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Es probable que todos conozcamos el juego del teléfono (aunque es posible que con otros nombres). Se forma una cadena de personas y se va transmitiendo un mensaje, en secreto, de uno en uno. El final del juego consiste en comparar el mensaje inicial con el final, para comprobar las diferencias, porque siempre las hay. Que los traductores son un eslabón de esa cadena es un lugar común que viene con la expresión de origen italiano traductor traidor. Si bien en toda traducción hay un componente de traición, por mínimo que sea, por cuanto no es posible volcar todos los matices de un idioma sobre otro, con precisión milimétrica, es evidente que cuanto mayor es el manejo de ambos idiomas por parte del traductor tanto mayor es la exactitud de la traducción.

Ahora bien, si traducimos una traducción y después volvemos a traducir esa traducción al idioma original, sí estamos ante un proceso que tiene mucho de juego del teléfono. Cualquiera puede hacer la prueba. Simplemente hay que poner una frase en Google Translate, pasar por un par de idiomas, y volver al idioma de partida. El resultado, sin duda, será un sinsentido. Más allá de una intención lúdica, puede parecer absurdo tratar de hacer esto, pero en realidad es lo que ha ocurrido con el Quijote chino de Lin Shu, que ha sido recientemente traducido al español.

A principios del siglo XX Lin Shu se propuso traducir la primera parte del Quijote al chino clásico. Lin se encontró con un problema inicial bastante considerable: no sabía español. Así que en lugar de partir en su traducción del texto original, echó mano de un amigo que sabía inglés y que había leído dos o tres traducciones de la novela a este idioma. Así nació, en 1922, Historia del Caballero Encantado, un libro que tiene el mérito de presentar a los lectores chinos por primera vez en la historia las desventuras del personaje cervantino.

Han tenido que pasar casi cien años, coincidiendo con el 405 aniversario de la muerte de Cervantes, para que la historia Cervantes, contada por Lin, volviera de nuevo a su idioma original, por arte y gracia de Alicia Relinque, profesora de literatura clásica china de la Universidad de Granada. Esta traducción se planteó hace unos ocho años, después de que el Instituto Cervantes de Pekín organizara una exposición en la que se mostraban diferentes artículos de un coleccionista que se había pasado los últimos veinte años coleccionando ediciones chinas del Quijote. Una de esas ediciones era, cómo no, Historia del Caballero Encantado.

A pesar de que el texto proviene de diferentes versiones en inglés y de que posteriormente fue traducido al chino, Relinque no tiene ninguna duda de que el texto de Lin es una traducción. Eso sí, como en el juego del teléfono, el Quijote chino tiene grandes diferencias con respecto a su original cervantino. Una de las diferencias quizá más llamativas es que la locura de Don Quijote se ve muy atenuada y se aleja de la visión ridícula con que lo concibe Cervantes. El personaje es menos engañado y más culto. Puede que se confunda de vez en cuando, pero si esto ocurre es porque el mundo en sí es confuso. El sacerdote que intenta curar al noble de sus delirios, por su parte, se convierte en médico, mientras que Dulcinea, la campesina que idealiza Don Quijote, es descrita con el hermoso epíteto chino de «Dama de Jade». También fueron eliminadas todas las referencias a Dios.

Decir que Historia del Caballero Encantado es la traducción de la traducción de una traducción tal vez parezca un juego de palabras, pero solo así se logra dar cuenta de su singularidad. Solo teniendo en cuenta esto se puede entender que el libro diga tanto de la España del siglo XVII como de la China de principios del siglo XX. De alguna manera, simboliza un retorno. Es como si don Quijote se hubiera ido de viaje a China durante casi cien un siglo y ahora volviera de nuevo a su hogar, impregnado de esa cultura china. Para que después alguien se atreva a decir eso de traductor traidor y se quede tan ancho.

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