Era 1958. Jack Kerouac tenía treinta y seis años cuando conoció a Lois, quien había cumplido veintitrés. Meditaba bajo un árbol en su jardín cuando la vio aparecer frente a sus ojos. No la esperaba. No tenía pensado siquiera que ella fuera una tímida admiradora rendida ante la magnífica prosa de su novela recién publicada Los Subterraneos, ni que en un arrebato propio de los intrépidos hubiera decidido subirse a su coche y atravesar todo el país, desde California hasta Long Island, solo para poder decirle que estaba enamorada de él.

Fue una relación intermitente a través de los años, cuyo refugio fue un apartamento en Greenwich Village, Nueva York, un lugar alejado del mundo, donde pasaron los días bebiendo vino, bailando y haciendo el amor. Se leyeron libros, asistieron a recitales de poesía y llevaron una vida que a otros hubiera dejado sin aliento. Cada vez que Jack tenía que dejarla, le escribía una nota. Vivieron un romance particular, un romance migratorio, de altas y bajas.

Tiempo después, la madre de Lois murió. Ella, sumida en una terrible depresión, decidió mudarse a vivir con su padre.

Jack apareció en su puerta una noche. Se hallaba de gira y ya era un escritor famoso, pero no dudó en suspender su agenda ni bien recibió la carta de Lois contándole sobre la muerte de su madre. Jack tomó un largo vuelo, y caminó ocho kilómetros desde el otro lado de la ciudad con una enorme grabadora de carrete cargada a la espalda, en la que llevaba una vieja canción para tratar de levantar el ánimo de aquella mujer que tanto lo amaba.

Ya en aquellos días en Greenwich, Lois había sentido el dolor profundo que embargaba a Jack. También su belleza y su conocimiento. Jack era un ser en cuyo interior cohabitaba la ternura y la perturbación. Un ser salvajemente hermoso. A medida que su fama aumentó, también lo hizo la bebida. Su conducta autodestructiva era incontenible. Ni siquiera el amor podía salvarlo.

«No he bebido hoy, me siento bien… Quizá voy a vivir. Quiero decir, el licor me lastra. El infierno es uno mismo, soñé eso anoche, las palabras YO SOY EL FUEGO», escribió Jack.

Tres años antes, Gabriel García Márquez lograba, citando sus propias palabras, cumplir uno de los sueños de su vida: sentarse a escribir sin que nadie lo jodiera. Inmerso en su sueño, tanto por vocación como por el escaso dinero en sus bolsillos, eran pocas las veces que se aventuraba a ir más allá de su habitación. «¿Una mujer recitando poesía?», le dijo al portugués que lo animó a ir al recital de la poeta Tachia Quintanar. «Vaya usted, yo lo espero en el Mabillón».

Con lo que Gabriel no contaba era que Tachia aparecería junto al portugués en el café. Tampoco que se enamoraría perdidamente de ella. Un pobre hombre en la ciudad luz, escribiendo día a día la historia de un viejo coronel esperando buenas nuevas. Las dudas de Tachia quedaban de lado cuando la ternura de Gabriel afloraba. Toda la pretensión intelectual, la arrogancia y ese compartimiento niñato que mostraba ante los demás, quedaba relegado ante palabras finas y mucha belleza. «Qué maravilla de crepúsculo», dijo Tachia una tarde. «Se lo regalo», respondió él.

Pero lo que al principio fue el fuego que los hizo arder se convirtió en un sofocante obstáculo para la vida que Tachia consideraba real. Gabriel no quería hacer otra cosa más que escribir, mientras ella trataba de ganarse la vida como podía. «No puedes vivir así. Tienes que hacer algo», le dijo Tachia un día. Pero García Márquez no sabía hacer otra cosa más que escribir y ella reía, como quien ríe del iluso y del necio.

A pesar de la devoción que Gabriel le demostró en el breve tiempo que estuvieron juntos, ella decidió marcharse. Gabriel la despidió en la estación. Fue una despedida cargada de todos esos detalles que lo sobrecogían en las películas que veía en el cine, pero fue algo bello: el impulso necesario para terminar sus primeras novelas.

La misma angustia de aquel viejo coronel que retrataba García Márquez la sufrió Franz Kafka en carne propia cuando las misivas de su querida Milena no parecían llegar. En la década de los 20, por espacio de dos años, ambos se encargaron de alimentar un amor epistolar intenso, que inició cuando ella se atrevió a escribirle, impresionada por su obra, pidiendo permiso para traducir su obra al checo; y que devino, carta tras carta, en una serie de confesiones que empezaron a desnudarlos mutuamente, mientras el temor inicial de los escritos era reemplazado por una honestidad y pureza que iba más allá de una simple relación entre un escritor y su traductora. «Algo tenemos en común, Milena, según creo: somos tan tímidos y tan temerosos que cada carta es distinta, casi todas las cartas se asustan de la anterior y aún más de la respuesta», escribe él, y a partir de entonces pone de manifiesto el amor que siente por ella como el temor que lo invade ante la idea de amarla. Es viejo, es judío, es pobre, y todo ello lo percibe como una condena ante el fuego que Milena representa.

