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Una baraja de cartas no parece en principio algo demasiado peligroso. Al menos así debieron de pensarlo en la prisión estatal de San Quintín, ya que permitían que los presos tuvieran barajas en sus celdas. Con lo que no habían contado era con la creatividad de un hombre desesperado.

Ese hombre era William Kogut, que había sido condenado a muerte por el asesinato de Mayme Guthrie, una mujer que dirigía una pensión en Oroville, California. En octubre de 1930, cuando Kogut estaba esperando a que se ejecutara la sentencia, decidió tomar las riendas de su propia vida y planificó su suicidio, usando una pata hueca de cama, varias barajas y un palo de escoba para construir una bomba. Para comprender cómo es posible fabricar una bomba con una baraja de cartas es necesario recordar que los fabricantes de naipes usaban para marcar las cartas rojas un tipo de tinta bastante volátil, probablemente nitrocelulosa, que se encuentra en muchos productos como tintas y plásticos.

William Kogut (Fuente).

Lo que hizo Kogut fue arrancar la pata hueca de su cama, romper las barajas de cartas y meter los restos dentro de ella. A continuación taponó uno de los extremos con la escoba y por el otro lo llenó con agua, liberando la nitrocelulosa de la tinta roja. Tras colocar la tosca bomba en el calentador, al lado de su cama, se tumbó con la cabeza apoyada contra el extremo abierto del poste. Ya sea por la presión del vapor acumulado dentro de la pata, o por la ignición de la nitrocelulosa de la tinta roja, o más seguramente por una combinación de ambos factores, la bomba finalmente explotó con la suficiente fuerza como para acabar con Kogut.

Para evitar que algo así volviera a ocurrir, los fabricantes de cartas dejaron de usar compuestos volátiles en sus tintas. Antes de morir, Kogut dejó una breve nota de despedida, digirida al alcaide. «No culpe a nadie de mi muerte», escribió, «porque yo soy el único responsable. Nunca me rindo, mientras viva y tenga una oportunidad, pero este es el final».

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