Dentro del cómic, un medio que lleva tiempo explorando las posibilidades de la biografía, la autoficción y el relato histórico, hay una tendencia a la novela gráfica compuesta por pequeños bocados que me fascina. Me refiero a casos como el de 15, editado por Astiberri, firmado por David Muñoz y Andrés G. Leiva, que narra unos acontecimientos basados en hechos reales, circunscritos a la Guerra Civil española y, concretamente, a la toma de la ciudad de Madrid:

Madrid, verano de 1938. A dos años del inicio de la guerra civil española, la capital de España sigue bajo control republicano. Durante la madrugada, las balas de un francotirador acaban con la vida de dos milicianos. Pocas horas después, el capitán Matías y los suyos descubren que el asesino ha sido un chaval que, empeñado en vengar la muerte de su hermano falangista, todavía sigue encerrado en la vivienda desde la que ha disparado.

Algunos de los compañeros de Matías quieren subir a por él y pegarle cuatro tiros, pero el capitán desea darle una oportunidad. Sin embargo, el chico se niega a rendirse. Solo tiene 15 años. Y no tiene miedo a la muerte. Porque el único momento en el que no se tiene miedo a morir… es cuando casi no se ha vivido.

No pasarán era el lema, pero lo cierto es que el fascismo ya había pasado. Un niño se atrinchera en su balcón y desde allí, armado con un rifle, dispara a diestro y siniestro a sus vecinos. A los rojos. A los culpables de la muerte de su hermano.

A la crudeza de la narrativa de guerra se suma la tragedia del guion, una historia que se narra con pocas palabras, un cómic que usa genuinamente la imagen para hacer avanzar su narración. El blanco y negro retrotrae al lector a la época del No-Do; a las grabaciones de la época, del mismo modo que la configuración de sus viñetas recuerda a un cómic clásico (tengo la tentación de llamarlo tebeo como forma reivindicativa. De los lápices es encargado Andrés G. Leiva, autor de Historia de Iván, Juana de Arco o Uno de esos días. Y aunque su estilo aparente un desenfado casi caricaturesco (que me recuerda un tanto a Mingote, más madrileño imposible), recrea con certeza realista los edificios de la ciudad, la oscuridad de sus calles, los perfiles de sus tejados, de su arquitectura, que se encuentra dibujada con excelente soltura y apasionada fidelidad. Se compone de fondos siempre en movimiento: la quietud nerviosa de la guerra, donde aunque los edificios se mantengan imperturbables, los disparos surcan el aire, cae la lluvia, pasa un coche, asoma un perro. Los detalles son endiablados, y en una primera lectura es fácil pasarlos por alto. Recomiendo leer 15 dos veces: una atendiendo a la historia y otra atendiendo bien al dibujo (en realidad, recomiendo esto para muchos cómics).

El guion es sencillo, pero emotivo. Los personajes son fácilmente queridos, uno se identifica con lo que sucede. No toma un partido sensacionalista sobre el tema, no emite demasiados juicios de valor: muestra una historia (terrible) de la guerra, pero no huye cobardemente del fondo que decora aquellos años de la historia de España: el fondo de la muerte, de la traición, del miedo al vecino, al hermano. Las dos Españas, vaya, que tanto daño siguen haciendo hoy día. Quizás sea este el mejor acierto de 15.

Una historia desconocida para mí, por lo que he disfrutado leerla en este formato. Merece especial mención la simbologías de las últimas páginas (de las que no diré nada para no reventar la sorpresa); el escenario, siempre el escenario, Madrid como otro personaje. Un final magnífico.

La edición se completa con unos bocetos y apuntes finales. 15 llega editado en tapa dura y blanco y negro con una portada hermosa, maravillosa, que imita los carteles de guerra de la época.

Podéis descargar un avance aquí.

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