Juan Carlos Onetti (Fuente).

Para los seguidores del rey de los «tumbistas» y emperador del relato breve, ese gran bebedor de güisqui que nos dejó joyas como La vida breve, El astillero (sintetizando mucho, una alegoría sobre la derrota personificada en Larsen, símbolo perfecto de la decandencia) o El pozo, es un más que placer que se nos deleite con la edición de las obras completas del escritor uruguayo. Bien en su territorio literario de Santa María (herencia Faulkneriana del mítico territorio real y por tanto imaginario de Yoknapatawpha, como el París de Rayuela, el Región de Benet o el Macondo de García Marquez…) o en los innombrables países imaginarios que configuran la narrativa Onettiana, una escritura que parte de lo más íntimo del ser humano y que circunda lo fatalista del destino pero sin llegar a un nihilismo existencialista, el lector descubre el placer de la lectura tan bien materializada en el diálogo de los personajes, en la aparente simpleza de las situaciones y de las descripciones que pueblan estos territorios. Alguien dijo una vez que la relación de Julio Cortázar con la literatura era de amante, frente a la de Vargas Llosa que era de esposo. La relación de Onetti con la literatura tal vez sea un territorio intermedio, a veces de amante, a veces de esposo muchas veces infiel. La primera vez que uno leyó a Onetti, creo que un cuento, uno se quedó con la extraña sensación de no haber entendido nada. Pero con la certeza circundante y clara de que ese escritor llamado Onetti (exiliado en España; país al que siempre le estuvo agradecido, por acogerle y por la legión de fieles lectores que se le ofrecieron al maestro) nos había seducido con las palabras, sus palabras tan bien elegidas y posicionadas en la narración. La aparente complicación de la narrativa Onettiana no tiene ninguna importancia para los amantes de su obra. Da igual lo que piensen Brausen, Díaz Grey, Larsen o Jorge Malabia. No importa qué hagan. Sólo importa lo que Onetti nos cuenta de ellos o lo que aparentemente dicen o hacen. La pura y dura narración. Narración que seduce con variadas y certeras artimañas. Una de ellas, por no decir la más importante es el tiempo. Tiempo que pasa muy despacio cuando uno lee a Onetti. Y el tempo narrativo también es lento, pero no por ello la acción o lo contado se resienten o desmejoran. «El infierno tan temido», «Tan triste como ella», «Jacob o el otro» o «La novia robada» se encuentran entre los mejores relatos en lengua española. Ahí vemos descrita a la gran ciudad. A sus hombres, a sus mujeres, a sus sueños, a sus vidas y a sus muertes. La multiplicidad de lecturas es infinita, dándonos algo que definiría como el simple placer de la lectura. Placer del que el mismo Onetti habló en su día al ser preguntado sobre la misión del intelectual: «El intelectual no desempeña ninguna tarea de importancia social. Le corresponde tener talento. Para mantener viva la comunicación escritor-público el escritor debe ejercer el placer de reiterar: que el escritor tenga talento». Ese enorme talento que tenía Onetti (y que tiene porque sigue vivo en sus novelas y cuentos) es con lo que nos quedamos con cada lectura. El uruguayo tenía un don que consistía en narrar con un lenguaje propio, creador de mundos narrativos tan personales. Por ello los amantes de este lenguaje le debemos tanto. Deber que materializamos leyendo. Así pues tenemos esta invitación a la lectura. Leamos a Onetti. Y por favor, tumbados en la cama.

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