Monasterio de Santo Domingo de Silos (Fuente).

El monasterio de Santo Domingo de Silos en Burgos, siglo XI, alberga en su interior, no solo el famoso ciprés al que Gerardo Diego dedicara uno de sus poemas allá por 1924, tras una corta estancia del poeta en tan majestuoso lugar sino también uno de los mejores claustros románicos de España así como uno de los más importantes de Europa. En ese claustro podemos encontrar una serie de relieves que cuentan la vida de Jesús después de su crucifixión, entre estos nos encontramos uno de los más conocidos que suele acaparar todo el protagonismo en los libros de arte, La duda de Santo Tomás.

Del artista nada sabemos, la obra data del siglo XII, la historia que relata la encontramos en el Nuevo Testamento, Juan 20:24-29, Jesús una vez resucitado se le apareció a sus discípulos, a todos menos a uno que en ese momento estaba ausente, Tomás, cuando sus compañeros le relataron la aparición de su maestro se negó a admitirlo alegando que solo lo creería cuando hubiera tocado las heridas infligidas a Jesús durante su crucifixión, Tomás también sería testigo de una nueva aparición de su maestro pudiendo tocar las llagas que le infligieron en la cruz, momento que elige el artista , exactamente cuando Tomás toca el costado de Jesús.

Trece figuras aparecen representadas invadiendo todo el espacio , enmarcadas entre dos columnas y un arco de medio punto, el arco aparece coronado por almenas flanqueadas por torres y arcadas recubiertas de escamas, también nos encontramos a ambos lados dos parejas de músicos que tocan instrumentos , una especie de cuernos y unas panderetas, dando a la escena un carácter claramente festivo, esto se contrapone al hieratismo de las figuras que no revelan ningún tipo de sentimientos en sus rostros.

El centro de la escena la ocupan Jesús y Tomás que como hemos dicho está palpando el costado del primero, Jesús se muestra con el cuerpo ligeramente inclinado así como su aureolada cabeza, los discípulos también se representan imitando esa inclinación , de tal manera que forman sectores de círculos concéntricos en torno a Cristo.

Todos miran a Tomás y Jesús, este último deja ver su pecho desnudo y extiende rígidamente su brazo derecho, con este sencillo gesto el artista consigue separar a Tomás del resto de discípulos.

Jesús además posee un tamaño mayor de cuerpo, su cabeza sobresale del primer plano, era la manera que los artistas del románico tenían de representar la importancia de un personaje por encima del resto.

Los rostros sorprenden por su belleza, todos menos uno, como no el de Tomás, a este el artista le ha otorgado rasgos prácticamente simiescos y sin apenas mentón, es la representación del incrédulo.

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