Autor: Álvaro Semper Escriche (Fuente).

Lejos de dar por terminado el enfrentamiento entre Francia e Inglaterra, el Tratado de Amiens de 1802 resultó apenas un intervalo entre dos guerras. Las hostilidades se reiniciaron en mayo de 1803. Napoleón Bonaparte comenzó entonces a reunir tropas en Boulogne, preparándose para invadir Inglaterra. En diciembre de 1804 España, tras recibir muchas presiones, aceptó aliarse con Francia.

Sin embargo, todos los puertos europeos hacia el Atlántico estaban bloqueados por los ingleses. Para 1805 los campamentos costeros de tropas se habían convertido casi en poblados permanentes. Con los barcos anclados en los puertos, los marineros iban perdiendo su entrenamiento. En algunos casos, desertaban.

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Por aquel entonces, los barcos franceses eran quizá los mejores de su tiempo. Pero la Revolución había trastrocado la organización de la armada. El cuerpo de oficiales, mayoritariamente monárquico, estaba diezmado. Los barcos habían permanecido mucho tiempo sin mantenimiento. Con buen tino, Bonaparte había reconstruido parcialmente la escuadra y promovido una nueva camada de capitanes.

Los ingleses tenían una vasta flota y, probablemente, los mejores marinos de la época. Sus oficiales eran experimentados y se conocían entre sí desde niños. El sistema de construcción de barcos se había mejorado y estandarizado, mediante un nuevo sistema de encastres de vigas. Pero el rearme napoleónico no pasó desapercibido para el Almirantazgo británico, que reforzó la escuadra con nuevos buques.

Los marinos españoles, por su parte, gozaban del excelente entrenamiento que impartía la prestigiosa Academia de San Fernando. Pero durante 1803 y 1804 una epidemia de fiebre amarilla asoló Andalucía, afectando principalmente a los hombres. Para 1805, la marinería española recién estaba recuperándose de la epidemia.

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Con el refuerzo de la armada española, Bonaparte tramó un plan que consistía en utilizar la flota combinada como señuelo para distraer a los barcos ingleses y así atravesar el Canal de la Mancha. El almirante Pierre Charles Silvestre de Villeneuve zarparía de Toulón hacia la isla Martinica, en donde se uniría a los barcos de los almirantes Edouard Thomas de Missiessy y Honoré Joseph de Ganteaume. Con ellos, retornaría a toda vela para tomar parte en la invasión.

Pero a Bonaparte se le escapaba que llevar una flota a través del Atlántico no era lo mismo que llevar un ejército por tierra firme a través de Europa. La operación encomendada a Villeneuve requería romper el bloqueo de Toulón y navegar más rápido que los ingleses. Era un plan arriesgado y de difícil puesta en práctica.

Finalmente, el 30 de marzo de 1805 Villeneuve consiguió burlar el bloqueo y zarpar a toda vela hacia el Caribe. Tras él, partieron los barcos del almirante inglés Horatio Nelson. Hasta ahí, todo marchaba de acuerdo a lo planeado.

Pero una vez en el Caribe, y mientras esperaba reunirse con Missiessy y Ganteaume, Villeneuve descubrió que Nelson se le venía encima. Sorprendido, el marino francés zarpó de regreso a Europa. Poco después de anclar en Cádiz, la flota combinada fue cercada por los barcos de Cuthbert Collingwood.

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Napoleón montó en cólera. Pensaba que Villeneuve era un cobarde que no se atrevía a enfrentar a los británicos. Pero el almirante francés no era ningún incompetente; por el contrario, conocía bien las cartas con las que jugaba. Cuando Bonaparte le ordenó zarpar el 16 de septiembre hacia Nápoles y no rehuir el combate con los ingleses, Villeneuve ignoró la orden.

Enardecido, Napoleón reemplazó al díscolo por el almirante Francois Étienne de Rosily, a quien envió inmediatamente a Cádiz. Deseoso de mantener su puesto, Villeneuve se dispuso entonces a salir de puerto y enfrentar a los británicos. La flota franco-española recibió la orden de aprestarse para hacerse a la mar el 19 de octubre.

