Publius Claudius Pulcher y los pollos sagrados.

Es posible que a la hora de pensar en la figura más influyente en la historia de Roma a más de uno se le venga a la cabeza Julio César. Desde luego, es la más célebre. Sin embargo, hay otra figura muchísimo menos conocida pero con un poder y una capacidad de influencia nada despreciable: el pullarius, que vendría a ser el «sacerdote de los pollos sagrados».

El pullarius era responsable de una labor singular: criar pollos sagrados para usarlos después en sus predicciones y vaticinios. Estas aves sagradas, que procedían de la isla de Negreponte (ahora Eubea, cerca de Atenas), se mantenían sin alimentar durante un período de tiempo determinado, para ser liberadas y obsequiadas con algo de grano. Si comían el grano, la empresa que los romanos consultaban se consideraba favorable, pero si no lo tocaban, la empresa carecía del respaldo de los dioses y, por tanto, debía ser abandonadas.

Observar e interpretar fenómenos naturales o provocados por el hombre, el canto de los pájaros, leer las entrañas de un animal sacrificado o interpretar el comportamiento de los pollos sagrados eran solo algunas de las formas de augurio que los romanos utilizaban para tomar decisiones. Este tipo de augurios se convirtieron en algo fundamental para las políticas romanas y de ellos dependía a menudo el éxito o el fracaso de una determinada empresa.

Durante la Primera Guerra Púnica, Publius Claudius Pulcher recurrió a los pollos sagrados para que aprobaran su plan de lanzar un ataque sorpresa contra la flota cartaginesa en el puerto de Drepana. Cuando el pullarius informó a Pulcher que los pollos no estaban comiendo, lo que podía impedir el ataque, Pulcher respondió: «¡Ya que no quieren comer, déjelos beber!» y los hizo arrojar al mar. La batalla naval que siguió supuso la casi aniquilación de la flota romana. Un Pulcher humillado regresó a Roma a raíz del desastroso desenlace del conflicto y fue juzgado por impiedad. No está claro qué sucedió a continuación, pero parece que fue condenado y condenado al exilio, o tal vez fue absuelto, cuando el proceso se suspendió debido a una lluvia repentina. Cualquiera que fuera el resultado, Pulcher murió poco después, como lo atestigua su hermana Claudia.

En otra ocasión, los pollos sagrados huyeron al bosque justo cuando Cayo Hostilio Mancino se preparaba para consultarlos sobre su próxima campaña contra los numantinos. Los pollos fueron buscados por todas partes, pero no se les encontró. En cuanto a Mancino, sufrió una derrota militar decisiva a manos de los numantinos, se vio obligado a aceptar los términos de su tratado de paz y regresó a Roma para enfrentar un juicio en el Senado.

Otro episodio en el que participó el pullarius tuvo lugar durante la Tercera Guerra Samnita, librada entre la República Romana y uno de sus vecinos del sur, los samnitas, entre el 298 y el 290 a.C. Una guerra que no sería ni la primera (antes hubo dos más) ni la última entre ambos pueblos. La campaña comenzó cuando el cónsul romano Spurius Carvilius asaltó la ciudad de Amiternum, mientras que el otro cónsul de Roma, Lucius Papirius Cursor, irrumpió en otra ciudad, Duronia, masacrándola. A continuación Papirius avanzó hacia la fortaleza samnita de Aquilonia, donde se encontraban la mayor parte de las fuerzas enemigas. Reuniendo sus tropas fuera de los muros de Aquilonia, hizo un discurso que tenía dos partes, la primera referida a la batalla y la segunda sobre los dioses. En esta última parte hizo hincapié en cómo los samnitas habían ofendido a los dioses al romper su tratado con Roma.

Después del discurso, comunicó a sus soldados que la batalla tendría lugar al día siguiente y se prepararon para dormir. Esa noche Papirius mandó llamar a su pullarius. La posición en la que estaba este no era precisamente fácil. Los pollos sagrados no tocaron el grano, pero el pullarius no tuvo el valor de decirle a un ejército embravecido y preparado para el combate que su asalto no debería tener lugar, así que mintió y dijo que los pollos habían comido con avidez. Encantado con los augurios favorables, Papirius reunió a sus tropas y envió un mensaje a su cónsul compañero para que le mandara caballería de apoyo. Sin embargo, no tardaron en surgir las dudas sobre el augurio, ya que no todos estaban de acuerdo con que los pollos se habían comido el grano. Para salir de dudas, Papirius decidió enviar al pullarius al frente de batalla: si había dicho la verdad no tenía nada que temer, pero si hubiera mentido, la ira de los dioses caería sobre él.

Lo que ocurrió fue precisamente esto último. Antes incluso de que comenzara la batalla, una de las jabalinas enemigas golpeó al pobre pullarius, que cayó junto a los estandartes romanos. No se puede decir, desde luego, que su predicción hubiese sido errónea: la batalla, al menos para él, había ido mal. Viendo esto, Papirius gritó de júbilo, porque lo interpretó pensando que los dioses habían intervenido, castigando al pullarius. Además, en ese momento un cuervo pasó volando y dio un fuerte graznido, lo que reforzó la idea de que todo iba a salir bien, como al final acabó pasando. Aunque por los pelos: la caballería del otro cónsul llegó justo a tiempo para derrotar a los samnitas. Aquilonia fue entonces masacrada y saqueada. Se decía que se había conseguido tanto oro y plata con esa empresa que era suficiente para decorar todos los edificios públicos de Roma y que incluso así sobraba.

Como todas las sociedades antiguas politeístas, los romanos creían que todas las desgracias humanas podían explicarse como consecuencia de la ira de los dioses, ya fuera como castigo o simplemente por capricho. Es por eso que los romanos se esforzaban por tenerlos contentos a través de toda una serie de rituales sagrados que llevaban a cabo de manera regular y correcta. Pocas voces captan mejor la poderosa influencia que los augurios ejercieron sobre la imaginación romana que el historiador griego del siglo II a.C. Polibio. Este describe a Roma como una nación que se mantiene unida por el miedo supersticioso. Actuando como una especie de opio de las masas, la amenaza constante de los dioses invisibles, que podían enfurecerse fácil y rápidamente, sería para mantener a raya los deseos violentos y egoístas de la multitud.

Eso explica el poder que tenían los sacerdotes y que los primeros emperadores romanos tuvieran tanto interés por consolidar la figura del pontifex maximus, «Sumo Sacerdote». A ojos actuales, libres de una visión supersticiosa, puede parecer increíble, pero en los tumultuosos tiempo de la antigüedad, era importante tener el respaldo de los dioses.

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