Construir ciudades de bajo impacto ambiental es uno de los mayores retos de este siglo. Más de la mitad de la población mundial vive en ciudades, y en España la cifra supera el 90 %. En ciudades-estado como Singapur, la práctica totalidad de la población es urbana. Es en estos entornos faltos de espacio donde se observan las soluciones más creativas a la hora de crear espacios para vivir. Ah, sí, y son muchísimo más sostenibles que la alternativa de vivir ‘en el suelo’.

Cuando se piensa en ciudades se tiende a pensar en entornos altamente contaminados, angostos, repletos de asfalto y no particularmente amigables. Es normal, llevan varios siglos construyéndose así. Pero no es el caso de The Interlace, un complejo de edificios apilados en el barrio de Queenstown (Singapur). Apilados es la palabra correcta, como puede verse en las imágenes. Treinta y un bloques de seis plantas ocupan 170 000 m² y pero tienen 1040 viviendas.

Con solo 43 ascensores, un municipio equivalente de viviendas bajas que den salida al mismo número de vecinos se extendería a lo largo de varias hectáreas de terreno y necesitaría muchos kilómetros de calles o carreteras. De hecho, uno de los objetivos del proyecto fue reducir la necesidad de poseer vehículo para moverse por el ‘pueblo vertical’, cambiando el uso de vehículos por el de un ascensor.

En España hay más de seis mil de municipios con menos de 5000 habitantes que alojan aproximadamente al 10 % de la población, pero cuya suma combinada de ocupación del suelo supera con creces la que ocupa el grueso de la población restante. Cuanto más pequeño es el municipio, más espacio ocupa cada persona. Esto supone todo tipo de problemas ambientales, energéticos, de recursos, económicos e incluso sociales.

Tradicionalmente, al aislamiento social derivado de los municipios pequeños se han propuesto entornos de densidad intermedia o alta, o bien un aislamiento vertical en el que los vecinos no se conocen unos a otros. The Interlace sustituye este aislamiento vertical por una integración horizontal, sumando elementos como que no todos los residentes proceden de entornos similares. En cada bloque hay viviendas pequeñas y gigantescas, fomentando la heterogeneidad.

Al residir en altura y usar unos edificios para elevar otros, este pueblo o vecindario vertical cuenta con un enorme área verde a su alrededor, así como una equipación en sercicios que no podrían darse de forma sostenible (ecológica o económica) de no trabajar en altura. Piscinas, gimnasios, pistas deportivas varias, salas de karaoke o parques para todas las edades.

Este tipo de urbanismo es notablemente urbano así como notablemente rural. Por un lado incluye todas las comodidades y cercanía a servicios que tienen las grandes ciudades, así como los espacios comunes, las actividades sociales y las plazas públicas. Al tiempo, la evidente presencia de naturaleza y la proximidad total a la misma —todo el complejo está literalmente rodeado de vegetación, y repleto por dentro— las relacionamos con lo rural.

Llama mucho la atención ver cómo The Interlace resuelve tanto la necesidad de espacio personal e individual como la proliferación de espacios compartidos en los que hacer vida social. Y todo con un impacto ambiental extaordinariamente bajo en el que se aprovechan técnicas de arquitectura bioclimática y una forma interesante de maximizar el uso de la luz solar y natural. Las grandes terrazas ajardinadas son un punto de apoyo para la biodiversidad local.

En 2015 fue nombrado Mejor Edificio del Mundo por el World Architecture Festival. No es de extrañar. Quienes viven aquí destacan la calidad de vida, la el poco ruido de tráfico y lo conveniente que resulta usar un ascensor en lugar de tener que usar el coche para todo. ¿Os imagináis que muchos municipios pequeños optasen por este urbanismo?

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