Solo dos veces pudieron encontrarse en persona: un día en Gmünd y cuatro en Viena, en los que apenas si pudieron poner de manifiesto todo el fuego contenido en sus letras. Tan efímero su encuentro que ella no duda en escribirle luego: «Advierto que no consigo recordar su rostro en detalle. Sólo recuerdo cómo se alejaba entre las mesitas del café; su figura, su vestido todavía los veo». Kafka le sugiere que se escriban todos los días. Se siente un privilegiado; un hombre cuya fortuna va más allá que la fortuna de la humanidad que la rodea; un virtuoso que tiene el placer de abrir diariamente tres cartas de puño y letra de una mujer maravillosa, de un soporte emocional para su vida sumida en la honda depresión de una realidad tísica y llena de fracasos.

La enfermedad finalmente le hace perder la fe: «Es posible que mis escritos no valgan nada, pero entonces es seguro e indudable que yo mismo no valgo nada en absoluto». Kafka moriría pensando en el fracaso. Pero Milena lo mantenía vivo, creyendo sinceramente en que el breve paso por la tierra de aquel hombre que había amado retumbaría por el resto de los años. «No tiene el más pequeño refugio  o la más pequeña cobertura. Es como un hombre desnudo entre gente vestida. Pero ni siquiera dice y vive en la verdad. Es un modo de ser en y para sí mismo, exento de todos los añadidos que podrían ayudarle a perfilar su vida en la belleza o en la miseria, poco importaría».

El amor a Kafka insuflaría en Milena una vena heroica. Aquella que la llevaría a dedicarse al periodismo, y a oponerse al antisemitismo reinante en Europa, a no dejar de lado a sus amigos judíos, a morir con ellos dentro de un campo de concentración en la Alemania Nazi.

Las letras resultan a menudo un refugio para el romance. Lo sabía Kafka y Milena, como también Julio Cortázar y Aurora Bernárdez, la mujer que más influyera en su vida, la compañera en aquel pavillon parisino donde él gestaría Rayuela y Todos los fuegos el fuego, y la cómplice de su renuncia a la plaza vitalicia como traductor en la UNESCO para dedicarse a la literatura sin ataduras. Lo sabe también Jonathan Franzen, quien se casó muy joven con una novia de la universidad y que decidió junto a ella dedicarse a escribir la gran novela -el sueño de opio de todo escritor- y alcanzar la fama; delirio que los llevó a alquilar un departamento barato en las afueras de Boston y a disciplinarse en una dieta invariable de pollo y arroz congelado, para no alterar las mañanas creativas en las que ambos escribían lado a lado, sin parar, y sus tardes de lectura, en las que recurrían a sus luminarias literarias para encontrar el camino a la opera prima que tanto anhelaban.

Tanto Julio como Jonathan alcanzaron el pequeño cielo de los que logran heredarle a una generación una obra maestra, y alcanzaron la fama soñada. A pesar el viento en contra, disfrutaron de una cuota de amor que destiló literatura. Pero tuvieron tarde o temprano que renunciar a esa pareja que, se suponía, los acompañaría hasta el fin de la marcha. El amor, a diferencia de la literatura, se escribe en presente continuo, y no se sostiene por cuenta propia. Julio se separó de Aurora, se encerró en una isla, se volcó a la política. Fue un paso que ella decidió no acompañar. Esa «pareja amorosa que sabía como nadie enriquecer su complicidad», terminó a la deriva. Franzen, por su lado, reconoce el error de haberse aventurado tan joven en el compromiso, el daño que les hizo alejarse de todo y la forma en que él y su esposa terminaron hiriéndose hasta hacer insoportable la convivencia. Pero como bien lo escribe en Más Afuera: «el amor duele, pero no mata». Franzen hizo el viaje inverso que Lois hiciera buscando a Kerouac y ancló en California, en la ciudad de Santa Cruz, de la mano de un nuevo amor, Kathryn Chetkovich. No es un amor perfecto –qué iluso suponerlo-, y bastaría con leer ese estupendo relato “Envidia” que Kathryn publicó en la revista Granta, para comprender de qué está hecho un amor que lleva ya más de diez años.

Julio, en cambio, no cayó en lo competitivo sino en lo sublime. A finales de los 70, buscó por última vez a Aurora para pedirle el divorcio y así poder emprender el viaje de ensueño –el último en su vida- al lado de Carolina Dunlop: joven, hermosa, intensa. Un amor que llenó a Cortázar de una vitalidad como nunca antes habría sentido, y que sin embargo, no pudo sostenerse debido a la tragedia. Carol murió y Cortázar, desolado, se fue dos años después con ella.

Lois y Kerouac dejaron de ser amantes. De aquel gesto de ternura que él hiciera aquella noche, no quedaba ya sino un sabor agridulce, pues la fama y la bebida habían consumido todo lo que Jack pudo llegar a ser, y con ello, todo lo que pudo llegar a amar. A pesar de todo, Lois nunca olvidó a Jack. Decidió incluso perpetuar su magnífico gesto en un hermoso poema cuyo título me duele traducir. Universe-one song, es el testimonio vivo de que en fondo del caos que impera dentro las almas conflictivas de los grandes creadores de mundos ficticios, hay una luz pugnando por salir, no para quedarse reposando sobre una hoja en blanco, sino para ser un elemento activo, una fuerza renovadora, creadora de todo cuanto vale en esta vida. El amor, lo sabemos todos, es el único camino para salvarnos del tormento, y es un tormento en sí mismo. Pero solo al abrazarlo es que sabemos que la vida tiene un sabor tragicómico, y que sin embargo vale la pena correr el riesgo, porque es fértil y saca lo mejor de nosotros, sin límites ni fronteras, sea en París, en Nueva York o en California, o en cualquier lugar desde donde nos toque escribir nuestra propia historia.

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