Cristeros (Fuente).

Indagar en las particularidades de la guerra cristera en México, que se desarrolló entre 1926 y 1929, sirve para demostrar cómo el par modernidad – premodernidad, inspirado en la historia particular de los países centrales capitalistas, es inadecuado para explicar todos los procesos históricos. Asociar lo moderno con el progreso es solo una de las ambigüedades que ofrece esa confusa polaridad, en especial cuando lo que se entiende por progreso es lo que Occidente estableció que debía entenderse por tal. Recién a partir de la Segunda Guerra Mundial, con el desmoronamiento del colonialismo decimonónico, ese par conceptual evidenció sus carencias explicativas, que ocultaban la vasta complejidad de los procesos históricos, la variedad y riqueza de los sucesos que en ellos se producían, y la participación de actores sociales no siempre fáciles de calificar.

La interpretación simplista de la Guerra Cristera es más o menos la que sigue. Mientras perseguía la edificación de un Estado laico, la limitación de los poderes de la Iglesia y la conformación de un campesinado libre, la Revolución Mexicana debió enfrentar un alzamiento clerical reaccionario y oscurantista que defendía la perpetuación de relaciones sociales feudales en el campo. Las masas campesinas, siempre ignorantes y supersticiosas, habrían sido fácilmente manipuladas por hacendados, burgueses y obispos, para persuadirlas de lanzarse a una guerra contrarrevolucionaria contra un Estado modernizante. Mientras tanto, otros campesinos, esclarecidos por la Revolución, habrían decidido luchar contra la oscuridad que les proponía el clero.

Pero esa explicación de la revuelta cristera está basada en la aplicación del par conceptual modernidad – premodernidad, a una situación histórica particular con el objeto de dar por zanjada toda discusión. Ahora bien, no hay motivos para adherir a una simplificación tan burda.

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Para empezar, la pretensión de que todo movimiento revolucionario es siempre antirreligioso resulta ingenua. Baste considerar el caso de la Revolución Iraní de 1979, protagonizada por un movimiento de masas, liderado por religiosos, que derribó un corrupto y violento régimen pro-occidental (que de liberal y democrático no tenía nada), para erigir una república religiosa urgida por la atención de varios problemas sociales. Más atrás en el tiempo, en el siglo XVII, cuando los servants obligados a cruzar el Atlántico para trabajar en América se rebelaban, lo hacían invocando pasajes de la Biblia.

Por otro lado, es también una puerilidad pensar que todas las religiones institucionalizadas fueron siempre conservadoras de un statu quo. Muchos religiosos metodistas y bautistas del sur de Estados Unidos apoyaron el movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos, y sufrieron por ello numerosos atentados del Ku Klux Klan. La trayectoria de acción social y política de la Teología de la Liberación en América Latina no tiene nada de conservadora.

Más aún, conviene preguntarse hasta qué punto han sido exclusivamente religiosas las guerras catalogadas como tales. Pensar que movimientos como el de los lolardos, hacia finales del Medioevo, eran puramente religiosos, es una simpleza.

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En el caso que acá nos ocupa, podemos constatar que la Revolución Mexicana ni siquiera tuvo un tinte anticlerical en sus comienzos. Las tensiones entre la Revolución y la Iglesia aparecieron recién en 1917, con la sanción de la constitución. Con todo, la aplicación de la nueva legislación revolucionaria (que contenía medidas como la tolerancia religiosa, la laicización de la educación, la prohibición de establecer órdenes monásticas y la limitación de los derechos de propiedad de la Iglesia), no fue inmediata ni uniforme. Entre 1918 y 1923 fue el propio Estado quien ralentizó su aplicación, mediante una sinuosa política en materia de asuntos religiosos. Pero algunos gobiernos estaduales, como los de Sonora, Colima, Michoacán, Jalisco y Aguascalientes, avanzaron resueltamente en la ejecución de las leyes. La Iglesia respondió a estos ataques movilizando a sus partidarios y lanzando boicots que en algunos casos tuvieron éxito.

