No todo era seriedad.

Corsés, faldones gigantescos, vestidos extravagantes, sombreros de copa, fracs y monóculos. La aristocracia tomando el té en amplios salones decorados con primor; la sociedad gobernada bajo una moral estricta y conservadora. Elementos que en seguida relacionamos con la Inglaterra victoriana, una época de auge cultural en las islas británicas, entre tanto que el imperio de ultramar alcanzaba su máxima expansión.

Pero ya sabemos que tanta opulencia albergaba una triste realidad para las clases más desfavorecidas —y a veces, no tan desfavorecidas—. Veamos algunos curiosos, lúgubres (y a nuestro juicio actual, absurdos) detalles de esta época.

No se podía entrar a un comercio sin intención real de comprar nada. Mucho menos de preguntar precios o regatear. Este acto era visto como típico de una persona envidiosa. A ningún tendero se le recriminaba si vetaba la entrada a aquellos clientes que tan solo venían a «fisgar».

Un difunto podía esperar su entierro en casa durante semanas. La clase trabajadora solo tenía permitido ausentarse de sus puestos los domingos, por ende, era el único día para celebrar funerales. Vicisitudes de la vida, solía darse la casualidad de que la familia no tuviera dinero para costearse una ceremonia imprevista. Así, no tocaba más remedio que guardar el cadáver en casa hasta haber ahorrado lo suficiente como para pagar la sepultura.

Fotografía post mortem.

Respecto a las costumbres mortuorias, era habitual, entre quién podía permitírselo, tomar una foto con la familia rodeando al fallecido. Pero no con el cuerpo en el féretro, sino sentado con ellos, como uno más. Solían utilizarse pinzas o esparadrapos para aguantarles los ojos abiertos, pero aun así las imágenes que han llegado hasta nuestros tiempos resultan perturbadoras. Más, si tenemos en cuenta que para tomar una foto por aquel entonces, era necesario mantenerse en la misma postura durante cuatro horas.

La mortalidad, sobre todo infantil (alrededor de la mitad de los niños morían antes de cumplir cinco años), era elevadísima. Vivir en los suburbios de Londres era una trampa mortal. El río Tamesis, principal fuente de agua, estaba tan contaminado que emanaba vapores tóxicos, y tan repleto de desechos industriales y humanos que podría cruzarse a pie de orilla a orilla. Londres amanecía cada mañana envuelta en un espeso humo verdoso, mezcla de las miasmas del río y de la contaminación de las fábricas, al que los lugareños pusieron el cariñoso mote de pea soup, sopa de guisantes.

No solo la insalubridad ayudó a engrosar las necrológicas. Panaderos sin escrúpulos sazonaban hogazas ya enmohecidas con yeso para ocultarlo. Para conseguir un producto más pesado y de miga blanquecina, solía mezclarse la masa con alumbre. Los carniceros tampoco eran demasiado profesionales, acostumbrando a rehogar piezas en mal estado en grasa de carne fresca para disimular el estado de descomposición. Una receta ideal para contraer cólera, tifus o disentería. La pasteurización de los lácteos aún estaba por descubrirse, así que para sanearla los científicos de la época creyeron buena idea mezclarla con ácido bórico en polvo. Esta precariedad no era exclusiva de Londres, como anotó Friedich Engels en una visita a Manchester, por aquel entonces un campo de tugurios de casas para pobres, donde familias enteras vivían hacinadas en una habitación. El filósofo salió de allí señalando a esos barrios como «el infierno en la tierra».

Tal proliferación de decesos ayudó a alimentar a un oficio incipiente. Los resucitadores, un gremio de salteadores de tumbas. El incremento de estudiantes de medicina en las universidades causó un déficit de cadáveres disponibles para la enseñanza. No había suficiente stock solo con los cuerpos de reos condenados a muerte y mendigos. Los resucitadores se encargaron de que los futuros cirujanos siempre tuvieran fiambre sobre la camilla a base de saquear cementerios con nocturnidad y alevosía.

Las mujeres de alta alcurnia también pasaban por sus particulares penurias. Los cánones de belleza exigían una cintura a cuanto más esbelta mejor. Los corpiños ayudaban a definir una figura estilizada, pero no era tan sencillo entrar en ellos. Si un evento se alargaba, era habitual que alguna jovenzuela cayera desmayada, asfixiada por vestir un corsé demasiado constreñido. Para aquellas que quisieran adelgazar, los médicos recetaban infectarse con la solitaria; incluso se llegaron a distribuir píldoras con huevos de tenia. La alta tasa de hospitalización femenina llevó a la conclusión de que ingerir parásitos no era el mejor método para conservar la línea.

La pastelería también tuvo su momento de esplendor. Se pusieron de moda las tartas de boda.

También se requerían rostros níveos y carentes de impurezas. Una tez oscurecida era propia de la clase baja, así como las pecas, que no tenían mejor consideración que el acné facial. Pero el maquillaje estaba visto como algo indecoroso, más propio de prostitutas y concubinas. Así que para blanquearse la cara, se tendía a hacer lavados regulares con amoníaco, óxido de zinc o mercurio; y para eliminar impurezas y manchas se comercializaron jabones, cremas y obleas de arsénico. Presuntamente comestibles, claro. Ni que decir que estos productos causaban graves enfermedades a las usuarias, e incluso la muerte

Para mantener esta palidez en la piel, no solo se aplicaban tratamientos tóxicos en ella. Se pensaba que el color de la sangre también influenciaba este aspecto, así que para depurarla se ingería vinagre (existía la creencia de que tomarlo en cantidades abundantes mataba a los glóbulos rojos). Una costumbre no demasiado perjudicial comparada con otros métodos, como enjuagarse la boca con alumbre o tiza para blanquear los dientes. Pero sin duda desagradable.

Por supuesto, el puritanismo y rectitud de la época no eran más que fachada. Los fumaderos de opio brotaron como hongos y había más burdeles que escuelas. La prostitución estaba vista como algo deleznable, pero solo si salía a la luz. Para mujeres solteras, e incluso matrimonios, suponía un ingreso extra. Y no solo era la mujer quien se prostituía, muchas veces ofrecida a los clientes por su marido mismo. Alquilar a las hijas para vender su virginidad a quien pudiera pagarlas proporcionaba unas suculentas 5£. Suficientes para cubrir el examen médico falseado que acreditaría la virginidad la joven para cuando llegara la hora de casarse, y poder cenar unos cuantos días.

Acrecentado por la obsesión social con la muerte, el ocultismo experimentó un auge enmascarado bajo el cristianismo anglicano. No solo los espectáculos de magos itinerantes alcanzaron gran popularidad. Ouija, tarot, santería, y variedad de rituales, se llevaban a cabo al amparo de sociedades secretas y pequeñas trastiendas. A finales del siglo XIX, la médium Madame Blavatsky, con su Sociedad Teosófica; o el místico Aleisteir Crowley con su Ley de Thelema, lograron una influencia considerable.

En las mesas de la nobleza cundió la costumbre de ofrecer manjares exóticos, importados de la feroz colonización. Y a más extravagantes, mayor reputación obtenía el anfitrión: sopas de tortuga, gelatinas de cartílago de ballena, slink meat (carne de fetos de vaca), helado de foie gras…

Se dice que Charles Darwin era adicto a probar platos foráneos. Tal vez esta costumbre fue la que le llevó a las Galápagos, esperando comer el mejor estofado de tortuga del mundo, y acabó por escribir el archiconocido Origen de las especies.

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