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Nos ha pasado a todos. Coges un libro al que le tienes muchas ganas, un libro que todo el mundo ama, que cosecha las mejores críticas, te relajas, empiezas a leer y descubres que no te gusta nada. O tal vez es que no descubres en él lo que hace que sea tan especial para el resto de la gente. Llegados a este punto, uno no puede evitar preguntarse: ¿Seré yo? ¿Será que no soy lo suficientemente inteligente para entender este libro?

Pero lo peor no es la duda, ni el hecho de que dedicaste un tiempo de tu vida a leer algo que querías amar y no pudiste, lo peor son las personas que te hacen sentir como si fueras tonto, como si no hubieras entendido el libro o no tuvieras la suficiente inteligencia, conocimiento o capacidad mental para apreciarlo, y así es como explican que no te guste.

En determinadas situaciones es probable que sea así. Por ejemplo, si no tienes conocimientos sobre mecánica cuántica y tratas de leer un libro de nivel medio o avanzado sobre este tema, sin ningún tipo de introducción, es posible que sí esté fuera de tu alcance. Sin embargo, que no entiendas un libro en esta circunstancia concreta ni siquiera significa que no puedas leerlo, sino que has elegido el libro equivocado para tu nivel de conocimientos. Ahora bien, con la ficción es diferente. En ese caso, no tiene sentido que la gente trate de hacer pensar a otros que son más tontos por no gustarles tanto el libro como a ellos.

Como muestra un botón: con determinados libros y autores basta con hacer un comentario en Twitter para desatar el odio. No faltará quien afirme que sí, que el problema está en el lector, no en el libro, que no sabe apreciar la complejidad de la obra o que directamente es estúpido. Casi puedes imaginarlos escribiendo el comentario bebiendo té, mientras alzan el dedo meñique y levantan la nariz ante casi todo.

Personalmente me ha pasado con Michel Houellebecq. A mucha gente le pasa con Joyce o con Bukowski, pero puede ocurrir con cualquier libro o autor, incluso con aquellos que se consideran en lo más alto de los clásicos, como Cervantes o Shakespeare. Borges escribió que el verbo leer no soporta el modo imperativo y que si un libro aburre lo mejor es que se abandone, porque la lectura es una forma de felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz. Con mucha más simplicidad, Pennac recoge esta idea en su decálogo del lector. Puede ocurrir que un determinado libro esté sobrevalorado, pero ante todo hay que pensar en que todos los libros no pueden gustar a todo el mundo, sin que eso signifique que se sea menos inteligente. Antes bien, es una señal de que se tiene la suficiente inteligencia como para expresar la propia opinión sin miedo a lo que pueda responder la masa.

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