Auge y caída de una historieta de Pablo Vicente.

Cuando la editorial Bruguera se disolvió, en 1986, yo tenía cuatro años. Es imposible, por edad, que yo pudiera haber conocido en vida a la editorial, ni siquiera cuando estuvo en sus años más complicados. Eso no impidió que a los siete años descubriera y quedara fascinado por personajes como Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Superlópez, Rompetechos, Pepe Gotera y Otilio o Anacleto Agente Secreto. El hallazgo se produjo a través de las páginas de un suplemento dominical, Gente menuda, que a los personajes mencionados sumaba otros como Spiderman, el Capitán Trueno, Conan, el Teniente Blueberry o Tintín (este último, en inglés). Más adelante, también caerían en mis manos cabeceras como Mortadelo y Zipi y Zape, con todos sus derivados, Súper, Extra, Especial o Gigante, gracias al relanzamiento que hizo Ediciones B, que además de montañas de reediciones también lanzó a los autores que han sido bautizados como la Generación Perdida de Bruguera. Eso es lo más cerca que he estado de la Bruguera clásica.

Otra persona que tampoco pudo conocer a Bruguera de primera mano es Pablo Vicente, que nació en 1988. Sin embargo, él tuvo la suerte de nacer en Madrid, cerca de una librería de segunda mano, y en el seno de una familia que adoraba los tebeos. El resultado: constantes visitas a la librería, en las que siempre salía con un nuevo, viejo, tesoro bajo el brazo. Solo así se puede explicar su amor por un universo que en la mayor parte de su adeptos se sustenta fundamentalmente en la nostalgia.

Sí, tal vez gran parte de esa pasión que a algunos nos generan los personajes y las historias de Bruguera se deba a la nostalgia, pero no hay que olvidar que esta editorial, que estuvo activa desde 1921 hasta 1986 (hasta 1940 bajo el nombre El Gato Negro), llegó a lanzar al mercado un total de 358 colecciones catalogadas, lo que significa una revista de historietas diferente cada dos meses y pico. Si además tenemos en cuenta que esas colecciones llegaron a alcanzar un número de ejemplares de unos 24.000 tebeos diferentes, eso nos da unos 365 tebeos al año, es decir, una revista de historietas diaria durante toda su vida. Si además tenemos en cuenta que de algunas de sus cabeceras llegó a editar cientos de miles de ejemplares y que alcanzó facturaciones millonarias (unos diez millones de pesetas en 1981, por ejemplo), no hay duda de que estamos hablando de un gigante editorial que, salvando las distancias, podría considerarse de una especie de Marvel del siglo XX a la española. No es solo nostalgia: estamos hablando de historia del cómic.

De un tiempo a esta parte estamos asistiendo a un renovado interés y a una puesta en valor de la importancia de la editorial en la historia del cómic. Prueba de ello son los diversos libros o documentales que repasan la trayectoria de la editorial o de algunos de sus dibujantes. Uno de ellos es, precisamente, de Pablo Vicente. Publicado en 2016, Auge y caída de una historieta, con el subtítulo «La historia detrás de Bruguera», este ensayo es precisamente lo que su título indica: un recorrido por la trayectoria de la editorial, desde su nacimiento a su disolución, pasando, por supuesto, por su edad dorada.

Dividido en ocho capítulos, organizados con un criterio cronológico y siguiendo cada uno de ellos un eje temático, se hace un repaso por las diferentes etapas por las que atravesó Bruguera, así como una breve semblanza de los autores más significativos que pasaron por ella. Es cierto que sobre Bruguera ya se ha escrito mucho. El libro de Pablo Vicente, por ejemplo, se queda muy corto ante la monumental obra que Antoni Guiral publicó en El Jueves: Cuando los cómics se llamaban tebeos y Los tebeos de nuestra infancia. Tampoco es el objetivo competir con ese tipo de publicaciones ensayísticas. Antes bien, Auge y caída de una historieta pretende ser un ensayo ligero, de poco más de cien páginas, muy digerible por todos aquellos que quieran acercarse al universo de Bruguera por primera vez, y que incluso para aquellos que ya lo conozcan puede deparar alguna que otra sorpresa. El análisis que hace Pablo Vicente de los años finales de Bruguera es lúcido y está expuesto de forma clara y sencilla. Hay que tener en cuenta que fueron muchos y muy complejos los factores que hicieron que cayera un gigante como Bruguera.

Una lectura muy rápida y que se disfruta tanto si se es un nostálgico empedernido como si uno se acerca a este mundo por curiosidad. El libro carece de las ilustraciones tan habituales en este tipo de publicaciones: nada de portadas de cabeceras o de tiras cómicas. Es un ensayo, sin más. Para recrearse la vista están los libros de Guiral o la Guía visual de la editorial Bruguera que publicó Glénat. El libro de Pablo Vicente cuenta además con un prólogo de Carlos Areces, amante como pocos de Bruguera y coleccionista impepinable, así como un índice onomástico y una pequeña bibliografía, algo bastante valioso para seguir profundizando en el tema.

La única pega que se le puede poner a este libro es que no es fácil de conseguir. Editado por Léeme, que yo sepa, está descatalogado en librerías. La única opción que tuve para conseguirlo fue ponerme en contacto con el propio autor, que tuvo la gentileza de enviarme uno. Una pena que no haya más difusión en este tipo de libros porque estoy seguro de que hay un nicho de lectores que estarían encantadísimos de tenerlo. Como muestra un botón. En 2019 otro apasionado de Bruguera, José Guerrero, lanzó un Verkami en el que pedía 4.000 euros para elaborar un documental sobre los últimos años de la editorial. No solo cubrió la cantidad pedida sino que superó los 7.500 euros.

Comentarios

comentarios