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Todos, en algún momento, hemos experimentado el efecto Cupertino. A veces, incluso, varias veces a lo largo del día. Es una de esas molestias de las nuevas tecnologías en la vida cotidiana cuya existencia ya hemos asumido, como el correo electrónico no deseado. Imagina que estás escribiendo un texto, un correo electrónico o un mensaje de texto, y que justo después de darle a enviar, de repente, te das cuenta de que hay una palabra que no querías utilizar. El corrector ortográfico te la ha cambiado en el último momento y no te has dado cuenta. En la mayor parte de las ocasiones son errores bastante inocuos, que se pueden solventar con rápida enmienda o que ni siquiera hay que aclarar, porque las más de las veces sacamos el sentido por el contexto, pero no por ello deja de ser incómodo. Eso es precisamente el efecto Cupertino: cuando un corrector ortográfico trata de corregir un texto sustituyendo una palabra por otra no deseada.

El término fue acuñado en 2013 por Tom Chatfield, un filósofo británico especializado en la nuevas tecnologías y autor de Netymology: Fromm Apps to Zombies. Chatfield eligió ese nombre porque uno de las primeras correcciones de este tipo de la que se tuvo constancia fue la sustitución de la palabra «cooperación» por «Cupertino», que es la ubicación de la sede de Apple. Este término se encuentra en los diccionarios de Microsoft desde 1989.

Como este efecto se produce cuando el corrector ortográfico hace una suposición incorrecta de la palabra que queríamos utilizar basándose en el contexto de palabras, estos errores pueden desvelarnos en cierta manera la idiosincrasia con la que los correctores fueron programados. Chatfield pone otro ejemplo cuando su corrector ortográfico sustituye «Freud» por «fraude».

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