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Estamos viviendo momentos extraños y difíciles, obligados a estar más aislados, mientras el mundo que conocíamos parece esperar a nuestra vuelta. Para los artistas no parece algo especialmente inviable. Según la mitología del mundillo, los creativos están bastante acostumbrados a estar aislados y esta situación no debería afectarles demasiado. Sin embargo, la verdad que hay detrás de esa percepción es, en realidad, mucho más interesante que la historia del artista solitario y torturado que engendró.

Tradicionalmente, el aislamiento voluntario ha sido la forma en la que los artistas de todas las épocas han encontrado la paz necesaria, lejos del bullicio de la vida, para crear. Esto también le ocurría al arquitecto y artista renacentista, Giorgio Vasari, conocido sobre todo por ser el padre de la historia del arte. Durante aquel tiempo, una plaga estaba extendiéndose por las ciudades y todo el que podía se trasladaba a lugares más retirados, como granjas, monasterios y otros entornos rurales. A Vasari le gustaba ir a un monasterio en la Toscana, del que decía que no podría haber encontrado un lugar mejor para conocerse a sí mismo. Fue en una de sus primeras visitas, durante dos meses, que pintó una Virgen y un Niño con los santos Juan Bautista y Jerónimo, lo que llevó a los monjes a encargarle un retablo completo.

Pues bien, es en gran parte a Vasari al que debemos el mito del artista aislado, creado sobre todo a partir de su conocido libro de 1550, Las vidas de los artistas. En esa obra, Vasari describe a los artistas como personas que viven en la periferia de la sociedad, un cliché que se ha visto reforzado por la vida que muchos artistas internacionales han llevado. Uno de los ejemplos más icónicos es Vincent Van Gogh, ese genio loco que evitaba los cafés de París, que era la meca de todos los artistas, y que se mudó al aislado Arlés, en lo más profundo del sur. El pintor dijo que lo hacía para huir de los grises de París y para buscar colores más vivos, y que estar alejado de la gente y de cualquier posible influencia le hacía ver las cosas con mayor claridad. Al final Van Gogh acabó convirtiéndose en el modelo del artista torturado, aislado e ignorado.

Lo cierto es que para muchos escritores y artistas un espacio en el que poder estar a solas con sus pensamientos es lo ideal, lejos de las distracciones de la vida cotidiana. Sin embargo, eso no es ni mucho menos aplicable a todos los artistas. No son pocos los que prefieren trabajar en estudios compartidos, en espacios abarrotados como cafeterías o campus, o en colaboración con otras personas. El aislamiento puede ser bueno para ciertas partes del trabajo, pero con frecuencia es necesario alejarse de lo que tenemos frente a nosotros para tomar perspectiva y resolver problemas o seguir avanzando.

Cuando el amigo de Van Gogh (y también su rival), Paul Gauguin, vino a pasar un tiempo con él en Arles ambos artistas consiguieron grandes avances en sus respectivas obras. Ahora bien, para los artistas la línea entre la amistad y la rivalidad es demasiado delgada. Al final, la convivencia entre Van Gogh y Gauguin acabó arruinando su amistad, con el primero cortándose la oreja y el segundo yéndose a un retiro mucho más lejos, más allá de la civilización conocida, en la Polinesia.

Algunos artistas han convertido el aislamiento no solo en un instrumento sino en una parte sustancial de su arte. Chris Burden preparó una performance, Bed Piece, en 1972 en la que dio instrucciones para que nadie interfiriera en ningún momento. A continuación se presentó en la galería, se acostó en una cama y permaneció allí, completamente aislado, durante tres meses, algo que en cierta forma le recordaría al accidente de coche que tuvo a los trece años y que le obligó a pasar recuperándose nueve meses en cama. Por su parte, el artista chino Tehching Hsieh se encerró en una jaula dentro de su estudio durante todo un año en su obra Cage Piece, de 1978 y 1979.

Los artistas están constantemente oscilando entre el aislamiento y la interacción social. Demasiado de la vida real puede sentirse como una interferencia y en esos casos es necesario tiempo con uno mismo para volver a conectar con el trabajo. Pero estar siempre a solas con uno mismo y con su trabajo puede dar lugar a meras repeticiones. Las pausas e interacciones renuevan la savia, dan oportunidad a la creatividad a fluir de nuevo, por inusitados cauces. Por no hablar del importante componente social que tiene hoy en día la figura del artista en la promoción de su obra.

No hay una única respuesta a ese equilibrio entre aislamiento y sociabilización. ¿Significa entonces que el aislamiento es garantía de una obra artística de mayor calidad o, por el contrario, estar inmerso en la vorágine social puede multiplicar las oportunidades de ser visto y de que la obra sea más conocida y relevante? Posiblemente, ambas opciones son correctas. A los artistas les suele gustar saltar de un extremo a otro, aunque también puede ser que no. De todos los mitos que hay sobre los artistas, que no son pocos, el único que parece ser cierto es el de que son personas complicadas. Lo que es seguro es que sin sus procesos creativos para entenderse mejor a sí mismos y a todo lo que les rodea, el mundo sería un lugar mucho más pobre.

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