Mientras tanto, los españoles consideraban que la mejor estrategia era mantenerse en el puerto de Cádiz y dejar que los ingleses se desgastasen en el mar. Pero no tardaron en descubrir, consternados, que Villeneuve estaba decidido a cualquier temeridad con tal de no perder su puesto.

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Nadie ponía en tela de juicio que los británicos eran buenos luchando en el mar, como tampoco nadie dudaba de que carecían de ejércitos en condiciones de vencer a sus enemigos en tierra firme. Incluso después de Trafalgar, fracasaron por dos veces en el virreinato del Río de la Plata, en 1806 y 1807.

Nelson carecía de un historial bélico brillante. El más grave de sus traspiés lo sufrió en 1797, cuando intentó invadir las islas Canarias. El británico subestimó tanto la aptitud de los fuertes de Tenerife para soportar un asedio como la disposición de los canarios para luchar hasta las últimas consecuencias. El desembarco fue recibido con un intenso e inesperado fuego de cañones y fusilería, que obligó a los invasores a retirarse. Nelson perdió su brazo derecho.

Al igual que Villeneuve, en 1805 también el almirante inglés sufría intensas presiones políticas para obtener una victoria. La corona británica pretendía hacer en el mar algo similar a lo que Bonaparte hacía en tierra. Nelson decidió cambiar de táctica. En vez de formar una línea de batalla, como era usual en la época, se propuso organizar dos columnas y atacar perpendicularmente para romper la línea enemiga y barrer por popa y proa a tantos barcos como pudiese. Aunque esta táctica ya había sido empleada, no dejaba de entrañar grandes riesgos. Su punto más débil consistía en que las naves inglesas quedarían expuestas a un intenso fuego de artillería, sin posibilidad de responder, mientras se aproximaban a la línea franco-española. Sabedor del riesgo que corría, Nelson redactó su testamento antes de la batalla.

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A las 6 de la mañana del 21 de octubre de 1805 la flota británica formó en dos columnas. La primera quedó al mando de Collingwood, a bordo del Royal Sovereign. La segunda, a cargo de Nelson con el Victory. Para ganar velocidad, los ingleses lanzaron por la borda de sus barcos toda clase de objetos innecesarios.

A bordo del Príncipe de Asturias, el teniente general Federico Carlos Gravina constató un brusco bajón de la presión atmosférica. Se aproximaba una tormenta. La estrategia española de permanecer en Cádiz a la espera de que una tempestad pillara a los ingleses se demostraba así oportuna. Por desgracia, la impulsividad del comandante francés la había desechado.

A las 8.20 Villeneuve lanzó la orden de alterar el rumbo y volver a Cádiz. Esa fue quizá su peor decisión. La confusión y la desmoralización cundieron en la combinada. Los capitanes comenzaron el viraje de sus pesados navíos, pero el escaso viento dificultó la maniobra. En poco tiempo, la línea franco-española se deformó por completo.

Cuando Nelson observó la tortuosa maniobra de sus adversarios, comprendió que se le presentaba una chance de vencer, siempre que consiguiera cortarles la retirada hacia Cádiz. Y siempre que no lo alcanzara la tormenta en la que Gravina había depositado sus esperanzas.

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Contra lo que se cree, la batalla resultó bastante pareja. La maniobra de Nelson condujo a su escuadra a una lluvia de balas y metralla. La estrategia aliada, consistente en desarbolar a los barcos británicos mientras se acercaban para así restarles capacidad de maniobra, estuvo cerca de tener éxito. De haberlo conseguido, los barcos de la combinada habrían tenido tiempo de regresar a Cádiz.

Las pérdidas inglesas, tanto en barcos como en vidas, fueron más abultadas de lo que Collingwood admitió inicialmente. Los partes del resultado de la batalla se redactaron a toda prisa, cuando aún estaban contándose las bajas. Los comerciantes de Gibraltar atestiguaron haber visto numerosos barcos británicos con serios daños en su arboladura. Los pescadores gaditanos recogieron al menos tres mil cadáveres, de las tres nacionalidades, lo cual da cuenta de las numerosas pérdidas que también los ingleses sufrieron.

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