La obra más conocida de Milcíades Peña seguramente sea Historia del pueblo argentino, que se publicó inicialmente entre 1968 y 1973 como una serie de volúmenes individuales. Los sustanciales y singulares aportes que Peña despliega allí para la comprensión de la historia argentina ameritan quizá nuevas lecturas.

Los estudios de Peña se organizan en torno a la idea nuclear de que Argentina es un país condenado a permanecer en un histórico atascamiento, que se arrastra desde su conformación colonial, y en donde nunca se dan las condiciones para la formación de una fuerza social revolucionaria capaz de empujar transformaciones similares a las que atravesaron los países desarrollados.

El carácter de la colonización europea de América le permite a Peña polemizar con Rodolfo Puiggrós. El autor de Historia del pueblo argentino sostiene que esa colonización tenía rasgos capitalistas, puesto que la producción se destinaba fundamentalmente al mercado, tanto el externo europeo como el interno de cada región.

La independencia de 1816 no habría tenido nada de revolucionaria, puesto que los sectores que la dirigían solo querían desplazar a los españoles para hacerse con el control político en el Río de la Plata. Peña polemiza con la historiografía mitrista, que pretende entender ese proceso como una mera emanación del modelo canónico de la Francia de 1789.

De allí emerge una Argentina pastoril, liderada por Juan Manuel de Rosas, quien se pone al frente de los intereses de los estancieros. El caudillismo del interior servía de protección a los provincianos despojados de todo medio de subsistencia, pero al mismo tiempo impedía la emergencia de un orden productivo superior. Las montoneras federales del siglo XIX no estaban en condiciones de hacer frente a los terratenientes.

Peña considera entonces que la oligarquía de las pampas solo pudo fundar un país subordinado a las necesidades del desarrollo capitalista de los países centrales. Ni siquiera los fugaces arrestos de fracciones oligárquicas dispuestas a discutir el reparto de la renta con los ingleses, como la de Carlos Pellegrini, representaron una política auténticamente nacional y popular. El creciente endeudamiento del país, destinado a financiar el comercio exterior y la especulación financiera, y el modelo productivo agro-exportador, dejaban a la Argentina en una situación vulnerable. La oligarquía argentina se mostró incluso dispuesta a extender su papel retrógrado hasta el corazón de Latinoamérica, como vino a demostrar la Guerra de la Triple Infamia (1864-1870).

Peña dedica unas cuantas páginas al rescate de Domingo Sarmiento y de Juan B. Alberdi, a quienes considera los únicos intelectuales que supieron denunciar el entreguismo y el quietismo de la oligarquía terrateniente, aunque tampoco se propusieron la construcción de una mayoría popular que cambiase la historia de Argentina.

Tampoco el yrigoyenismo habría de resultar un movimiento reformista, ni mucho menos revolucionario, puesto que perpetuó el modelo agro-exportador dependiente del Reino Unido y la concentración de la propiedad de la tierra. Más allá de medidas sociales como la distribución de granos y alguna intervención estatal en favor de los trabajadores, el radicalismo que llega al poder en 1916 deja intactas las relaciones sociales de producción.

Peña apunta al raquítico desarrollo industrial argentino como responsable fundamental del estancamiento del país y de la perpetuación de los intereses que hacen del país una semi-colonia. Nacidos y crecidos desde las entrañas mismas de las oligarquías agrarias, los industriales no son otra cosa que una clase antinacional y contrarrevolucionaria. En ese raquitismo estaría también la clave de la debilidad política del proletariado argentino, eternamente condenado a quedar a remolque de una burguesía parasitaria, y a errar bajo la conducción de un comunismo argentino siempre enajenado a las necesidades políticas del estalinismo.

