Los trascendentes aportes de El gran pánico de 1789, del historiador francés Georges Lefebvre se extienden más allá de la historiografía.

En los primeros capítulos de su estimulante obra Lefebvre traza un completo panorama sobre las condiciones humanas, culturales y materiales de la vida de los campesinos franceses durante el siglo XVIII. Eso permite entender el conjunto de penurias que acechaban, casi cotidianamente, al campesinado francés en la época previa a la Revolución. De entre ellas, la amenaza del hambre era la que más aterraba a los campesinos. De allí los frecuentes motines contra los molineros y acaparadores de granos, y la inevitable agitación que se producía en tiempos de cosecha.

Lefebvre se detiene también en el análisis del vagabundaje en la Francia rural pre-revolucionaria. Si bien los vagabundos eran una presencia frecuente en el campo, aumentaban en épocas de malas cosechas y crisis de la economía agraria. También cuando los talleres de las ciudades mermaban su actividad, generando una miseria que arrojaba nuevos mendigos a los caminos. Cuando ya no encontraban recursos para subsistir, los vagabundos solían formar bandas que recorrían los campos extorsionando a los cultivadores en demanda de comida y alojamiento. Las tradiciones populares rurales abundaban en relatos de tropelías protagonizadas por vagabundos, y el miedo hacia ellos era ancestral.

El historiador francés dedica también un capítulo a la distribución de noticias, y los procedimientos y recursos que empleaban tanto nobles como campesinos para informarse. Existía un sistema de postas que salían de París, pero sólo atendían a las grandes ciudades. Los nobles empleaban a sus sirvientes como informantes. Los burgueses acaudalados pagaban correos particulares. Los campesinos compartían noticias en el mercado, ámbito en el que socializaban.

En ese marco histórico se produce el pánico rural de 1789, que Lefebvre presenta a continuación en su libro. Durante los primeros momentos de la Revolución, los burgueses siguieron una política marcada por la prudencia. Confiaban en torcerle el brazo a la monarquía a través del ahogo económico y la presión política. En consecuencia, miraban los motines populares con creciente inquietud. Sin embargo, como sostiene Lefebvre, pronto descubrieron que el alzamiento campesino podía servirles para apuntalar la revolución citadina de París.

Y es que los campesinos no se limitaron a aguardar tranquilamente las noticias de la capital. Desde el momento mismo en que los Estados Generales fueron convocados, sospecharon de un complot aristocrático destinado a desarticular la representación popular. Una larga historia de agravios y sometimientos les proporcionaba justificadas razones para desconfiar de los nobles. Durante los primeros meses de 1789 los disturbios populares mantuvieron la organización y la dinámica características de los antiguos motines por los alimentos, herederos en parte de las jacqueries medievales. Pero a partir de finales de julio pasaron a convertirse en un extenso movimiento marcadamente antiseñorial. Aunque los aristócratas pretendieron hacer pasar a sus responsables por bandoleros, en realidad se trataba de grupos campesinos notoriamente organizados y orientados por la idea de liberarse de todas las cargas feudales que sobre ellos pesaban.

El pánico ansioso que generaban los rumores procedentes de París, la angustia por conseguir alimentos, la preocupación por los bandoleros, el odio hacia los aristócratas, los miedos ancestrales de la vida en el campo, los sinuosos canales de transmisión de noticias, el peso de las tradiciones populares y los rumores sobre una invasión inglesa, se conjugaron para producir un resultado que sorprendió a sus testigos y que aún sigue capturando el interés de los historiadores. Con vibrante pluma, Lefebvre nos describe cómo la Revolución en el espacio rural consistió en una masiva impugnación al régimen señorial que detentaban los nobles. El alzamiento campesino, además, soldó solidaridades, fortificó el movimiento revolucionario, avanzó en la organización miliciana y anticipó la movilización de las guerras revolucionarias.

