Los libros son objetos cotidianos, probablemente de los objetos más familiares a nuestro alrededor. Son objetos culturales relativamente accesibles, y tienen cualidades positivas innatas. Su olor y textura es agradable. Natural. Es por ello que podemos cometer el error de ignorar su huella ambiental. Como cualquier otro objeto humano, publicar un libro tiene cierto impacto en el medio ambiente, una cantidad que difiere de forma notable según la forma en que haya sido impreso.

Según la Asociación Española de Fabricantes de Pasta, Papel y Cartón (Aspapel), imprimir un libro de tapa dura de unas 300 páginas libera cerca de 1,2 kgCO2. Por descontado, si ese mismo libro tiene tapas blandas, las emisiones bajarán. También bajarán si se usa una letra más pequeña o se pasa a un libro de bolsillo, y subirán de forma notable si se hace la operación inversa o si se introducen ilustraciones.

El mismo libro, impreso en un gramaje de más densidad, contaminará bastante más. También contamina más un libro a color que uno en blanco y negro, o uno que blanquee las páginas con respecto a otro en que esta operación no se lleve a cabo. El satinado también aporta un impacto importante, como también lo hace incluir marcapáginas o cubierta. Plastificar el libro vuelve a sumar emisiones, y enviarlo en una caja hace lo propio.

Otro de los impactos más evidentes de los libros es su transporte. El peso medio de un libro ronda los 880 gramos, y dado que suelen enviarse en camiones o furgonetas, las emisiones asociadas a transportarlo cada kilómetro suponen unos 80 gramos por cada 1000 kilómetros (de forma aproximada). Enviarlo entren divide este impacto a un cuarto, y hacerlo en avión lo multiplica por diez.

Cuanto menos viaje un libro, menos impacto tendrá, aunque hay excepciones. Un libro de biblioteca pública, que puede llegar a viajar bastante por las diferentes bibliotecas de la red a medida que se reserve en otras ciudades, puede tener una huella de movilidad alta pero ayudar a repartir el impacto de fabricarlo (que por lo general es más alto que un único envío). Del mismo modo, un libro compartido entre personas cercanas tendrá un impacto bastante bajo.

El mismo libro, revendido varias veces por páginas de segunda mano y enviado largas distancias en su propio embalaje, puede multiplicar varias veces su impacto en movilidad, pero rara vez contaminará tanto como imprimir el libro varias veces. En líneas generales, reutilizar libros es aconsejable, especialmente libros de texto que son grandes, de gramaje más bien alto, blanqueados y a color.

Además de estos impactos, los libros impresos tienen otro: su destrucción, a menudo sin haber sido leídos una sola vez. Por la forma en que funciona el mundo editorial offline, es necesario imprimir, trasladar y exhibir entre varios cientos y varios miles de libros en cada edición. Pero, ¿qué pasa si no se leen? En este caso, las librerías hacen uso de la política de devolución. Los libros vuelven al editor, que los almacena y, si no puede darles salida, se los revende al fabricante, quien tiene la posibilidad de destruirlos (aumentando el impacto) para obtener pasta de papel.

Esta es la mejor salida que pueden tener los libros, aunque no es la más frecuente. Otra salida es la llamada ‘revalorización energética’. Básicamente, los libros se incineran para obtener energía. En función del país, es más o menos común, aunque es sin duda la más contaminante. Reciclar, al menos, evita algunas emisiones en la fabricación del siguiente libro. Aunque no deja de ser absurdo imprimir un libro si no hay lectores esperándolo.

Una forma de reducir el impacto ambiental del libro en papel es la impresión bajo demanda. De esta forma se fabrica lo que va a leerse, no lo que se espera vender. Por lo general, esta última cifra es entre tres y cinco veces más grande que la primera. La mayoría de los libros que se imprimen no se leen, y son destruidos meses o años después.

Imágenes | Patrick Hendry

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