Sin esquivar la polémica, Peña la emprende contra las versiones historiográficas que veían en el peronismo un movimiento industrialista, argumentando que durante los años peronistas el equipo de las fábricas permaneció obsoleto, la industria no aumentó el consumo de energía y la productividad de los obreros disminuyó año tras año. El peronismo no habría sido otra cosa que un régimen bonapartista en versión argentina, sostenido en la conciliación de fuerzas entre burgueses y proletarios, en donde la fuerza y movilización de los últimos confería una mayor libertad de acción a una nueva conducción del Estado. Así, el movimiento que pretendió haber conquistado la independencia económica del país y la justicia social de sus trabajadores, en realidad no habría llegado muy lejos. En el fracaso transformador del peronismo encuentra Peña uno de los exponentes más claros de la permanente tragedia que la historia argentina escenifica.

Por esta vía, el autor cuestiona la idea de que las burguesías puedan tener un papel histórico progresista, en tanto nacen y crecen atadas al imperialismo. En este sentido, la producción historiográfica de Peña se alimenta de su polémica con otros pensadores de la izquierda argentina, como Rodolfo Puiggrós y Jorge A. Ramos, quienes daban por descontada la existencia de una burguesía nacional industrialista con intereses contrapuestos a los del bloque agro-exportador interno y el capital foráneo. Según los adversarios de Peña, la alianza de esa burguesía con un nuevo proletariado, en torno a objetivos industrialistas y anti-imperialistas, se cristalizaba en el peronismo como fenómeno de masas, por lo que la izquierda debía apoyar el proyecto de Juan Perón.

La obsesión de Peña por la inexistencia de una industria pujante está vinculada con su idea de que Argentina no había logrado transitar el mismo camino de desarrollo seguido por los países centrales. Aquí es donde hallamos a un autor apegado a un esquema histórico evolutivo y determinista, dominado por un recorrido de etapas por el que obligatoriamente debían pasar todos los países. Ese esquema evolutivo universal sería el del desarrollo capitalista seguido por los países centrales como Gran Bretaña, Francia, Alemania o Estados Unidos. Peña no escapa a una historia teleológica, propia de cierta ortodoxia marxista de tinte economicista, que se impuso con la Segunda Internacional para luego nutrir a muchas corrientes marxistas latinoamericanas.

Peña estudia la historia argentina como exponente de una lucha de clases en donde ninguno de sus protagonistas consigue imponer al país otro rumbo que no sea el del atraso y la dependencia de los países centrales. Las clases sociales que deberían encarnar el progreso nunca tienen las fuerzas para imponerse. La historia argentina consistía entonces en una eterna y frustrante parálisis.

Milcíades Peña rechazaba concebir la historia como mero exhibicionismo intelectual. Se impuso la tarea de escribir una historia argentina en estrecha vinculación con las tareas políticas que consideraba vitales para el país, y a las cuales consagró una larga militancia en distintas agrupaciones del trotskismo argentino. Quizá eso explique otro de los rasgos distintivos de su escritura: la de hacer historia haciendo historiografía, para lo cual discutió tanto con el liberalismo mitrista como con el revisionismo nacionalista. Injustamente olvidado, Peña volvió a tener una cierta consideración pública hacia finales de la primera década del siglo XXI, cuando algunos sectores del peronismo kirchnerista provenientes de la izquierda se acercaron a su obra, en un intento de recuperar a los historiadores que habían escrito sobre la dependencia argentina y las luchas por la liberación nacional.

La enorme erudición de Peña puede constatarse en la vastedad de fuentes que consultaba para escribir, en las que se encuentran desde estados contables empresarios, hasta memorias institucionales, documentos estadísticos y diarios de sesiones parlamentarias. Con tan amplio manejo documental, llama la atención que no haya aplicado su incisiva mirada a la vida cotidiana de obreros, inmigrantes y chacareros, lo cual le habría permitido caracterizar mejor al pueblo argentino cuya historia se esmeró en escribir. La “historia desde abajo”, que muchos renovadores de la historiografía escribían por aquel entonces, no encontró eco favorable en el historiador argentino.

Con todo, Milcíades Peña fue un historiador provocador y controversial, que no puede dejar indiferente a ningún interesado en la historia argentina.

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