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Si el propósito del arte es desafiar a sus espectadores, hacer una declaración o alterar la percepción del mundo, ¿entonces por qué no va a considerarse arte un tatuaje? Basta con echarle un vistazo a trabajos como los que se realizan en estudios de tatuajes como Los Santos Tatto, en Sevilla, para salir de toda duda. Para Cristian Petru Panaite, conservador de la Sociedad Histórica de Nueva York, la respuesta es todavía más simple: si un tatuaje está hecho con la intención de que sea arte, entonces lo será. Quizá habría que empezar haciéndose la pregunta, mucho más antigua, de qué es el arte. Pero de lo que no cabe duda es de que a medida que se ha ido desvaneciendo el estigma que rodea a los tatuajes y los artistas han ido experimentando con este medio, estos se han ido consolidando como una forma de arte, cuyos amantes lo coleccionan sobre su piel de la misma manera que otro tipo de coleccionista acumularía lienzos y esculturas de los artistas que ama.

En noviembre de 2015 la excéntrica casa de subastas Guernsey’s ofreció una colección de 1.500 imágenes de algunos de los tatuadores más destacados del mundo por precios que iban desde los 50 hasta los 50.000 dólares. Ese mismo año, el Museo de Bellas Artes de Virginia en Richmond organizó una exposición itinerante que presentaba fotografías de tamaño natural del arte del tatuaje tradicional japonés hechas por el fotógrafo Kip Fulbeck. En muchos sentidos, los tatuajes no llegan a encajar bien en el modelo de mercado del mundo del arte, que se basa en comprar, vender y exhibir obras; sin embargo, cada vez más instituciones artísticas reconocen la importancia de tener en cuenta una forma de expresión que alguna vez fue subversiva.

El crítico de arte del New York Times, Michael Kimmelman, argumentó en 1995 que los tatuajes eran muy interesantes para el mundo del arte debido a su condición de «rareza», equiparándolos con el arte autodidacta o con el que está hecho en cárceles o es producto de los desordenes mentales. Esto, lejos de ser un menosprecio, es una reacción natural, ya que cualquier forma de arte emergente es poco aceptada en sus comienzos. Ocurrió, por ejemplo, con la impresión en madera, que por cierto es una influencia clave en el tatuaje japonés. Durante mucho tiempo no se consideró algo digno de un museo y ahora son un tipo de obras plenamente integradas en las colecciones de los museos.

Pero la cuestión no es si los tatuajes son dignos de museos. Desde un punto de vista puramente pragmático, los tatuajes no son obras que se puedan poner en un marco o dentro de una caja, sino que más bien estarían en la línea de las performances, que desde que nacieron se resistieron al modelo de comercialización y de exposición en museos.

Muchos artistas, como el maestro japonés Horiyoshi III, creen que los dibujos solo pueden cobrar vida en la piel. Para el artista multidisciplinario Bruno Levy el tatuaje es una de las formas de arte más puras, libre de las convenciones del mundo del arte moderno y ajena al mercado o a coleccionistas que quieran almacenarlas en un sótano o que la cambien de sitio cuando decidan que no combina con el sofá. Es, en definitiva, un arte que anda por el mundo con alguien mientras vive. Es por eso que facsímiles como fotografías o dibujos se acercan al tatuaje original, pero nunca logran capturar la naturaleza de los diseños ni las historias que sí se perciben a través de la tinta.

Es comprensible, por eso mismo, que haya artistas del tatuaje que sienten que su trabajo no se parece en nada a las piezas que generalmente nos podemos encontrar en museos y galerías. Una vez que el tatuador termina su obra, su arte sale por la puerta, no ya perteneciendo solo a otra persona, sino formando parte de ella, lo que entra en conflicto con la tendencia del mundo de arte a asociar una obra con su autor, en lugar de con su dueño.

En los últimos años hemos visto cómo el mundo del arte ha abierto sus puertas a otra forma que estaba estigmatizada: el arte callejero. Una muestra de grafitis de 2011 en el Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles fue la exposición más concurrida en la historia del museo, quizá una clara señal del interés del público por este arte no convencional. Lo mismo parece estar sucediendo con los tatuajes. Llevar una forma de arte íntima y personal, como los tatuajes, a museos, galerías y subastas le da a esta forma de expresión una nueva legitimidad institucional. Aunque haya costado, el mundo del arte está comenzando a comprender el valor especial que tienen los tatuajes como objetos estéticos. Más que hermosos diseños, son recordatorios de las historias únicas que se pueden contar en la piel humana.

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