A través de la reconstrucción de las prácticas mínimas, cotidianas, de los sujetos históricos que estudia, Lefebvre describe prolijamente las particulares condiciones históricas que hicieron que un rumor o noticia falsa consiguiera hacerse digno de crédito y movilizar a una comunidad. De esta manera muestra cómo el miedo puede convertirse en un fenómeno social histórico capaz de desencadenar efectos políticos en determinadas coyunturas. Lefebvre encuentra también que los miedos no siempre tuvieron como referencia algo concreto, sino que lo difuso fue capaz de promover el pánico en no menor medida que lo confirmado.

Por si lo antes dicho fuera poco, El gran pánico de 1789 tiene pleno derecho a una ubicación destacada en una genealogía de estudios acerca de los miedos y terrores en la historia de la humanidad.

Ya en el libro del Génesis, en la Biblia, se cuenta que Adán sintió “temor de Dios” a poco de hincarle el diente a la famosa manzana del Árbol Prohibido. En esta narrativa, la subsiguiente expulsión de la humanidad del Paraíso funda el orden social, ya que a partir de ella los humanos estarán condenados a ganarse el pan con el sudor de sus frentes.

El filósofo inglés Thomas Hobbes hizo del miedo un componente fundamental del origen y la existencia del Estado. En el pensamiento mecanicista hobbesiano, el temor al anárquico estado de naturaleza es lo que empuja a los seres humanos a pactar entre ellos, fundando así la organización política.

Muchos temores que acosan a la humanidad no siempre pertenecen con exclusividad a un período específico, sino que se reactualizan en distintos contextos históricos, proyectándose incluso al presente. Es lo que demuestra Georges Duby en su libro Año 1000, año 2000. La huella de nuestros miedos, en donde aborda los miedos a la pobreza, al otro diferente, a las epidemias y a la muerte. Es fácil constatar que la expansión mundial del coronavirus, a partir de 2019, reactualizó los miedos vinculados con la salud.

A diferencia de lo que pregonaban los filósofos de la Ilustración, los temores humanos no desaparecen con el avance de la ciencia. La llegada del siglo XXI trajo la novedad de los miedos tecnológicos, como ocurrió con el error Y2K, una falencia de software que, según se dijo, ocasionaría un descalabro mundial en los ordenadores y redes informáticas.

En Ensayos de política y cultura, Herbert Marcuse trata la cuestión del miedo en las sociedades del capitalismo industrial avanzando. Allí concluye que la movilización de energía humana en esas sociedades requiere de la inoculación constante de un miedo reticular, capaz de mantener a los sujetos en un estado de alerta permanente.

Por su parte, el historiador estadounidense Howard Zinn denunció siempre, tanto en sus conferencias como en sus publicaciones, que el miedo había jugado un papel preponderante en la historia de su país, en particular cuando los Estados Unidos intervinieron en conflictos bélicos. Zinn rastreó ese papel en conflagraciones como la Guerra de Secesión, la guerra de la independencia de Cuba, las dos guerras mundiales, la guerra de Vietnam y la invasión de Irak.

En uno de los capítulos de mi libro Sobre la historia de la comunicación¹, abordé precisamente el papel del miedo en la historia de los Estados Unidos durante el siglo XX. Intenté demostrar allí que la sociedad estadounidense había sido deliberada y sistemáticamente expuesta a estrategias de propaganda destinadas a diseminar masivamente el miedo en dicha sociedad. Desde el miedo al peligro rojo en las décadas de 1920 y 1930, el miedo a los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial y las distintas variantes que asumió la extendida pavura de la guerra fría, hasta el temor al islamismo, el pueblo estadounidense siempre fue confrontado con algún enemigo político que lo acechaba. De hecho, si Donald Trump consiguió armar una campaña electoral capaz de depositarlo en la Casa Blanca, ello se debió, en gran parte, a la explotación que hizo del miedo a los inmigrantes, el cual supo alimentar con generosas cantidades de bulos distribuidos a través de medios masivos y redes sociales digitales.

Lo antes dicho permite afirmar que, por sus aportes a la comprensión del papel del miedo en la historia de la humanidad, El gran pánico de 1789 de Georges Lefebvre es sin dudas un clásico de la historiografía. Su lectura permitiría, seguramente, entender también algunos de los miedos de nuestro presente.

¹Vittor, Ariel: Sobre la historia de la comunicación. Parana, Editorial Fundación La Hendija, 2017.

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