El mundo está cambiando, y lo hace rápidamente. Pero mientras que la tecnología varía de forma acelerada e incremental, los humanos lo hacemos a ritmo biológico. Es decir, despacio. De esta divergencia nacen colisiones que ponen en jaque las estructuras sociales, la economía tal y como la conocemos e incluso la política o la geopolítica.

‘Gracias por llegar tarde, Cómo la tecnología, la globalización y el cambio climático van a transformar el mundo los próximos años’ (2018), de Thomas L. Friedman, es un interesante ensayo (al menos al principio) sobre cómo podemos adaptar nuestra sociedad a los cambios simultáneos que están teniendo lugar en la actualidad: el mercado, la tecnología y el cambio climático.

gracias por llegar tarde thomas friedman

Esta es la primera reseña negativa que hago en 2021 (ya van veintidós), y es una prueba de que incluso los sistemas de recomendación son capaces de equivocarse de tanto en tanto. Y es que el libro está bien, hasta es apasionante, durante el primer tercio del libro. En él habla de la explosión tecnológica y en cómo nos está pillando en calzoncillos.

De esta explosión, a la que el autor llama ‘supernova’, quizá hasta surja un nuevo contrato social. Por desgracia, el autor no puede escapar de los tintes meritocráticos de su educación estadounidense. Friedman se ve profundamente marcado a través de un pánico justificado tras perder su país poder relativo frente a nuevas superpotencias. En este punto el texto roza la paranoia.

El autor llega a ver Estados Unidos como una fuerza pacificadora que, en aras de la libertad y la democracia “debe elegir el menor de dos malos”, lo que en la práctica implica optar por apoyar al país cuyos intereses económicos se alinean. También suelta perlas como esta:

“Sí, me alegro de que haya unas Naciones Unidas, un Banco Mundial y flujos globales que entretejen el mundo a través de Facebook y Google. Pero al final del día, todos dependen de una economía norteamericana robusta, de un ejército fuerte capaz de proteger el poder y frenar a las autocracias”

Pasada la mitad del libro, el tono cambia de forma sustancial a través de un par de párrafos, solo para alabar la necesidad de una valla al sur o la supresión del impuesto de sociedades. Para un escritor que dice que hay que abrazar todo el espectro económico y político, es bastante conservador a nivel social o económico, excusándose en la ‘fuerza de la Madre Naturaleza’, haciendo pasar por natural y objetivo decisiones evidentemente políticas. Independientemente de si se está de acuerdo con él —hay motivos de peso racionales para sostener su postura política— sus argumentos ignoran que las refutaciones a Adam Smith nunca hubiesen existido. Y a partir de aquí empeora. Mucho.

Finalmente, se estanca en una conclusión asentada sobre un verso apócrifo de Isaías sobre la presencialidad de Dios interpretado, atentos, por comentaristas rabínicos del siglo II. Ni siquiera sé como analizar algo así. Que aún haya gente  leyendo las escrituras para tomar decisiones adecuadas de cara al futuro indica lo perdidos que se encuentran con su anacronismo. Menuda adaptación.

Luego el autor pasa las últimas 200 páginas del libro divagando/desvariando sobre su experiencia como judío en Minessota. Que no deja de ser interesante, pero que también parece un pegote de texto infumable colocado al final, sin conexión con nada. Es como si Friedman hubiese escrito tres libros diferentes y no supiese qué hacer con ellos. Qué duda cabe, es un libro que no recomiendo, pero cuya reseña considero indispensable, aunque sea para evitar caer en él.


Con el objetivo de ahorrar en libros y reducir (un poco) mi impacto ambiental, este año leeré todos los libros que pueda en la tablet de la fotografía, una BOOX Note Air (reseña). Ninguna de estas reseñas es un anuncio ni está condicionada.

Comentarios

comentarios