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El pobre Sísifo tiene un único objetivo en la vida: empujar una pesada roca hasta la cima de una montaña. El problema es que, cada vez que se aproxima a la cumbre, la roca rueda montaña abajo, obligándole a comenzar de nuevo con su ardua tarea.

Su historia es solo un mito, pero todos somos Sísifo en cierta manera. Cada día, cuando suena el despertador, comenzamos a empujar nuestra roca. Esta será más pesada que la de algunos Sísifos y más liviana que la de otros, pero indudablemente vamos a tener que empujarla sí o sí hacia una cúspide que sabemos de antemano que jamás alcanzaremos.

La roca no es otra cosa que nuestras obligaciones del día a día. Esas que, al menos en su mayoría, no podemos eludir; lo mismo que le sucede a Sísifo con el pedrusco que acarrea una vez tras otra, inmerso en un bucle eterno y, aparentemente, carente de sentido.

Trabajar, pagar facturas, agacharnos para anudarnos los cordones de los zapatos, cepillarnos los dientes, comer, dormir, ir al baño, respirar… casi todo lo que hacemos forma parte de una rutina, del mismo modo que Sísifo tiene la suya. Pero «son nuestras obligaciones», nos decimos; sin ellas no podríamos existir, al igual que le ocurre a él.

Sin embargo, hay dos grandes diferencias entre nosotros y el referido personaje mitológico: una es que nuestra existencia es finita y la otra, que nosotros sí que podemos elegir qué hacer con ella, aparte de cargar con nuestra propia roca.

Lo que trato de decir es que, sí, «son nuestras obligaciones», pero a veces nos concentramos tanto en esa absorbente tarea que es sobrevivir, que nos olvidamos de vivir. Deberíamos tener reuniones frecuentes con nosotros mismos para preguntarnos si todas y cada una de esas obligaciones son realmente obligatorias y, sobre todo, si hoy hemos hecho alguna cosa que nos apetecía hacer o si todo han sido sacrificios.

Además, la fugacidad de nuestra existencia, al menos en la única realidad que sabemos con certeza que existe, implica que, como casi todo lo finito y escaso, es algo codiciado. ¿Y si el hecho de estar vivos ya es motivo suficiente para sentirnos en plenitud?

A Sísifo se le indujo una necesidad imperiosa de poseer un objetivo que le dé sentido a su banal existencia. Su penitencia radica en la imposibilidad de saciar un hambre voraz. Pero ¿y si resulta que en realidad no necesitamos para nada un objetivo que nos aparte de experimentar la existencia estando tan presentes como nos sea posible? ¿Y si la mitad de esas obligaciones nos sobra? ¿Y si nuestras obligaciones y los sacrificios que hacemos en pos de conseguir una meta ansiada, a lo único que conducen es a distraernos de lo más importante?

¡Estamos vivos!

¡Estamos aquí!

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Entonces, ¿el secreto de la felicidad consiste en tener siempre un lugar hacia el que ir para tratar de saciar nuestra necesidad de tener un propósito? ¿O más bien tiene que ver con liberarnos de tanto lastre como seamos capaces y centrarnos en experimentar el azul del cielo, el olor de la lluvia, el calor del sol primaveral sobre el rostro, el sabor de esa comida que tanto nos gusta y cualquier otra cosa que creamos que pudiéramos echar de menos si fuéramos capaces de echar cosas de menos una vez muertos?

Lo cierto es que nacemos sin un manual de instrucciones y nadie sabe la respuesta a estas incógnitas. Pero tal vez el «secreto» se encuentra en dar con un punto de equilibrio entre ambos extremos: liberarnos de las obligaciones que en realidad no lo son, buscar metas que de verdad nos motiven y disfrutar tanto como nos sea posible del camino hacia esos objetivos elegidos y jamás autoimpuestos; pero también dedicarnos tiempo a nosotros mismos, reflexionar sobre todo y sobre nada, hablarle con cariño a la persona del otro lado del espejo, preguntarnos las cosas sabiendo que hoy la respuesta puede ser una y mañana otra muy distinta, respirar, tumbarnos a contar estrellas sin tener ningún objetivo más allá que saborear la vida en todo su esplendor. ¿Acaso hay algo mejor que eso?

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