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En la década de 1960, influida por el posmodernismo, la novela vive una importante transformación llevada por un deseo de innovación, de experimentación, de jugar con las palabras. Uno de los puntos de partida fue El almuerzo desnudo de William S. Burroughs, publicado en 1959, que además de generar una toma de conciencia por la libertad extrema y sin censura, fue pionera en la técnica del «cut-up», que consistía en recortar periódicos o escritos mecanografiados y luego reorganizarlos para construir nuevas frases. Estos collages narrativos, encaminados a destruir las normas sintácticas y semánticas sin perder el sentido de lo relatado, tendrán una continuación en La máquina blanda y Nova express. También es la época en la que Georges Perec empieza a escribir sus primeras novelas e ingresa en OuLiPo. Todas esas inquietudes fueron recogidas por John Barth en un ensayo de 1967 titulado La literatura del agotamiento y que puede ser considerado como una especie de manifiesto del posmodernismo.

Además de los libros de Burroughs o de Perec aparecieron otras novelas, algunas de ellas muy osadas en cuanto a planteamiento y experimentación. Novelas que se atrevieron a hacer algo que incluso hoy en día parece inconcebible: romper con la linealidad que impone el tiempo ‒y, por tanto, el lenguaje, que se somete a él‒ en favor del azar. El experimento más célebre es Rayuela de Julio Cortázar, publicado en 1963, que permite dos tipos de lecturas completamente diferentes: la tradicional, desde el primer capítulo hasta el número 56, o la propuesta por el propio Cortázar, empezando por el capítulo 73 y siguiendo un tablero de dirección con un orden en apariencia aleatorio. Sin embargo, el osado libro del argentino no fue ni la primera ni la última novela que se atrevió a alterar el orden normal. Hoy os traemos seis novelas bastante menos conocidas que también lo hicieron.

Composición nº1 de Marc Saporta (Simon and Schuster, 1963)

De esta novela ya hemos hablado en La piedra de Sísifo. Se trata de un libro compuesto por páginas sueltas, sin encuadernar y sin numerar, colocadas al azar dentro de una caja, para que el lector las baraje como si fueran cartas y sea la casualidad la que decida el orden de los acontecimientos en la trama. En la línea de Raymond Queneau, que un año antes había publicado un libro con diez sonetos que permitía acoplar al azar sus versos permitiendo mil millones de combinaciones, se supone que el número de combinaciones posibles de Composición nº1 es infinito.

The Unfortunates de B.S. Johnson (Panther Books, 1969)

El concepto es bastante parecido al de Composición nº1. Lo que ocurre en este caso es que el principio y el final son fijos. El libro se compone de 27 secciones, de extensión variable, entre las dos y las doce páginas, que habría que barajar también antes de leer. La primera y la última sección están marcadas y por lo tanto el libro siempre empieza y termina igual; el orden de las veinticinco secciones restantes es completamente aleatorio.

Fighting Fantasy #1: The Warlock of Firetop Mountain de Steve Jackson & Ian Livingstone (Puffin Books, 1982)

Este libro bebe directamente de los librojuegos de «Elige tu propia aventura», pero en su momento supuso un paso más al incorporar las dinámicas de los juegos de rol dentro de la historia. Por primera vez un lanzamiento de dados podía alterar los rasgos del personaje o condicionar la progresión del lector a través de la historia. Este título es el primer libro de la serie Fighting Fantasy, formada por dos secuelas directas y cinco novelas más, además de inspirar un juego de mesa y un videojuego.

Lost love in Constantinople: A tarot novel for divination de Milorad Pavic (Peter Owen Publishers, 1998)

Publicado originalmente en serbio en 1994, como ocurría con Rayuela el libro permite dos lecturas diferentes: una más tradicional, lineal, y otra completamente diferente que puede seguir uno de los tres caminos que se indican al final del libro. Además incluye un juego de cartas completo que puede ser recortado por el lector, haciendo que el libro sea una obra de ficción interactiva en todos los sentidos.

Heart Suit de Robert Coover (McSweeney’s #16, 2005)

Llevando a sus últimas consecuencias el concepto de barajar las páginas que veníamos en Composición nº1 y en The Unfortunates, Robert Coover decidió darle a su historia la forma de una baraja real de cartas, correspondiendo a los corazones. La narración se compone de trece cartas más dos comodines que, como pasaba con el libro de B.S. Johnson, están marcados como el principio y el final, de manera que esta empieza y termina siempre igual. El resto de cartas se puede barajar para que se lean siempre en un orden distinto, dependiendo del azar. El relato narra la historia que se hizo famosa por la canción infantil que comienza «La reina de corazones horneó algunas tartas…» Incluye peine.

Aleas de Julia Spiers (Les Edition Volumiques, 2014)

Este artefacto se encuentra en el límite de lo que podemos considerar libro, a medio camino de puzle y de juego de mesa. Se trata de un rompecabezas infinito, de polígonos combinados con ilustraciones y con elementos emergentes, diseñados para reconfigurarse y crear nuevas historias narradas por el usuario. El resultado es un paisaje laberíntico hecho de una sucesión de eventos, personajes, incidentes y soluciones.

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