Pintura de Congo (Fuente).

En un intento por delimitar las fronteras del arte y de la creatividad, desde comienzos del siglo XX son numerosos los intentos por poner a distintos animales en la tesitura de crear obras de arte. Un ejemplo temprano lo encontramos en la primera década del siglo, en plena ebullición de las vanguardias, cuando un burro logró ridiculizar a los críticos de arte parisinos.

Aunque, sin duda, si ha habido un animal no humano artista por excelencia, ha sido el chimpancé, en gran medida seguramente por sus similitudes con el hombre. No es que en los años cincuenta fuera la primera vez que se pusiera a un chimpancé frente a un lienzo, pero en esa década hubo una eclosión de este fenómeno porque hubo más de un caso que alcanzaron fama internacional. Fue el caso de Betsy, del zoo de Baltimore. Cuando el Museo de Arte de Baltimore compró una pintura abstracta de Willem de Kooning, uno de los cuidadores del zoo afirmó que Betsy podría hacer algo parecido y se dispuso a demostrarlo. Y aunque la carrera artística de Bestsy tuvo unos comienzos un tanto accidentados, comiendo pintura y masticando el pincel, pronto comenzó a manchar de pigmentos de los lienzos, para deleite de los medios y de los coleccionistas de arte. Apareció incluso en algunos programas de televisión como The Tonight Show.

Casi al mismo tiempo, un chimpancé del zoo de Londres llamado Congo se convirtió en el centro de todas las atenciones, con la ayuda de Desmond Morris, un célebre artista y zoólogo. Morris presentaba un programa de televisión llamado Zoo Time, donde el arte de Congo comenzó a llamar la atención de la gente. Muchos artistas y coleccionistas de arte, incluyendo a Picasso, compraron la obra de Congo. En 1957 se exhibió en el Instituto de Arte Contemporáneo de Londres y al año siguiente hubo una exposición conjunta del trabajo de Betsy y de Congo en el zoo de Baltimore. Cuando las pinturas de Congo se enviaron a Estados Unidos, los funcionarios de aduanas cobraron un impuesto sobre las piezas, algo que no se habría hecho si el artista hubiera sido humano. Eso sí, hubo quien reconoció que no podía distinguir entre las pinturas de Congo y otras similares de artistas humanos.

La afirmación de que los animales distintos a los humanos podrían llegar a ser artistas provocó un intenso debate. Para muchos, el arte era algo exclusivo de los seres humanos. En 1959 el historiador del arte H.W. Janson publicó un artículo titulado «After Besty, What?», donde admitía que este arte planteaba un verdadero desafío debido a su similitud con las obras de arte del expresionismo abstracto. En 1964 volvió a ocurrir que la obra de un chimpancé se hizo pasar por la de un ser humano, un artista conocido como Pierre Brassau. La conclusión final de Janson fue que el personal del zoo, que proporcionaba a Betsy el material y que decidía cuándo una obra estaba terminaba, era a quien realmente había que considerar autor de esas obras, mientras que Betsy quedaba reducida a una fuente de patrones aleatorios.

Sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido, el debate no está cerrado ni mucho menos. En todos estos años, desde que Besty y Congo crearon sus obras, ha habido numerosos ejemplos de obras de arte y de exposiciones que continúan planteando importantes reflexiones sobre los instintos creativos en los animales no humanos. A la discusión se han añadido el problema de pedir a los animales no humanos que realicen obras que se ajusten a las expectativas humanas de lo que debería ser el arte. Además, cada vez está más aceptada la idea de que existen algunos animales no humanos que podrían tener instintos creativos similares a los humanos.

Lo que está claro es que la teoría de Janson de que la creatividad es territorio exclusivo de los humanos ya parece haber quedado algo desfasada. Cuanto más aprendemos sobre las complejas vidas emocionales y sociales de los animales no humanos, más improbable parece la idea de que solo los seres humanos sean capaces de ser creativos.

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