De la mano de Philip Kitcher podemos apreciar la cuestión de la democratización de la ciencia, una idea según la cual la ciencia debe transformarse a través de la participación, por así decirlo, pública, de tal manera que alcance sus objetivos y sirva a la sociedad. Existe una clara tensión entre la ciencia que se realiza en una sociedad política democrática y los valores que se encuentran en esa misma sociedad. Ante esta problemática, Kitcher se pregunta por el modo en que debe organizarse la investigación científica que se da en la sociedad y, además, de tal forma que responda a todas las preocupaciones y necesidades de los ciudadanos. Como en numerosos de sus trabajos como Science, Truth and Democracy (2001) y Science in a Democratic Society (2011), Kitcher propone un giro hacia el interior de la ciencia. De esta manera, lo que se pretende es ver cómo se ordena y organiza la investigación científica y qué lugar se le otorga a los intereses de los ciudadanos dentro de esa investigación científica. En este sentido, lo que se trata de hacer es ver cómo pueden ser involucradas en, por ejemplo, la creación de una agenda política científica, aquellas personas ajenas a la investigación pero al mismo tiempo son a las que un determinado conocimiento, descubrimiento, etc., científico puede y/o debe responder. La propuesta ante este reto es la de la «ciencia bien ordenada». Esta no solo es un ideal abierto sino que también requiere de una serie de condiciones sin las cuales no podríamos alcanzarla como por ejemplo: que los científicos sepan comunicar de la mejor de las maneras de sus descubrimientos sea a través de los medios de comunicación, las redes sociales o eventos académicos; o que las preferencias de los ciudadanos no puedan enfrentarse o poner en duda a la primera de cambio a aquellas descripciones del mundo natural y social que da la ciencia, es decir, se necesita de «preferencias personales tuteladas». En otras palabras, hay que fiarse de la minoría de expertos, hay que confiar en que estos pueden ser buenos tutores de aquellos que no saben. Dicho esto, la propuesta de Kitcher sufre de una considerable limitación. Esta se encuentra muy claramente expuesta por Rodolfo Kusch mediante un caso muy concreto y particular. Kusch de una interacción que se dio en el pasado entre universitarios y campesinos bolivianos en la cual los primeros tratan de ayudar a los segundos no se consiguió cambiar nada. Los campesinos no entendían a los expertos pues «había un metro de distancia, pero que adquiría una alta significación. Era la distancia de una cultura a otra» (Kusch, 1976: 49). Con estas palabras lo que se quiere decir es que pensar que los productos de la ciencia pueden ser aprehendidos, asimilados, comprendidos, etc., por todos los ciudadanos con el fin de tutelar sus preferencias es caer en un gran error. La «tutela científica» puede ser difícil y, a veces, incluso imposible.

Llama la atención la forma de usar el adjetivo «democrático» como un calificativo que puede utilizarse con sujetos no políticos y, además, con una intención ponderativa o exaltativa; ya que dicha intención puede acarrear una idea formal de «democracia» que, en tanto que por sí misma y apartada de la materia (política), sirve como justificación de la ponderación y exaltación mencionadas con anterioridad. Esto es lo que ocurre con expresiones tales como «arte democrático», «cocina democrática» o, y esta es la que aquí nos interesa, «ciencia democrática». Todas estas expresiones, y muchas otras que podríamos encontrar en numerosos debates o discursos de la actualidad, son superficiales, vacías, vacuas, etc., pues conjeturan una extensión metomínica del adjetivo «democrático», el cual únicamente puede (o, cuando menos, debería) aplicarse a un sujeto, objeto, etc., propio de una categoría política («Estado democrático», «ejército democrático», «partidos políticos democráticos», «elecciones democráticas», etc…). No obstante, bien podría reconocerse que la expresión «ciencia democrática» podría darse en tanto que se pensase como oposición a una «ciencia aristocrática» o una «ciencia oligárquica» pero esto no es así ya que ni siquiera el que sean unos pocos o muchos los que se benefician de las investigaciones científicas es suficiente como para categorizar a la ciencia en términos políticos. Sin embargo, sí podríamos hablar de democracias en las que hay ciencia y en las que no hay ciencia. En este sentido, por ejemplo, en las primeras habría una mayor investigación científica en términos de inversión pública por parte del Estado mientras que en las segundas habría una menor investigación científica debido a la baja inversión pública por parte del Estado. Asimismo, se presenta como pertinente la siguiente problemática: ¿los Estados no democráticos en los que la investigación científica recibe grandes inversiones de dinero público y que benefician a sus poblaciones tienen o se guían por una «ciencia democrática»? Es decir, ¿puede darse la combinación de un país no democrático con una ciencia democrática? Para terminar, generalmente, aquellos modos de utilización del adjetivo «democrático», como los expuestos con anterioridad, como calificativo intencional de determinadas realidades culturales, sociales, científicas, etc., traen consigo la continua confusión entre plano finis operantis, «el objetivo por el que uno realiza un acto, la intención subjetiva de la acción» (Cozzoli, 2008) y el plano del finis operis, el «objeto del acto» (Cozzoli, 2008); y ambos planos no siempre tienen por qué ser convergentes. Es por todo esto que la ciencia no debería ser tildada o adjetivada de «democrática» pero siempre deberá ser defendida y sostenida de tal forma que beneficie al máximo número posible de personas y solo en este sentido podríamos calificar a la ciencia como democrática en tanto en cuanto sirva a los intereses y esté sometida al bienestar de la ciudadanía en su conjunto.

Bibliografía utilizada

Cozzoli, M. (2008): «FINIS OPERIS Y FINIS OPERANTIS», VocTEO. Disponible en: https://

mercaba.org/VocTEO/F/finis_operis_y_finis_operantis.htm [Consulta: 18 de mayo de 2021]

Kusch, R. (1976): Geocultura del hombre americano. Buenos Aires: García Cambeiro.

Bibliografía complementaria

Kitcher, P. (2016): «La Ciencia en la sociedad democrática», Factótum, 16, pp. 1-12.

Foto de portada

https://culturacientifica.com/2014/09/11/ciencia-y-democracia/

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