Las ciudades no son como son por azar. No han brotado en un marco etéreo sin constricciones o límites, y uno de esos umbrales determinantes ha venido históricamente delimitado por la forma en que se obtiene y distribuye el alimento. Las ciudades son como son en parte por cómo se produce y desecha la comida que consumen sus habitantes.

En ‘Ciudades hambrientas: Cómo el alimento moldea nuestras vidas’ (2020, edita Capitán Swing), la arquitecta Carolyn Steel cuenta con pasión el importante rol que tiene la comida en nuestra vida o en la ciudad en la que vivimos. También realiza un impresionante repaso histórico de cómo la comida ha modelado la ciudad. Sin duda este es el punto fuerte del libro, penalizado por opiniones personales que limitan (mucho) la utilidad urbanística-ambiental del ensayo.

ciudades hambrientas Carolyn Steel

Una magnífica perspectiva histórica, sumada a opiniones personales

Steel ha sido capaz de trazar con una maestría enorme la historia de cómo las ciudades han sido capaces de llegar hasta la situación en la que se encuentran. La exquisitez de sus fuentes y el cuidado con el que maneja y plasma información histórica la hacen merecedora de una medalla a la síntesis cronológica. Sin embargo, si uno trata de leer el libro como una hoja de ruta cuyo objetivo sea reducir el impacto ambiental de las actividades humanas relacionadas con la comida, encontrará un vacío de datos ocupado en no pocas ocasiones por opiniones infundadas e incluso errores graves de concepto.

Como ocurre con otros libros de autores como puedan ser Naomi Klein en sociología o Thomas Piketty en economía, existe una parte del libro altamente documentada y basada en hechos objetivos que, debido a la claridad expositiva y a la riqueza de fuentes, simplemente no puede ser ignorada y cualquier intento de rebatirlas será absurdo. Carolyn Steel ha logrado escribir un libro en el que buena parte del contenido responde a esta categoría documental. La fidelidad histórica resulta abrumadora, hasta el punto de que en no pocas ocasiones el volumen da la impresión de ser divulgación histórica.

Por desgracia, como Klein o Piketty, Steel cuenta también con una escritura más descuidada en la que información y opinión se entremezclan, resultando difícil extraer juicios de valor objetivos y no sesgados por una determinada ideología. En el caso de esta autora, que lo tradicional es inherentemente mejor que lo nuevo, una mecánica melancólica hacia el pasado que lleva al extremo de halagar  tóxicos como el vino o la supuesta sostenibilidad ambiental de que cada pequeño agricultor conduzca varias millas al mercado para entregar unos pocos kilogramos de alimentos en persona.

Un amor hacia la comida que permea todo el libro

Un punto a destacar de ‘Ciudades hambrientas’ es el amor palpable de Carolyn Steel por disfrutar de la comida y aprender de ella. Las ocasionales visitas a huertos, cocinas, restaurantes o mercados de comida iluminan y acompañan la lectura. Y la escritura es tan cuidada que en no pocas ocasiones induce a acercarse al frigorífico en busca de alguna fruta a la que hincar el diente.

El papel que otorga Carolyn Steel a los pequeños detalles de la comida juegan un rol clave en el relato, que apuntala (y en esto el libro gana calidez humana y pierde calidad técnica) con experiencias personales tanto propias como de terceros. De hecho, Steel soporta buena parte de sus conclusiones en otros ensayos de opinión, algo fantástico para dejar clara una filosofía de vida pero muy poco fiable para juzgar una realidad compleja de forma imparcial. No lo es.

La propia autora confiesa hacia el final del libro, después de haber marcado casi 500 páginas con juicios basados en la añoranza hacia lo que ya no existe en las ciudades, que “siempre existe el peligro de sentir nostalgia por el pasado, por unos «buenos tiempos» que probablemente nunca existieron”. Y tanto que sí. Es normal echar de menos un pasado que recordamos más brillante de lo que en realidad fue, aunque quizá no tanto tratar de recuperar el espejismo.

A este espejismo la autora lo llama ‘utopía’, y cierra el volumen con un impresionante repaso histórico de las utopías urbanas construidas sobre el concepto de la alimentación. Aunque si uno accede a este libro buscando algún tipo de especificación técnica que justifique un tipo u otro de modelo agrícola o ganadero de forma racional, este no es el volumen que tiene que leer. Ahora, si busca enamorarse de la cocina y avivar la pasión por la comida aprendiendo de cómo su pasado ha conformado nuestro presente, ha llegado al lugar adecuado.


Con el objetivo de ahorrar en libros y reducir (un poco) mi impacto ambiental, este año leeré todos los libros que pueda en la tablet de la fotografía, una BOOX Note Air (reseña).

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