Será porque estoy ya a las puertas de los cuarenta, y se avecina una de esas míticas crisis, en las que el cuerpo te pide cosas raras, o porque he tenido una hija, y veo en ella al niño que fui, pero últimamente vivo más que de costumbre con un ojo puesto adelante y otro hacia atrás, apuntando directamente al paraíso perdido de la infancia. Empiezas descubriendo alguna serie infantil antigua en Netflix, o alguna joya del estilo de Tintín, después sigues revisitando películas como Regreso al futuro, Los cazafantasmas o Los Goonies, y acabas viviendo vídeos de media hora en Youtube con anuncios de la época o comprando un libro que trata sobre chicles y los regalos que traían (¡gracias por publicar esta maravilla, Diábolo).

La nostalgia es una droga tan potente como la que más. Cualquiera puede hacer la prueba en sus propias carnes. Basta con abrir Youtube, poner el opening de alguna serie de tu infancia, no importa a qué generación pertenezcas, y esperar a que la magia de la nostalgia y de los vídeos recomendados actúe. Cuando te quieras dar cuenta habrá pasado media hora y estarás cantando a voz en grito que soy siete veces más fuerte que tú.

Hace años la nostalgia era un territorio más exclusivo. Esa es una de las cosas que trajo Internet: popularizar productos que eran carne de coleccionismo. En mi caso, y seguro que en el de muchos, la fuente inagotable de nostalgia era la página de Viruete. Después llegó Yo también fue a la EGB, primero en forma de libro, después de página web y, por último, en tres entregas más. Muchas editoriales supieron ver el filón de la nostalgia y lanzaron refritos que a menudo no destacaban por su originalidad. Mención aparte para Diábolo, que supo rodearse de un buen equipo de expertos en la materia y creó una línea que explotaba esa veta con bastante calidad y acierto.

Es en la literatura donde más se deja ver esa vena nostálgica. Desde hace algún tiempo más o menos el cincuenta por ciento de lo que leo va en esa dirección. Me ha dado fuerte por Bruguera, no solo leyendo tebeos sino también estudios y ensayos que me permitan conocer uno de los periodos más brillantes para el cómic infantil español. Además me propuse emprender, utilizando una expresión de Alejo Carpentier, un viaje a la semilla. Supongo que antes de los siete años leería algo parecido a una historia. Recuerdo, por ejemplo, porque lo conservo todavía, El Pampinoplas, de la colección Barco de Vapor. No se me olvidará nunca porque su portada tenía una frase que me pareció mágica y que descubrí ahí por primera vez: «Tonto el que lo lea». Hoy comprendo que lo que me fascinó tanto de aquella frase fue una especie de ruptura de la cuarta pared. Pero tengo mis dudas de que libros como El Pampinoplas soportaran bien una relectura con ojos adultos. No ocurre lo mismo con el suplemento infantil Gente menuda.

Gente menudaEs difícil explicar qué significa en el recuerdo que tengo de mi infancia Gente menuda. Me trae a la memoria interminables mañanas de domingo, en las que empezaba viendo el Club Disney y terminaba con El Zorro, y en las que devoraba las páginas de Mortadelo y Filemón, Superlópez, Zipi y Zape y más tarde Rompetechos, Anacleto y el Botones Sacarino. Las otras, El capitán Trueno, Conan, Spiderman, el Teniente Blueberry o Tintín (que estaba en inglés) apenas las leía porque el dibujo no me entraba por la vista. Tal vez Gente menuda no tuviera mucha calidad en la impresión, y quizá las historias no estaban todo lo bien seleccionada que debieran, por no hablar de intentar mantener una cierta continuidad con dos páginas a la semana, pero este suplemento infantil tuvo la grandeza de llevar los cómics a un público más amplio, tanto que estoy seguro que para muchos, como para mí, significó una primera toma de contacto. A todos los efectos, siempre he considerado que Gente menuda fue mi inicio en la lectura, y de ahí lo del viaje a la semilla. Así es: como ejercicio de nostalgia me he vuelto a releer los 467 números que tiene la colección y que conservo como uno de mis tesoros más preciados. Tengo que decir que he hecho algún que otro descubrimiento, como Conan o el Teniente Bluberry y que alguno me ha decepcionado, como Spiderman (estoy seguro que, sobre todo, es por la selección de historias).

En un tuit J.A. Serrano decía que al intentar despertar la pasión por el medio en su hija no quería que ella leyera las historias de su infancia, casi todas ellas ya muy desfasadas, sino que quería que ella descubriera nuevas historias y nuevos personajes y los hiciera suyos. Algo así como darle la oportunidad de crear sus propios recuerdos y no revivir los suyos en ella. Me parece un pensamiento lícito, pero pensar en mi hija cuando sea un poco más mayor e imaginarla jugando con mis juguetes o leyendo mis tebeos me hace tremendamente feliz. El tipo de felicidad que da compartir con la persona más importante de tu vida cosas que te han hecho feliz.

Etimológicamente «nostalgia» significa, en griego, dolor del regreso. Rosa Montero definía la vida como un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias, la de aquello que no se ha vivido aún y la de aquello que ya no se va a poder vivir. Ese momento, continúa, es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero que lo desperdiciamos mirando alrededor con aturdimiento. Siempre hay asociado a la nostalgia un componente de carencia aunque su sabor se inclina hacia lo dulce, porque el tiempo tiende a disipar lo malo y a magnificar lo bueno. En una entrevista a Luis Alberto de Cuenca se le preguntaba sobre qué cosas sentía nostalgia. El escritor respondía afirmando que siempre estamos volviendo a todo, y que siempre nos dejamos jirones de nosotros mismos en cada viaje. Viajar a lo que fuimos en la infancia me parece un ejercicio tan lícito como cualquier otro para conocer lo que somos y si llenarnos de desgarrones es el precio que hay que pagar por hacerlo, bienvenidos sean.

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