tráfico de pieles introducido por los europeos alteró el equilibrio de los pueblos nativos durante el siglo XVII. Los franceses se adueñaron de las redes de intercambio de los hurones y los empujaron a convertirse en proveedores de pieles. Como hasta entonces los hurones se habían dedicado primordialmente a la agricultura, su conversión en cazadores y comerciantes dislocó su economía, forzándolos a comprar maíz cultivado por otros pueblos. Pronto, los ingleses convencieron a los iroqueses de aliarse para intervenir en el lucrativo tráfico de pieles. De este modo, hurones y franceses de un lado, e ingleses e iroqueses del otro, se enzarzaron en una cruenta guerra, que ocasionó la destrucción de la Confederación Hurona en 1648.

La explotación de piedras preciosas en Sudáfrica, que comenzó hacia la década de 1860, requirió en sus comienzos de mano de obra extranjera. Pero al poco tiempo comenzó a montarse un intrincado sistema de segregación racial, destinado a proveer a las minas de trabajadores locales. A partir de 1880 los africanos comenzaron a ser recluidos en barrios especiales. En la segunda década del siglo XX se organizaron las Reservas Nativas para confinamiento de los negros. En 1913 la Ley de Tierras obligó a los africanos que permanecían en las haciendas de los blancos a convertirse en trabajadores inquilinos de esos propietarios. Las haciendas incrementaron su producción, para abastecer de insumos a la explotación minera. Esos fueron los cimientos del apartheid sudafricano.

Hacia 1879 los portugueses introdujeron el cacao en Ghana. En poco tiempo, se desmontaron grandes extensiones de tierra, y se organizaron formas de trabajo asalariado y de aparcería que dislocaron las comunidades agrarias de ese país africano. Los cultivadores compraron tierras a los clanes locales e introdujeron una profunda desigualdad, al convertir a quienes detentaban el derecho al uso de las tierras en inversionistas de una economía monetizada. Grandes poblaciones cayeron en la miseria cuando fueron expulsadas para dejar lugar a las plantaciones de cacao.

Por supuesto, el libro de Wolf contiene un extenso capítulo dedicado al tráfico de esclavos africanos. El historiador demuestra que el comercio negrero fue organizado al detalle por las burguesías comerciales europeas, y que la esclavitud de los africanos fue una de las más infames y vergonzantes empresas de la historia de la humanidad. No está de más releer estas páginas de Wolf cuando la policía de los Estados Unidos sigue asesinando afrodescendientes con escalofriante impunidad.

Además de los análisis de André Gunder Frank e Immanuel Wallerstein, Wolf utiliza también las herramientas analíticas de Karl Marx, aunque tomando distancia de cualquier ortodoxia. El marco que construye le permite rastrear entonces las articulaciones históricas entre centros y periferias. Ello hace de Europa y la gente sin historia un libro imprescindible para una mirada panorámica de la historia mundial.

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