La ruptura se hizo más honda y definida con el ascenso al poder de Plutarco Elías Calles, en 1924. El nuevo gobierno decidió aplicar inmediatamente los artículos de la constitución que disponían medidas anticlericales, con lo cual colisionó frontalmente con la Iglesia.

Pese a que las medidas de Calles fueron el antecedente más claro de la revuelta cristera, no está claro hasta qué punto su política implicó realmente una profundización de la revolución. De hecho, cuando se produjo la insurrección cristera el Partido Revolucionario Institucional ni siquiera existía. La cuestión no es menor, puesto que el PRI se organizó como institucionalización de la revolución, y en consecuencia como único heredero político de ella. Esto lo obligaba a presentar a todas las demás organizaciones políticas como retrógradas. Hasta cierto punto, el PRI tuvo éxito en ese cometido.

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Por supuesto, no es posible comprender la revuelta cristera sin considerar el indiscutible protagonismo que la Iglesia tenía en la vida social y política mexicana, que provenía de los tiempos coloniales. Durante el siglo XIX la Iglesia había desencadenado levantamientos armados contra la conformación del estado laico mexicano, como la Guerra de la Reforma (1857-1861) y el movimiento de los Religioneros (1873-1876), los que de alguna manera pueden considerarse antecedentes de la Guerra Cristera.

Sin embargo, la Iglesia no intervino monolíticamente en la Cristíada, quizá por el cimbronazo que le provocaron las medidas de Calles. Las clases medias, deseosas de plantar cara a un gobierno revolucionario del que se sentían marginadas, formaron la Liga en Defensa de la Libertad Religiosa (LDLR) y la Acción Católica Juvenil Mexicana (ACJM). Estas organizaciones representaban un fenómeno más bien urbano, integrado por intelectuales de la pequeño-burguesía, que se proponían desgastar a la Revolución para limar sus políticas más radicales. Tanto la LDLR como la ACJM apostaron por golpear al gobierno mediante un enfrentamiento breve. Cuando la guerra cristera se prolongó, la incomodidad de esas organizaciones se hizo visible, y poco demoraron en buscar alguna clase de acuerdo más o menos rápido que les permitiera salir del conflicto. El mismo derrotero siguió la jerarquía eclesiástica, cuyos obispos primero intentaron valerse del alzamiento y luego procuraron algún armisticio beneficioso. No sin razón, muchos cristeros se sintieron traicionados por los popes eclesiásticos.

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La situación social en los espacios rurales también distaba de ser homogénea. Desde luego, aquellos campesinos que habían recibido tierras de parte de la Revolución tuvieron más motivos para inclinarse hacia su defensa, y así lo hicieron. Sin embargo, los partidarios del gobierno no solo mantuvieron las mismas convicciones religiosas que enarbolaban los cristeros, sino que también se opusieron, en distintos grados, a los intentos centralizadores del estado. Los continuadores del zapatismo, por ejemplo, se manifestaron celosos defensores de las autonomías de los pueblos frente a las pretensiones del estado central, por revolucionario que éste se proclamase. Además, muchos campesinos que aún no habían recibido tierras de la reforma agraria se pasaron a las filas de los cristeros, más por disconformidad con la Revolución que por motivos puramente religiosos.

Similar heterogeneidad se producía en los pueblos. En algunos de ellos la Iglesia estaba más organizada, tenía mayor presencia, y constituía un espacio de referencia para cualquier acción social y política. Fue en ellos donde el movimiento cristero logró hacer pie y plantear los mayores desafíos al poder gubernamental. Pero, una vez más, no fueron los asuntos religiosos los que decidieron alineamientos taxativos. Un heterogéneo mosaico de realidades locales, configurado a partir de cuestiones como la distribución de la tierra, la defensa de las diversas autonomías frente al estado central, las desigualdades en los ingresos y las rivalidades ancestrales entre poblados cercanos, provocó otros tantos posicionamientos políticos respecto de la revuelta cristera. En este sentido, no hubo una única identidad rural alzada en armas, sino pueblos que tomaron posiciones ante la Cristíada a partir de sus singulares identidades locales.

La guerra cristera causó entre 70.000 y 80.000 muertes. Muchas de sus páginas están aún por escribirse.

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