En el libro tercero de ‘La Metamorfosis’, Ovidio narra el mito romántico entre Eco, una ninfa, y Narciso, un cazador. La pieza adquiere un matiz trágico. No sólo por tratarse de un amor imposible, sino porque más allá de su imposibilidad, el lector accede a una visión del amor poco habitual: El amor como una cadena. Una cadena inefablemente bella, pero una cadena al fin y al cabo. El subtexto de este mito es profundo, casi insondable cual cosmovisión y susceptible de albergar diferentes prismas del ser humano.

¿Qué relación puede existir entre las colonias españolas (o de cualquier imperio) y la narración de Ovidio? Traspasando los límites del relato, ¿dónde podemos encontrar la figura de Narciso y su correspondiente Eco? ¿Es el Estado el máximo exponente de Narciso y la burguesía la materialización de una Eco perdida en las distorsiones de su amargura?

Sus recursos simbólicos, la historia de vida de cada uno de los protagonistas, la cruel insistencia del deseo irrealizable que encadena para siempre al hombre para apartarlo de su propia conciencia de sí mismo. Todos estos elementos proporcionan grandes posibilidades de interpretación y un poso de riqueza cultural que aún sigue sirviendo de inspiración a los artistas contemporáneos pero, también, como recurso de estudio y análisis para diferentes disciplinas como el psicoanálisis o la psicología.

Ambos son personajes condenados. Eco, una hermosa ninfa, que fue castigada por la diosa Hera a quedarse sin voz y que solo podría repetir las últimas palabras que su interlocutor pronunciase. Como un fantasma, Eco se convirtió en un ser condenado a vagar por el mundo sin posibilidad de manifestar su identidad y a evocar y fortalecer la del resto de seres humanos. Un castigo desproporcionado, si tenemos en cuenta que todo lo que hizo la ninfa fue encubrir las aventuras amorosas de Zeus. No obstante, Zeus era un dios y la venganza de la Diosa Hera fue de épicas proporciones.

Narciso, por su parte, era un cazador que desde que vino al mundo deslumbró al resto de sus congéneres por encarnar el ideal de belleza. De piel tersa, proporciones armónicas y cabellos de ángel se convirtió en el objeto de deseo de muchos. No obstante, su arrogancia le alejó de corresponder cualquier amor y, precisamente por ello, Némesis, la diosa de la justicia, le maldijo dándole a probar su propia medicina: Estaría condenado a amar de por vida a alguien que jamás podría corresponderle: Su propio reflejo.

Eco no pudo soportar el nivel de aislamiento al que quedó relegada por toda la eternidad. El sufrimiento que tal circunstancia la llevó a recluirse en una cueva y, poco a poco, se fue consumiendo en su amargura. Su piel comenzó a desintegrarse y sus huesos quedaron ocultos en las profundidades de la tierra. Aquella hermosa ninfa había ido perdiendo su identidad hasta el punto de quedar reducida en una voz lejana, distorsionada por su propia amargura. Y, fue entonces, cuando Narciso apareció. El cazador se asomó a un lago para beber agua y calmar su sed. En ese momento pudo ver su rostro reflejado en la superficie y, por primera vez, se enamoró locamente.

Al mismo tiempo, con la presencia del cazador, Eco descubrió que no estaba sola y al contemplarlo, también cayó presa del deseo. Trató de comunicarse con él, pero no era más que una triste voz incapaz de expresar más que las últimas palabras del cazador. “¡Eres hermoso, mi amor!”, le dijo él a la imagen que revelaba el agua y que no era más que un reflejo de sí mismo. Eco, involuntariamente, repitió: “¡Mi amor, mi amor, mi amor!”. En ese momento se hizo aún más doloroso para ella el hecho de que el lenguaje se había convertido en un cruel e infinito vacío que le separaba de su amado.

Sin embargo, aquellas réplicas llegaron al corazón de Narciso, le parecieron la evidencia de que aquel reflejo correspondía sus sentimientos y tratando de romper la distancia que los separaba se lanzó al lago para reencontrarse con su amado. Lamentablemente, no logró encontrar a tal hombre y el cazador se ahogó y murió presa de su propia vanidad. Cuenta la leyenda que en ese mismo lugar y poco después de su muerte, nació a las orillas del lago una flor de belleza indescriptible, la misma que hoy lleva su nombre.

En el mito de Narciso y Eco podemos encontrar un marco simbólico abierto: En el relato, podemos encontrar a través de Narciso una fiel representación de la vanidad, del egoísmo, de la presunción. Pero de la mano de Eco, también una representación del amor incondicional o la entrega absoluta. En ambos casos, el resultado es similar: La desconexión del mundo, la desconexión, en el primer caso, del resto de seres humanos y, en el segundo, de uno mismo.

El relato de Ovidio bien puede hablarnos del colonialismo (de hecho, dicha interpretación fue la base de “Illusions Vol. I. Narcissus and Echo”, una obra de una artista portuguesa contemporánea llamada Grada Kilomba).

El colonialismo atiende a la pura necesidad de dominación y responde a la vanidad de una nación que no puede dejar de mirarse a sí misma y que, en las voces de las naciones o comunidades asediadas tan sólo es capaz de encontrar más motivos para regodearse en su propio narcisismo. A la vez, el colonialismo plantea un escenario en el que las comunidades asediadas y violentadas, de repente son condenadas a perder su identidad irremisiblemente y ver como todo cuanto lograron construir queda reducido a un eco que no puede más que reafirmar la supremacía del colono.

Probablemente, la figura de Narciso sea la que, en cierto modo, define el núcleo del universo humano. El Estado, probablemente sea un buen exponente del narcisismo y la burguesía un lamentable exponente de una Eco marchita, perdida en la tela de araña que teje el Estado.

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