La huella de Lorca, de Carlos Hernández y El Torres.

Que Lorca ha dejado una huella imborrable en la historia de la literatura universal es algo que hoy en día nadie se atrevería a poner en duda. Pero el poeta granadino dejó una marca indeleble con algo más que con su obra. Su personalidad era arrolladora, un torbellino que conquistaba a cuantos le rodeaban. Su asesinato, además de haber truncado una trayectoria literaria brillante, que estaba justo en la cima, se convirtió en el símbolo de un momento devastador, rebosante de odio y sinrazón. Sin embargo, a pesar de que su huella trató de ser borrada durante las cuatro décadas del franquismo, finalmente la historia pone a cada uno en su sitio.

En los bordes de esa huella, en aquellos que conocieron a Lorca en lo más íntimo, o que tuvieron un encuentro fugaz con él, pero quedaron completamente encandilados, es precisamente donde se sitúa Carlos Hernández para relatar la vida del poeta. Bajo el título La huella de Lorca, Carlos Hernández se ha propuesto un ambicioso objetivo: huir de las biografías tradicionales, aquellas que arrancan en el nacimiento del protagonista, acaban con su muerte y, entre medias, nos narran los hechos más importantes de su vida de forma cronológica, para tratar de contarnos esa biografía a través de quienes le conocieron. Se trata de una propuesta que tiene a Lorca como protagonista pero que al mismo tiempo no cuenta con su presencia física como personaje relevante. Lo importante no es tanto el propio Lorca sino la mirada de los ojos que lo contemplan. El resultado: se alude a él constantemente pero en muchos momentos ni siquiera hace acto de aparición o cuando sí aparece lo hace de forma casi anecdótica.

Como cualquier biografía, La huella de Lorca selecciona y pone en escena momentos puntuales, pero al no estar protagonizados por el poeta granadino muchos de esos momentos ni siquiera coinciden con él en el tiempo. Son aquellos capítulos, de los doce que componen el libro, que se desarrollan después de su muerte y que demuestran hasta qué punto los genios son tocados por la inmortalidad.

Otras dos curiosidades hay que señalar en el libro que rompen con la tradicional formulación biográfica. Por una parte, la selección de episodio y anécdotas. Puesto que no se puede contar absolutamente todo de alguien, es evidente que en toda biografía la hay. Lo singular de esta propuesta es la selección que se ha hecho: junto a episodios emblemáticos que no podrían faltar en cualquier relato de la vida de Lorca (hay dos capítulos en los que aparece su momento final y tres más en los que es referido el asesinato) aparecen otros más intrascendentes (como cuando llenó la habitación de un hotel en La Habana después de haber sido operado de una especie de verruga o un día cualquiera de trabajo en La Barraca). Por otra parte, Carlos Hernández ha huido de la organización cronológica y ha optado por una en apariencia aleatoria. Los años se van entrelazando con constantes saltos en el tiempo hacia delante y hacia atrás, dando la sensación de un tapiz que se va entretejiendo a medida que avanza la lectura.

En el terreno visual, el autor ha optado por un tipo de dibujo a dos tintas, negro y ocre, que permite, crear escenas de enorme dramatismo. Al comienzo de cada capítulo, además de situar cronológicamente la anécdota, se introduce una lámina en blanco y negro en la que el gran protagonista sí es Lorca y que guarda algún tipo de relación temática con el capítulo.

Un último detalle que es de agradecer es el carácter metaficcional del libro. Se hace un guiño a las biografías lorquianas, ya que uno de los capítulos está protagonizado por Ian Gibson y describe el momento en el que fue conducido al lugar en el que supuestamente estaba enterrado el poeta (como ocurre con Lorca, Gibson tampoco aparece de forma directa, ni tiene voz ni se ve su cara). Pero quizá lo más interesante en este sentido son los dos capítulos finales. En el último aparece el propio Carlos Hernández y relata el momento antes de empezar a trabajar en La huella de Lorca. El penúltimo está protagonizado por el padre de Carlos Hernández y describe el momento en que, siendo niño, supo que García Lorca, a quien conocía y por quien sentía mucho afecto, había sido asesinado. Fue precisamente el padre de Carlos Hernández quien le descubrió al poeta y plantó en él la semilla del interés que con el tiempo acabaría convirtiéndose en La huella de Lorca. La demostración perfecta para comprobar que cualquiera, en cualquier época y cualquier parte del mundo, puede dejarse marcarse por la huella del poeta granadino más inmortal.

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