Uno de los bocetos de Hanno hecho por Rafael.

Debajo del Patio del Belvedere en el Vaticano, a pocos metros bajo tierra, se encuentran los restos del esqueleto de un elefante. Sí, un elefante. La historia de cómo y por qué llegó allí es un capítulo especialmente peculiar de la historia papal que ha descrito Sarah Laskow para Atlas Obscura.

En febrero de 1962, mientras que llevaba a cabo una excavación para modernizar un sistema de calefacción y refrigeración, un grupo de trabajadores italianos golpeó hueso. Al mirarlo con más detenimiento descubrieron un gran diente y cuatro piezas de una mandíbula gigante, algo que en un primer momento hizo pensar en un dinosaurio pero que fue rápidamente descartado porque los huesos no se fosilizan. Aquellos restos pertenecían en realidad a un mamífero mucho más moderno: era el esqueleto de un elefante. Sorprendentemente, durante décadas nadie se preguntó sobre la procedencia de aquel esqueleto, hasta que en la década de los 80 y de los 90 el historiador del Smithsonian Silvio Bedini puso en marcha una investigación, cuyos resultados publicó en 1997 en un ensayo titulado El elefante del Papa.

El nombre del elefante era Annone, o Hanno en su versión inglesa, y perteneció al Papa León X, que fue elegido en 1513. Hanno no solo fue una mascota sino que jugó un papel fundamental en la política de expansión portuguesa, con repercusiones en la Reforma Protestante. Cuando Giovanni di Lorenzo de Medici se convirtió en el Papa León X todos los gobernantes cristianos presentaron regalos al Vaticano para ganarse el favor del mandatario religioso, pero el rey de Portugal, Manuel I, decidió que iba a superar a todos sus rivales. Portugal quería consolidar su control sobre la ruta comercial a la India, amenazado por los comerciantes egipcios, que tenían el monopolio de las rutas terrestres.

El Papa León X.

Con la esperanza de obtener el beneplácito de León X para el expansionismo portugués, Manuel I envió al Papa una caravana con toda clase de obsequios, oro, joyas, textiles y animales exóticos. El rey portugués envió un guepardo, leopardos, loros, perros extraños y un caballo persa. Aunque la estrella de la caravana era el elefante Hanno. Aunque los europeos sabían que existían elefantes, el animal no se había visto desde los días del Imperio Romano, cuando Aníbal emprendiera su famosa expedición por los Alpes con elefantes de guerra.

Boceto de Hanno.

La insólita caravana tenía que trasladarse desde el puerto de Hércules a Roma. A medida que avanzaba en su camino iba despertando el asombro y la curiosidad de cuantos la veían. En una ocasión en la que había que hacer noche el elefante tuvo que permanecer en una plaza para que los curiosos no asaltaran el establo donde se suponía que debía permanecer; y durante su recorrido muchos nobles trataron de convencer a los encargados de la caravana para que la desviaran hacia sus castillos.

A pesar de todo, Hanno llegó a Roma antes de tiempo. Como su primera aparición oficial, la entrada del elefante en la ciudad fue solemne y dramática, con las calles lujosamente adornadas. Hanno llegó frente al Papa, se arrodilló y agachó la cabeza haciéndole una reverencia, para después succionar un montón de agua, apuntar con su trompa al aire y lazarla empapándolo todo, incluso al Papa, que quedó encantado con la actuación. En una carta dirigida al rey Manuel I el Papa expresaba toda la admiración que le generaba el animal: «Casi se le podría dar la razón a los idólatras que afirman que existe una cierta afinidad entre estos animales y los humanos. La vista de este cuadrúpedo nos proporciona una gran diversión y se ha convertido para nosotros en un objeto de extraordinaria maravilla».

Dibujo muy posterior de Hanno.

El Papa construyó un edificio especial para albergar el elefante y cada fin de semana permitía que fuera visitado por las multitudes. Además le gustaba organizar desfiles en los que Hanno tenía un papel protagonista, a pesar de que muchas veces terminaran en tragedia. Una vez vistió a un poeta a la manera romana antigua y lo puso a lomos del elefante como parte de un desfile, pero con el sonido de los tambores y de las trompetas el animal se asustó y tiró a su jinete al suelo. En otra ocasión Hanno se asustó por un cañonazo y se produjo una estampida que aplastó a varias personas. A pesar de todos esos incidentes, el propio Papa no pudo resistirse a recorrer la ciudad montado sobre su esplendorosa mascota.

En 1515, dos años después de que Manuel I enviara a Hanno al Papa, el rey portugués quiso superar su regalo y decidió obsequiar a León X con un animal todavía más extraordinario, un rinoceronte, que provenía de la India y que había tenido varios años en Lisboa. Por desgracia el rinoceronte no pudo llegar a su destino. El barco con destino a Roma se hundió y con él el rinoceronte, que estaba encadenado a la cubierta. Se dice que el cuerpo del animal llegó a la costa y que Manuel I ordenó que se le enviara, incluso sin vida, a Roma, aunque se desconoce cuál fue su paradero final.

El rinoceronte de Lisboa.

De cualquier forma, la vida de Hanno en Roma fue relativamente corta: llegó con cuatro años y vivió hasta los siete. En 1516, el elefante comenzó a tener problemas para respirar y empezó a ser evidente que estaba sufriendo. Los médicos determinaron que el elefante estaba estreñido y le aplicaron un tratamiento consistente en un supositorio con una alta dosis de oro, un tratamiento común en la época. Poco tiempo después Hanno moría.

La muerte del elefante conmocionó a León X, que lleno de tristeza terminó escribiéndole un himno fúnebre. Además encargó al mismísimo Rafael la realización de un fresco en su homenaje.

La extravagante obsesión del Papa hacia el elefante provocó la desaprobación de una buena parte de la Iglesia Católica. El elefante originó toda una serie de críticas por parte de los seguidores de Martín Lutero, mientras que varios escritores satíricos llegaron a comparar en broma los restos de Hanno con reliquias de santos (cosas peores se han visto). Restos que, por cierto, se encuentran a día de hoy en su mayor parte bajo el patio del Vaticano, donde fue enterrado hace siglos.

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