Herman Melville es uno de mis fetiches. Casi todo lo que he leído escrito por este autor americano, me ha impresionado profundamente. Bartleby, el escribiente no es una excepción. Casi tan famoso como su laureado, e irrepetible, Moby Dick, este cuento se ha abierto hueco entre las perennes listas de los mejores de todos los tiempos. La historia de un hombre que “preferiría no hacerlo”. ¿Una alegoría del mundo industrial? ¿De la lucha entre el capital y el hombre moderno? Ha dado para mucho, y sigue dando. Más concretamente, para una adaptación al cómic de la mano de José Luis Munuera y Astiberri:

Un joven es contratado en una notaría de Wall Street, en el Nueva York de los albores de un “nuevo mundo”, burocratizado y capitalista. Se llama Bartleby. Encargado de copiar actas jurídicas, demuestra una eficacia admirable y su energía es tan contagiosa que empuja a sus compañeros a dar lo mejor de sí mismos.

Un día todo cambia. Su jefe le pide cotejar unos documentos para verificarlos –un trabajo normal, rutinario, aunque ajeno al cometido para el que fue contratado–; y él le contesta con educación, pero con firmeza: “preferiría no hacerlo”. Poco a poco, Bartleby declinará toda proposición, toda oferta de ayuda, incluso la exhortación final a dejar el puesto de trabajo, con esas pocas palabras, “preferiría no hacerlo”, que repite como un mantra…

Como ejercicio, me he leído el cuento original al mismo tiempo que leía la adaptación al cómic de Bartleby, el escribiente. No tanto para comparar el rigor en la adaptación, que también, como para comprobar hasta qué punto se adecuaba este último al tono y la crítica existencial y social del origen.

Pero ya llegaremos a eso.

Empezando por la lectura de la obra al margen de la original en que se basa, el dibujo de José Luis Munuera es sobresaliente. Combina un fotorrealismo (de hecho, probablemente use fotografías como apoyo para el dibujo) apabullante con un estilo cartoon en los personajes. Algo que otorga un contraste como de película de animación, un tanto caricaturesco en los personajes, que contraste con el tono sepia de la narración, con la importancia de los escenarios, el rigor de los fondos, la calidez de su color. Algo mayúsculo en esta obra de ligera lectura (apenas setenta páginas componen el cómic), el color. Para reflejar el tono del cuento, pero también el Wall Street de la época, el autor combina los sepias y naranjas con apagados azules, que se reflejan tanto en el invierno de la ciudad, como en el escenario final de la cárcel y, creo con acertado protagonismo, en los propios ojos de Bartleby.

Muchas de las viñetas asemejan fotografías de principios del siglo XX; por su color, por su composición, y son estas las que refuerzan, precisamente, la repetición de escenarios, de posiciones en los personajes. Como una constante repetición que sirve de correlato a la propia inmovilidad de Bartleby. Especialmente intensa resulta una página en concreto: Bartleby solo en la habitación sin muebles, sin luz, con su reflejo en el parqué como única compañía, la cabeza gacha y la mirada oscura. Es una página llena de poder que sirve como centro a una narración que se mueve con soltura, sin desperdiciar ningún momento, llevando el peso de la historia en unos diálogos, casi siempre trasladados del original, bien escogidos y concisos. Aunque la narración es genuinamente visual, los diálogos están tan bien escogidos que el ritmo no decrece. El autor ha debido leer el original, entenderlo, estudiarlo y hacerlo suyo. Resultaría estimulante saber de qué manera se ha acercado a la adaptación, pues aunque difiere en la voz narrativa (la primera persona del cuento, la falsa tercera persona del cómic), se apega al personaje narrador (el jefe de Bartleby) y sirve como ojo del lector, modernizando un tanto el estilo del cuento de Melville, que echaba mano de la narración a través de las propias palabras del jefe y su interacción con el lector. Aquí esa interacción se da a través de la propia narrativa visual: las panorámicas de la ciudad, el cambio de color, aunque manteniéndose en las tonalidades frías, los espacios en blanco. Como adaptación, resulta satisfactoria en cuanto a su guion y su representación visual. Capta el tono, transmite las mismas ideas, aprovecha muy bien el material original y adquiere un estilo propio. Es todo lo que una buena adaptación debería ser.

La edición, en color y tapa dura, se completa con unos bocetos extras, un prólogo de Philippe Delerm y un post-facio de Álex Romero.

A las elucubraciones del lector quedan los motivos tras las ideas que plagan el guion. Qué lleva a Bartleby a dejar de vivir. ¿Tiene algo que ver con el muro de ladrillos ante el que trabaja? ¿Es la alienación del individuo ante la cadena industrial lo que lleva al personaje protagonista al inmovilismo como única respuesta? Quién sabe, no pretendo responder ninguna pregunta. Que cada uno lea y juzgue. Yo he leído, pero en cuanto a juzgar, creo que prefiero no hacerlo.

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