Hay modas que, vistas con la perspectiva del tiempo, no pueden dejar de parecernos entre sorprendentes y absurdas. Una de ellas tuvo lugar en el ámbito universitario en la década de los sesenta y consistía en destrozar pianos en el menor tiempo posible hasta reducirlos a pedacitos muy pequeños, que pudieran pasar a través de una abertura de 20 centímetros. Para ello se formaban equipos de seis personas y, según las reglas, no se podían usar herramientas que pesaran más de siete kilos cada una.

Parece ser que este curioso deporte comenzó en 1963 en una escuela técnica en Derby, Inglaterra, pero no tardó en extenderse a los campus estadounidenses a través del Instituto de Tecnología de California, donde incluso llegó a formarse un grupo de estudio dedicado a la reducción de pianos. Uno de los grandes hitos de esta disciplina tuvo lugar cuando estudiantes de la Wayne State University lograron romper un piano y pasarlo por un agujero en un tiempo récord, en cuatro minutos y cincuenta y un segundos.

Curiosamente, de forma aparentemente independiente, tres años después en el mundo del arte también se puso de moda destruir pianos, como parte del movimiento conocido como destructivismo. En 1966 el artista norteamericano y de ascendencia puertorriqueña Rafael Montañez Ortiz destruyó un piano a hachazos en el Museo Whitney de Arte Americano de Nueva York, una práctica que también fue llevada a cabo por otros artistas como John Cage, Joseph Beuys o Nam June Paik.

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