No es ningún secreto que el actual modelo de internet se basa en la publicidad y la recogida de datos. La página web a la que accedes instala cookies en tu ordenador gracias a las cuales obtiene información con la que optimiza tus anuncios. Los anunciantes pagan por esa información, motivo por el cual casi todo los servicios digitales son ‘gratis’ para el usuario: la paga el anunciante.

Este modelo de monetización no es el único modelo posible. De hecho, cada vez hay más movimientos para que los usuarios seamos quienes paguemos con moneda corriente los diferentes servicios, sin que una empresa del otro lado del mundo sepa quienes somos o qué nos gusta. Para nuestra desgracia, cambiarlo es muy difícil, es dependiente de nuestra atención, y está afectando gravemente a valores no solo democráticos, sino de derechos humanos.

clics contra la humanidad de james williams

‘Clics contra la humanidad’ (2021), de James Williams, es un manifiesto en contra del actual modelo de monetización de los servicios de la red. Con un tono filosófico muy marcado, que va más allá la escultura griega de la portada o de las numerosas referencias a filósofos antiguos y contemporáneos, el autor marca un camino de razonamiento claro al lector, que no puede evitar seguir leyendo.

El libro engancha desde el minuto cero con un par de datos curiosos, seguido del concepto más importante del volumen: el modelo de monetización de internet genera datos por encima de las capacidades de procesamiento humano, y cuando la información abunda esta consume atención humana. Imagino que no es ningún spoiler a estas alturas de la digitalización.

Vivimos en la era de la atención, no en la era de la información. Primero, porque se usa la información para informar, sino para captarnos. Y segundo porque el reto ya no es organizar la información, sino ser capaces (mucha suerte con ello) de gestionar la atención. Aburrirse es una asignatura pendiente. El autor llega a plantear incluso una regulación que limite la forma en que se nos capta como usuarios, para al menos disponer de una atención mínima.

¿Por qué? Porque hemos superado la censura y la poscensura. Es más fácil crear contenido por encima de nuestras capacidades de procesamiento que tratar de borrar el contenido existente. Con las fake news a la cabeza, esto está afectando incluso a la calidad democrática e incluso llega a dilapidar la confianza en la misma.

Las tecnologías digitales requieren de una autorregulación a la que los usuarios no pueden optar, porque nadie puede luchar contra un equipo de ingenieros y científicos en la sombra cuyo objetivo vital es que permanezcas más tiempo dentro de una red social. El autocontrol brilla por su ausencia, y los usuarios entran y salen de forma compulsiva de redes sociales o juegos con ruletas.

Pero las redes sociales o los juegos con ruletas no son los únicos afectados por la forma en que está organizado el sistema. Los periódicos son un rehén de la publicidad, y se ven obligados a bajar el nivel o mirar de refilón a las empresas que mantienen las rotativas en marcha. ¿Quién va a escribir en contra de la mano que le da de comer?

“Seguimos afrontando los problemas de la atención con herramientas conceptuales desarrolladas en entornos de escasez informativa”, dice el preocupado autor al analizar posibles soluciones. ¿Las hay o es demasiado tarde? A lo mejor deberíamos tratar la sobreinformación y las distracciones del mismo modo que tratamos el acceso a ultraprocesados y la obesidad.

La alternativa, la inacción, no parece aceptable a medida que las cámaras de eco y la polarización social contribuyen a dinamitar las instituciones por falta de acuerdo. Estamos perdiendo rápidamente un lugar de encuentro común, y todo es crispación y miedo ‘al otro’, lo que crea situaciones tan oscuras como perseguir a quien no piense como tú y hundirle la vida por presión social.

James Williams trata muy bien los temas de sobreinformación, distracciones y aumento del populismo, y propone una serie de soluciones interesantes de cara a reformar el sistema y alcanzar nuevos debates productivos que no nos enfrente los unos a los otros.

Por que sí, hay salida de esta locura, y no tiene por qué pasar por la voluntad (imposible de ejecutar) de borrar las cuentas en redes sociales. Quizá aún estemos a tiempo de no rebasar un punto de no retorno en el que carezcamos de concentración suficiente como para revertir el sistema. De momento, tenemos un libro altamente recomendado.


Con el objetivo de ahorrar en libros y reducir (un poco) mi impacto ambiental, este año leeré todos los libros que pueda en la tablet de la fotografía, una BOOX Note Air (reseña).

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