Hay un personaje conocido por todos, o por casi todos. Este personaje es una mujer joven, norteamericana. Se podría decir que disfruta de un estilo de vida acomodado y dulce.

Uno podría tener la oportunidad, facilitada enormemente por la literatura, de visitar su casa. Alguien podría llevarnos a ese lugar, alguien con cierta posición social, o con una relación de parentesco con la mujer, o con ambas prerrogativas.

Ya frente a la casa está la sensación de acercarse a un elemento misterioso, a una propiedad heredada de alguien casi celestial, y una vez frente a la puerta es el hombre quien nos recibe, porque la mujer está dentro, en cierto modo encerrada en su hermosa jaula, y también siendo lo que tantas personas a lo largo de la historia quieren que sea: una culminación, una forma de ser de belleza, y al mismo tiempo humana, poseedora de algunas debilidades, para que así los demás puedan acercarse a ella.

Pero es el hombre quien nos ha recibido y nos conduce por un largo pasillo hasta la habitación donde ella se entrega a su vida ociosa. Y al abrir la puerta de esa habitación, donde Daisy aguarda, uno podría creer que las blancas cortinas se mueven como animales marinos, exhaustos, impulsados por una brisa que simula un movimiento oceánico, y que parece traer con ella toda la luz que podrían necesitar, toda la que podrían envidiar. Entonces lo comprendemos. Esa luminosidad les pertenece. Ha entrado, puesto que la arquitectura de la casa así lo permite, en la habitación descrita, y en eso consiste al fin una gran parte de su vida. En dejar que llegue la luz entre sus propios muros. Y será la cantidad, la insistencia de esa luminosidad, lo que determine en parte su status, lo que confirme su logro de la belleza.

Podría considerarse una creación típicamente humana: la luz que ya poseíamos, y su modo de entrar en nuestros hogares. Pero si ha de entrar y salir de ellos, entonces debe haber -o creemos que debe haber- cierta regulación, cierta clasificación, un precio. Es necesario un status social, nos decimos. Es necesario un sueño. Incluso Daisy tiene sus pretensiones. No posee todo lo que querría poseer.

El gran Gatsby es una de esas novelas cortas que releo cada cierto tiempo. Me fascina, como en otras obras de Scott Fitzgerald, el uso de la luz, convirtiéndose esta en una protagonista de tantas de sus historias, como ocurre con ese fulgor verde del embarcadero de Daisy, o en Suave es la noche, en el modo en que el púrpura se refleja en el mar, en la Riviera francesa.

La primera vez que leí El gran Gatsby, la escena que más llamó mi atención fue, precisamente, cuando Nick Carraway visita la casa de Tom y Daisy Buchanan. Es una descripción bella, decadente y perfecta.

Hace algunos días, sin embargo, me sorprendí pensando en esa habitación de un modo, quizá, algo cínico. La indiferencia de un personaje de ficción parecía trasladarse a una época más actual, donde -al menos en occidente- estamos casi constantemente rodeados de objetos luminosos, objetos brillantes, cegadores, y casi siempre presentes.

Hay una especie de arquitectura que decide donde entra y no entra la luz. Todo está decidido, los grandes hombres (¿es así como los conocemos?) estrechan sus manos, cierran tratos. Los movimientos migratorios humanos pueden ser captados desde lejos, incluso desde arriba, por una lente fotográfica.

Hay lugares abiertos, llanuras, regiones aún desconocidas para tantas personas, donde la luz natural está presente, siempre está presente, y sin embargo esa cualidad luminosa se desgaja, se rompe debido a la presencia de otros elementos, como un hedor humano, inevitable, o manchas oscuras en el mar, y esa imposibilidad de bañarse en un río o una playa cercanos, porque el agua no está limpia, no lo está.

Entre nuestras brillantes posesiones se encuentran ordenadores portátiles, smartphones, tablets, coches eléctricos, fabricados con metales pesados (como plomo o cadmio). La mayoría de estos metales se extraen en minas de países desfavorecidos, en África. Cuando los dispositivos quedan anticuados o las baterías dejan de funcionar, esta basura electrónica se envía de nuevo a África.

En Ghana hay unos de estos grandes vertederos de residuos electrónicos, donde se acumulan para más tarde ser quemados, provocando una importante contaminación del suelo, la atmósfera y el mar.

Hay una brillante luz verde al final del embarcadero. Hay un atardecer reflejado sobre un río que atraviesa el barrio de Agbogbloshie, en Ghana. Estrellas. Hogueras de humo negro. Siempre alguna señal hacia la que dirigirnos, o de la que intentar huir.

Cuando nosotros no seamos los mayores consumidores de este tipo de dispositivos, ¿nos consumirá alguien a nosotros, nos utilizará sin piedad con un fin de lucro? ¿Le importará a ese alguien? En la conocida novela 1984, de Orwell, encontré esta frase: “Si pueden obligarme a dejarte de amar… esa sería la verdadera traición.”

Si de algún modo nos obligan a que no nos importe, esa es, desde luego, una traición, que será descrita en una época futura, rodeada de ciertos elementos ficticios, de una singular belleza, de cierto halo luminoso.

Pero ya serán otros quienes lean esas páginas.

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