El Buscón en las Indias de Juanjo Guarnido y Alain Ayroles

Planteada al mismo tiempo como espejo crítico de la encorsetada realidad y como parodia de las narraciones idealistas del Renacimiento, la novela picaresca es uno de los subgéneros de mayor auge en el Siglo de Oro de las letras españolas. La obra fundacional y modelo de estas novelas fue La vida de Lazarillo de Tormes, donde vemos ya al protagonista antiheróico, de orígenes inciertos, que trata de sobrevivir entre las tretas piscarescas y la servidumbre de distintos amos, todo ello con una crítica despiadada a los valores dominantes e hipócritas de la honra y de las apariencias.

La novela picaresca alcanzará su culminación y definitiva configuración con la Primera parte de Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, y continuará perviviendo poco más de setenta años, hasta que en 1626 Francisco de Quevedo publique La vida del Buscón, que para muchos supone uno de los últimos coletazos del género ‒posteriormente hay algunas más, pero ninguna de consideración‒. En ese periodo se escribieron decenas de obras picarescas, incluyendo una segunda parte muy poco conocida del Lazarillo de Tormes, de Juan de Luna, en la que Lázaro acaba transformándose en un atún. Las segundas partes de obras de éxito no son ni mucho menos un invento moderno. Guzmán de Alfarache la hizo con su Mateo Alemán y la que está considerada como la cima de la novela moderna, El Quijote, es más una segunda parte que una primera.

Quevedo, sin embargo, no se propuso hacer segundas partes. Y podría, porque el final de su novela da a entender que las aventuras de su protagonista, don Pablos, continúan en las Indias e incluso hace referencia a esa segunda parte cuando manifiesta, justo al final, que allí le fue incluso peor, como el lector podrá ver en esa segunda parte, «porque nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres». ¿Quién le iba a decir a Quevedo que esa segunda parte vería la luz casi cuatrocientos años después y que sería en forma de cómic?

Sí, El Buscón en las Indias pretende ser, de alguna forma, esa segunda parte que anunciaba Quevedo. En este ambicioso proyecto se embarcaron el dibujante Juanjo Guarnido y el guionista francés Alain Ayroles. El primero, sin tener todavía una larga trayectoria, tiene a sus espaldas una de las sagas más celebradas de los últimos años: Blacksad. El segundo, sin ser completamente desconocido, no era un nombre que a priori invitara a pensar en Quevedo.

Por supuesto, con Guarnido en esta versión, la calidad gráfica del proyecto estaba asegurada. Para muchos no solo consigue estar a la altura de Blacksad, sino que en algunos momentos incluso lo supera. A nivel visual la obra es una es de una brillantez sobrecogedora. Cada viñeta hace honor a la máxima del Barroco conocida como horror vacui, horror al vacío, que hace que hasta el más mínimo espacio quede relleno de algo digno de contemplar con maravilla. Eso hace que al leer El Buscón en las Indias se llegue a experimentar algo parecido al síndrome Stendhal, como si se paseara por una ciudad tan soberbia como Florencia y, sobrecogido, no se supiera dónde posar la mirada. Guarnido tiene una mano prodigiosa para recrear con fidelidad la época, con su arquitectura, sus vestimentas o sus escenarios. Mención aparte merece la capacidad para recrear la selva, a través de viñetas que no pueden dejar indiferente a ningún lector.

¿Y qué hay del guion? En principio, que un autor francés se haga cargo de adaptar una obra de un escritor tan castizo como Quevedo no parece una buena idea. Sin embargo, Ayroles aprueba con matrícula de honor. El Buscón en las Indias está organizado en tres capítulos, que corresponderían a los tres actos en los que tradicionalmente se dividía el teatro del Siglo de Oro y que nos recuerda a la estructura tripartita de tesis, antítesis y síntesis. El planteamiento de cada una de las partes es diferente, pero el nexo de unión de todos ellos es la narración se lleva a cabo a través de la voz del protagonista, que tiende a ser prolijo en detalles, como manda el canon del género. Sin dar demasiados detalles sobre la trama, solo diré que el lector se va dejando enredar en el engaño montado por el pícaro, hasta llegar a un final completamente inesperado, que prácticamente obliga a releer la obra con otros ojos.

El argumento, en pocas palabras, es el que de alguna forma se anunciaba al final de El Buscón de Quevedo: don Pablos viaja a las Indias en busca de prosperidad. Para poder medrar en su condición social, emprenderá la búsqueda del Dorado, aunque tratándose de un pícaro nada es nunca lo que parece.

Un detalle muy llamativo del texto es el lenguaje que utiliza Ayroles, ya que consigue un equilibrio perfecto entre la fidelidad con el castellano del Siglo de Oro y la comprensión del lenguaje. Ese lenguaje hace al leer el libro tengamos esa sensación de estar frente a un texto barroco. En ese sentido, sí podemos decir que el texto es fiel al espíritu de Quevedo. En el Pablos de Ayroles sí intuimos al de Quevedo. Si acaso, si hubiera que reprocharle algo al guion es que, a pesar de haber humor en la obra, el de Quevedo es un humor más grueso, en muchos momentos rayano en lo escatológico, algo que en El Buscón en las Indias se plantea de forma más sutil. También hay guiños a otras novelas picarescas, al Lazarillo de Tormes o al Guzmán de Alfarache, y por supuesto, al Buscón de Quevedo, ya que el personaje recrea algunos de los momentos más conocidos de la novela.

Por todo ello, por su uso del lenguaje narrativo y por su fidelidad a la picaresca clásica, El Buscón en las Indias se convertirá con el paso del tiempo en una de esas referencias obligatorias en el mundo del cómic. Poco importa si se sabe algo de Quevedo o de la obra original. Esta novela gráfica hará las delicias de cualquier lector, en una edición de Norma Editorial que, además, está hecha a la medida de la obra, en tapa dura, con un tamaño superior al normal y con un papel de excelente calidad (además de venir con una lámina de regalo). Imprescindible en cualquier librería.

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