El invierno del dibujante de Paco Roca

Desde finales de la década de los cuarenta Bruguera se convierte en una de las editoriales de tebeos más importantes de España. Es más, con decenas de cabeceras, tiradas en algunas de ellas de cientos de miles de ejemplares, una división publicitaria, su distribuidora, su propia librería y varias sucursales repartidas por todo el país, así como delegaciones en Sudamérica, Bruguera fue el líder indiscutible del mercado durante buena parte del siglo XX, no solo con tebeos, sino también con álbumes de cromos, libros u otros productos de merchandising. Ahora bien, levantar y mantener arriba toda esa maquinaria empresarial exigió pagar un precio que a día de hoy parece un tanto desorbitado.

Los pilares sobre los que se sustentó Bruguera fueron sus dibujantes. En una época en la que la sociedad trababa de salir adelante del agujero económico en que nos había dejado la guerra, esos dibujantes, como muchos otros trabajadores, estuvieron dispuestos a trabajar en unas condiciones lamentables, a cambio de un suelto miserable y renunciando, lamentablemente, a sus derechos. Trabajar para Bruguera no solo significaba partirse el lomo para mantener un ritmo de publicación frenético, era también entregarle a la editorial la propiedad intelectual absoluta de toda su obra. Algo que finalmente acabó con uno de los episodios más deplorables de la historia del cómic: cuando en 1985 Francisco Ibáñez abandonó la editorial, perdió los derechos de todos sus personajes, incluyendo a Mortadelo y Filemón, no pudiendo recuperarlos hasta que la ley de la Propiedad Intelectual se renovó en 1987.

Esta terrible situación llevó a cinco de los más grandes dibujantes de la editorial ‒Escobar, Peñarroya, Conti, Cifré y Giner‒ a abandonarla en 1957 y a probar suerte por su propia cuenta, creando la cooperativa D.E.R. (Dibujantes Españoles Reunidos) y su propia cabecera, Tío Vivo, inspirada en la revista argentina Tico Tipo y dirigida a un público adulto. Ni que decir tiene que la aventura no salió bien. No bastaba con tener ideales, energía y coraje. Tal vez la revista no fuera tan rentable como se pensaba en un principio, tal vez unos dibujantes no tenían conocimientos financieros para sacar adelante un proyecto tan ambicioso, tal vez fuera porque no podían usar sus propios personajes y tuvieron que inventar otros para la ocasión, o tal vez Bruguera se encargó de boicotear a la competencia, ya fuera lanzando revistas como Can Can o Ven y Ven, o jugando sucio al aprovechar su influencia en el sector, el caso es que en 1960 Bruguera compra Tío Vivo y los soñadores dibujantes vuelven al seno del gigante con el rabo entre las piernas.

Esta es la historia que cuenta Paco Roca en El invierno del dibujante, una de las poquísimas aproximaciones que existen a la historia de los historietistas de nuestro país desde el punto de vista de una novela gráfica. Y Pablo Roca lo hace, como dice Antoni Guiral en el epílogo, con «cariño y respeto, pero también con verismo y coherencia con lo que explica». El propio Roca reconoce que, sin ser un experto en la historia de Bruguera, tuvo que llevar a cabo un riguroso proceso de documentación, no solo de lo que ocurrió con Tío Vivo, sino para captar la idiosincrasia de los diferentes personajes o incluso para reflejar la esencia de esa Barcelona de finales de los cincuencia y principios de los sesenta.

El planteamiento que hace Roca es muy interesante, ya que rompe la linealidad cronológica de los acontecimientos. Establece dos tiempos, uno en verano y primavera de 1957 y otro en el invierno de finales de 1958 y principios de 1959, y los va alternando en capítulos bastante similares en extensión. Cada uno de esos tiempos relata la historia anterior y posterior a Tío Vivo, lo que viene a reflejarse en el color. En la primera, llena de tonos cálidos, se cuenta cómo los dibujantes, llenos de ilusión y sueños, deciden emprender su proyecto; en la segunda, de tonos fríos, asistimos al regreso, lleno de fracaso y resignación, de los dibujantes a Bruguera. A todo esto habría que añadirle un capítulo final en el otoño de 1979.

Siendo como es, la historia de Bruguera, Roca ha optado por un tipo de personaje coral, donde destacan, obviamente, los cinco dibujantes que se atrevieron a desafiar al gigante todopoderoso, pero en el que también tienen protagonismo otros personajes, dibujantes como Ibáñez o Raf, que llegaron a Bruguera aprovechando, en gran medida, ese hueco dejado por los díscolos, o Vázquez y Víctor Mora, personajes que están retratados desde una perspectiva un tanto amarga. Como también lo está otro personaje que no podía faltar: Rafael González. La imagen que ha pasado a la posteridad es poco más que la de un tirano. Sin embargo, Roca nos muestra a un señor González tremendamente humano, no exento de las ilusiones que tenían sus historietistas, y con un punto trágico que se ve, sobre todo, al final del libro. En cierta manera, González tuvo que asumir el papel de ogro para que la maquinaria funcionara a toda vela.

A pesar de que Bruguera se convirtiera en una fábrica de generar risas y diversión, lo que nos muestra El invierno del dibujante es que en la trastienda había muchos cadáveres enterrados. Roca consigue huir de estereotipos y, como dice Guiral, crea una historia llena de verismo y honestidad, que tampoco se deja caer en el catastrofismo. Si la de Bruguera es una historia que debería conocer todo amante del género, El invierno del dibujante pone al descubierto algunos de los entresijos más importantes para conocer y comprender el devenir de la historieta gráfica en la segunda mitad del siglo XX.

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