Vendiendo una esposa (1812-1814), de Thomas Rowlandson (Fuente).

El patriarcado ha dominado a la humanidad desde hace miles de años, pero no ha sido hasta escasamente un siglo que ha empezado a cuestionarse. Aunque es algo sobradamente conocido, nunca estará de más que esta circunstancia se analice y se exponga, como hace la escritora británica Mary Beard en su ensayo Mujeres y poder. Uno de esos lamentables episodios de desigualdad entre sexos tuvo lugar en la Inglaterra anterior al siglo XX: la subasta pública de esposas al mejor postor.

Hasta la aprobación de la Ley de matrimonio de 1753, en Inglaterra no era requisito legal para validar un matrimonio una ceremonia formal ante un clérigo, ni tampoco estos se registraban. Todo lo que se requería era que ambas partes aceptaran la unión, siempre y cuando cada una hubiera alcanzado la edad legal de consentimiento, que eran los doce años para las niñas y catorce para los niños. A partir de ese momento, las mujeres quedaban completamente subordinadas a sus maridos, convirtiéndose ambos en una sola entidad jurídica. Como consecuencia, las mujeres casadas no pueden poseer propiedades y, de hecho, ellas mismas son propiedad de sus maridos, algo que supuestamente se hacía para protegerlas.

Sin embargo, si el matrimonio se torcía, existían distintas maneras para romperlo. Se podía interponer una demanda en los tribunales eclesiásticos por adulterio, pero no se permitía un nuevo matrimonio. Hasta mediados del siglo XIX, un divorcio era un complejo y costoso procedimiento, pero a partir de ese momento se abarató considerablemente, aunque continuó siendo algo demasiado caro para los miembros más pobres de la sociedad. Una alternativa era obtener una separación privada, un acuerdo que se negociaba entre ambos cónyuges. También era posible simplemente irse, lo que obligaba a la esposa a abandonar el hogar familiar o el esposo establecía un nuevo hogar con su amante. Ahora bien, la forma menos popular de poner fin a un matrimonio era la venta de esposas, una vía que se consideraba para los más pobres. No tenía una base legal legítima, pero el clero y los magistrados parecían hacer la vista gorda.

La venta de esposas en parece ser una costumbre que se originó aproximadamente a finales del siglo XVII, aunque se vuelven más frecuentes desde la segunda mitad del siglo XVIII. En la mayoría de la documentación que existe, la venta de esposas seguía un procedimiento similar: se anunciaba con cierta anticipación, tal vez mediante un anuncio en un periódico local, y a continuación tomaba la forma de una subasta, a menudo en un mercado local, al que la esposa era conducida por un cabestro, generalmente de cuerda, alrededor del cuello o brazo. Después de la venta, la esposa se entregaba al comprador como una señal de que la transacción había concluido y, en algunos casos, también se podía firmar un contrato, reconociendo que el el vendedor no tenía más responsabilidad con su esposa. A menudo, la venta se arreglaba de antemano y solo era una forma simbólica de separación y nuevo matrimonio.

Impresión francesa contemporánea de una caricatura inglesa de 1820. La escena está ambientada en un mercado de ganado, lo que implica que la esposa ya tiene un amante, algo confirmado por los cuernos del esposo (Fuente).

Sin recursos financieros y sin habilidades para comerciar, para muchas mujeres una venta era la única forma de salir de un matrimonio infeliz. Aunque la iniciativa solía ser del marido, la mujer tenía que aceptar la venta. De hecho, hay documentación que demuestra que en ocasiones las esposas no solo no se oponían a esta práctica sino que insistían en que se llevara a cabo. Para el esposo, la venta lo liberaba de sus deberes matrimoniales, incluida cualquier responsabilidad financiera, y para el comprador, que a menudo ya era amante, la transacción lo liberaba de la amenaza de una acción judicial por parte del marido, reclamándole la restitución de los daños a su propiedad, en este caso su esposa. A veces, incluso, la esposa llevaba un tiempo ya viviendo con su nuevo marido. Pero aunque no fuera la tónica general, la venta a veces también se improvisaba sobre la marcha y la esposa podía ser objeto de ofertas de completos desconocidos. Incluso ocurrió algún caso de que la mujer fuera la que arreglara la venta, comprándose a sí misma con el dinero que le proporcionaba a un agente intermediario.

Las ventas se hicieron más comunes a mediados del siglo XVIII, como resultado de que los maridos estuvieran en el extranjero en el ejército, en la marina o fueron trasladados a las colonias. Se creía que una ausencia de siete años daba pie al divorcio, por lo que ocurría que cuando el primer esposo regresaba, descubría que su esposa tenía una nueva familia. Este problema se resolvía con la venta de la esposa, aunque el nuevo enlace no era reconocido legalmente y tenía que esperar a que se primer marido muriera para volver a casarse.

A mediados del siglo XIX la venta de esposas estaba restringida sobre todo a los niveles más bajos de trabajadores, especialmente a los que vivían en áreas rurales remotas, pero también se daba en comunidades industriales. Es el telón de fondo para la novela de Thomas Hardy de 1886, El alcalde de Casterbridge, en la que el personaje central vende a su esposa al comienzo de la historia, un acto que lo perseguirá por el resto de su vida y finalmente lo destruirá. La venta de esposas persistió más o menos hasta principios del siglo XX. Según escribió en 1901 el historiador James Bryce, todavía tenían lugar en su tiempo. Parece ser que uno de los últimos casos documentados ocurrió en 1913, en el que una mujer fue vendida a uno de los compañeros de trabajo de su esposo por una libra.

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