Más allá de la situación excepcional de cuarentena, es un hecho general y bien conocido que la relación entre el trabajo y el arte (como no trabajo) es, en cuerpo y alma, desigual. En una época por demás laboriosa donde el sistema nos empuja al aceleracionismo y al híper-productivismo, el carácter que asume el arte respecto a la vida es del todo accesorio.

Esta asimetría temporal no nos permite entregar al arte nuestras mejores mañanas y las más refulgentes horas. Aun si este arte fuera el más digo y contribuyera sustancialmente a nuestro bienestar y, además, nos guiara en la marcha hacia nuestro horizonte se vería de todas formas, a causa de esta disparidad, reducido a mera cosa de ocio, de esparcimiento, o incluso, a una grata distracción de carácter terapéutico; como un bálsamo para mitigar el ajetreo y la fatiga de la jornada laboral. Para colmo, aquello que nos ocupa la mayor parte del día y, en el peor de los casos, la mayor parte de la vida lejos está, quizás, de reportarnos un placer auténtico. Aunque la cuestión del tiempo, cómo pensarla desde la productividad impuesta por el sistema en el que vivimos y cómo subvertir esa lógica y poder infanciar el tiempo, para que nuestras experiencias cobren otra dimensión, otro valor, merece una mención aparte.

Solemos conceder al arte los restos de nuestro tiempo y energía respondiendo al mandamiento económico de siempre estar produciendo más y más dejando así por fuera el encuentro con el propio deseo; no sólo con el deseo de hacer lo que nos gusta, sino también con el deseo de no estar a merced de una necesidad que nos priva de algo fundamental para el desarrollo de nuestra actividad: tiempo libre. No obstante, cuando aquel encuentro sucede, es el arte quien termina por devolvernos la vitalidad perdida y la posibilidad de desplegar nuestro ser (por así decirlo). Sin embargo, muy por encima de todo resultado redituable que podamos obtener al final del día, será siempre más fuerte el contraste con lo que uno no pudo ser; y entonces incidirá inevitablemente sobre nosotros con mayor fuerza, el hecho de no haber sido, al menos por un instante.

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