Las distintas teorizaciones y numerosas opiniones en torno al Covid 19 han vuelto a dejar claro que el rasgo distintivo de muchos sigue siendo la intolerancia a todo disenso. El pensamiento extremista no sólo se da en este tema que sin duda ha sido de lo que más se hablado en el año, sino también, en casi cualquier asunto que llame al debate.

Aunque tengan miradas antagónicas, aquello que los hace iguales son sus perspectivas inequívocas y unidireccionales; me pregunto cómo se puede adoptar una postura tan cerrada, última y absoluta, al mismo tiempo de creer que se domina la verdad de modo exclusivo y, todo esto, desde el tan poco conocimiento y acceso que tenemos a las cosas.

Sin embargo, no se equivocan al optar por una teoría o la otra; se equivocan al creer que no podrían estar equivocados. Se confunden al pararse sobre el suelo infecundo de la certeza, allí donde la intolerancia y el monólogo aniquilan cualquier tipo de intercambio de ideas. Dejan al otro en una posición de total exclusión anulándolo por completo. Porque donde la palabra es totalitaria y totalizante hay una persona que está de más. La lingüista argentina Ivonne Bordelois en su libro La palabra amenazada nos dice: «El desprecio y la humillación de la palabra, la ignorancia de la palabra, el silenciamiento y la poda de la palabra, la violencia de la palabra desfigurada en grito, en insulto o en cliché, es la puerta mejor abierta al golpe, la cuchillada o la bomba” (Bordelois, 2019).

Existe en ellos una odiosa tendencia a creer que sus palabras y la verdad son sinónimos; no toleran una disidencia y entonces renuncian al campo de lo dialógico para comenzar a habitar el de la prepotencia y el totalitarismo. «La buena convivencia, -nos dice Savater- está hecha de transacciones: el lubricante de las relaciones sociales es la capacidad de escuchar y de ceder. Las personas que siempre tratan de imponerse y no ceden nunca, o viven solos o tienen esclavos, pero es imposible que participen de la convivencia» (Savater, 2008).

Sumidos en una postura maniquea (todo es negro o todo es blanco), los dueños de la palabra última son incapaces de ver matices. Son víctimas de un hermetismo mental e ignoran que para tener razón no hace falta tenerla toda. En otras palabras, creen que si el otro no tiene toda la razón, directamente no la tiene.

La estupidez se emparenta con la «estrechez de miras»; quienes practican la estupidez son aquellos que sólo tienen en cuenta un punto de vista: el suyo. En la antigua Grecia, la palabra «idiota» se empleaba para referirse a alguien que carecía de recursos para dialogar y discutir con libertad. No hay apertura: todo lo consideran desde su óptica personal. Opinan sobre todo como si estuviesen en posesión de la verdad absoluta y no ejercitan la duda y la auto-crítica.

Los dueños de la verdad no se esfuerzan en ser más tolerantes y eligen, por tanto, seguir habitando el terrero de la intolerancia. Karl Popper nos deja, a modo de fórmula para intentar combatir la intolerancia, una reflexión con forma de paradoja: «Tenemos que reclamar, en el nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes».

Por último, los dueños de la verdad no se esmeran, claro está, en aceptar disidencias o posturas distintas, sino que por el contrario, prefieren permanecer en su zona de confort, es decir, en el suelo seguro de la certeza. Pocas cosas me distancian tanto de una persona como el hecho de advertir que está llena de convicciones. Nietzsche dice al respecto: «uno es propietario de sus opiniones como es propietario de peces. Hay que ir a pescar y tener suerte; entonces tiene uno sus peces, sus opiniones. Hablo aquí de opiniones vivas, de peces vivos. Otros, sin embargo, se contentan con poseer una colección de fósiles y, en su cabeza, convicciones» (Nietzsche,1986).

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