Los chicos que coleccionaban tebeos de Julián M. Clemente y Helio Mira.

Recuerdo que en mi infancia dividíamos a los niños en dos grupos: los que se pasaban la tarde jugando en la calle, balón para arriba balón para abajo, y los que se quedaban en casa leyendo tebeos. Yo, he de admitir, pertenecía al segundo grupo. No solo es que aprendiera a leer aquellas historias sencillas y repetitivas, de una o dos páginas, donde todo eran golpes y la catástrofe se mascaba hasta llegar a la viñeta final, que con frecuencia se remataba con alguna explosión o con una persecución, es que ese entrañable producto de la cultura popular forma parte de mi educación sentimental. Después de releer una y otra vez esas aventuras y desventuras, copiaba cada uno de los personajes, a veces hasta viñetas enteras, en páginas de un cuaderno. Cuando otros niños soñaban con ser futbolistas o astronautas, el oficio que con el que soñaba ganarme la vida algún día era el de dibujante de tebeos.

Con este dato, es comprensible entender por qué Los chicos que coleccionaban tebeos, escrita al alimón por Julián M. Clemente y Helio Mira, me ha tocado la fibra sensible. Su trama va alternando dos líneas temporales, presente y pasado, y va saltando de una a otra prácticamente a ritmo de DeLorean. El punto de partida son dos hechos que, si puestos en una balanza se compensan en importancia, el nacimiento de un hijo y el estreno de la película de Los Vengadores, nos da una idea de qué es lo que nos vamos a encontrar en las páginas de este libro. La narración principal se desarrolla entre los años 1986 y 1989, etapa de la adolescencia del protagonista, pero, por encima de todas las cosas, momento en el que descubrió el mundo de loa tebeos y de los superhéroes.

A través de sus páginas, esta novela, construida en forma de memorias con tal grado de verosimilitud que, si llega a escribirla una sola persona se podría haber pensado que no era ficción, nos invita a recordar cómo transcurrió la adolescencia para una generación, la de los años ochenta y parte de los noventa, o al menos de una parte de ella, lo que supusieron los tebeos e, incluso, las locuras que se llegaron a hacer para conseguirlos. Uno de los recuerdos que tengo de aquellos años, además de copiar a muchos de esos personajes que en aquel momento ya no formaban parte de Bruguera, es la de peregrinar por los quioscos en busca de los tebeos. Aunque en realidad en mi caso, al vivir en un pueblo, era probar suerte en dos quioscos y, si no llegaba lo que buscabas, te quedabas con las manos vacías. Es por eso que me he sentido tan identificado con los personajes de la novela. Ni en mis mejores sueños habría contemplado la posibilidad, en aquel momento, de que pudiera tener al alcance de la mano una tienda de cómics.

A pesar de compartir una idéntica pasión por el medio, quizá me sienta alejado de los personajes por no compartir los mismos gustos. Los últimos años de la década de los 80 fueron muy importantes para los seguidores de Marvel y de DC en España, que eran publicados respectivamente por Forum y Zinco. Fue la época en la que los lectores descubrieron Watchmen de Alan Moore, Batman: Dark Knight de Frank Miller o la Patrulla-X de Chris Claremont y John Byrne, entre otras muchas joyas clásicas. Pero también era la época en la que Bruguera estaba dando sus últimos coletazos, en la que se produjo el salto a Ediciones B, con un intento por reavivar el interés del público infantil y juvenil probando nuevas fórmulas distintas a las caducos y encorsetados caminos anteriores. Lo que entonces conocí de superhéroes no llegó a fascinarme tanto como a los personajes de la novela, nunca me sentí más atraído por Supermán que por Superlópez o que por Batman en lugar de Pafman. Sin embargo, siempre respeté el género, algo que en ocasiones no ocurría al contrario, como si los Mortadelos o los Zipi y Zape fueran personajes infantiles o inmaduras.

Ahora bien, dejando esta cuestión a un lado, tal vez sea pasión de un enamorado del género, pero comparto la visión de los autores de que los cómics, realmente como cualquier otro tipo de literatura, al final acaban siendo un reflejo de la vida. Así, por ejemplo, el romance platónico de uno de los chavales coincide con el amorío y el posterior casamiento entre Peter Parker y Mary Jane. En varios momentos de la novela, se recuerda la famosa de Jack Kirby, «los cómics te romperán el corazón». Si acaso, para desmentirla. Porque más allá de romper el corazón, los cómics suponen para los personajes una puerta para la amistad, para convertir una edad complicada, la adolescencia, en algo digno de recordar, a la que volver incluso desde la nostalgia. Compartir la emoción de ls búsqueda y el placer de la lectura une mucho. Y no puedo estar más de acuerdo con el narrador cuando sentencia, dándole la vuelta a la frase de Kirby: «En aquellos años, los tebeos nos salvaron la vida».

No es necesario pertenecer a la misma generación que los personajes y ni siquiera hace falta tener gustos comunes para sentirse en comunión con esta historia. Por encima de épocas y acontecimientos concretos, por encima incluso de la temática de superhéroes y del fandom, lo que destaca en esta novela es el profundo y apasionado amor hacia el coleccionismo. Y, al fin y al cabo, poco importa el objeto de nuestros deseos, ya sea un cómic de superhéroes o una primera edición de Lorca, porque el destino de estos es el nuestro, ya que sin ellos no existiríamos como seres verdaderamente humanos. En este sentido, Grant Morrison asegura en Supergods. Héroes, mitos e historias del cómic, que «las historias de superhéroes se destilan en los niveles supuestamente más bajos de nuestra cultura, pero, al igual que la base de un holograma, contienen en su interior todos los sueños y miedos de generaciones enteras, en forma de intensas miniaturas. […] Nos dicen dónde hemos estado, qué temimos y qué deseamos, y hoy en día son más populares y están más generalizadas que nunca, pues siguen hablándonos de lo que de verdad queremos ser».

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