Vista de Dubrovnik en el siglo XV (Fuente).

La primera cuarentena impuesta por un estado tuvo lugar en la actual Dubrovnik, en Croacia, una antigua ciudad amurallada en lo alto de los acantilados del mar Adriático. Sí, las primeras personas a las que se les impuso una cuarentena, hace más de quinientos años, tendrían unas vistas maravillosas, pero las consecuencias por romper esa cuarentena eran bastante menos halagüeñas y sin duda más radicales que cualquier medida actual. El castigo por romper esa cuarentena podría suponer desde la amputación de una oreja o de una nariz a, en el peor de los casos, la muerte.

Todo comenzó en 1377, cuando la peste negra estaba a punto de matar a un tercio de los europeos. Dubrovnik, al estar en el centro de la República de Ragusa, se encontraba entre las ciudades comerciales más ricas y prósperas de la época, y por supuesto quería mantener ese estatus. Como era una ciudad pequeña y no podía permitirse el lujo de cerrar sus puertas, como sí habían hecho las grandes ciudades comerciales de Venecia o Milán, los gobernantes idearon un plan para obligar a los visitantes a esperar durante cuarenta días en una de las muchas islas desoladas frente a la costa, antes de permitirles el desembarco. En ese aislamiento contarían con un escriba, un par de guardias, un par de limpiadores y un sepulturero.

Lo llamaron quarantino, una palabra italiana que designa un período de cuarenta días, un tiempo que según piensan muchos historiadores se inspiró en diferentes eventos bíblicos, como los cuarenta días de lluvia que inundaron la Tierra en la historia del Arca de Noé o como cuando Jesús, en el Nuevo Testamento, ayuna en el desierto durante cuarenta días.

De esta forma, esta ciudad se convirtió en la primera del mundo en idear una política estatal de cuarentena como forma de garantizar la continuidad del negocio durante los peores años de una epidemia, la de la peste negra. El crecimiento económico fue, por tanto, la principal razón para establecer esa cuarentena, un planteamiento no demasiado distinto al que podemos ver en la actualidad.

Casi trescientos años después, en 1642, la ciudad terminó los Lazaretos, una serie de edificios a las afueras de la muralla de la ciudad donde los visitantes, en su mayoría del Imperio Otomano, esperarían sus cuarenta días correspondientes.

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