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Aunque no hayamos acabado de ponerle nombre, día a día asistimos, en asientos de primera fila, a clases magistrales de agnotología. Esta palabreja se utiliza especialmente para referirse a la publicación y divulgación de datos científicos o médicos erróneos o tendenciosos por parte de corporaciones, partidos políticos o agencias gubernamentales para sembrar la duda. En otras palabras, la fabricación de ignorancia, una versión más global del gaslighting. Etimológicamente, la palabra proviene del griego agnosis (que significa «desconocido») y -ología («rama del conocimiento o ciencia»).

El término aparece por primera vez en el libro de 1995 The Cancer Wars: How Politics Shapes What We Know and Don´t Know About Cancer, de Robert Proctor, profesor de Historia de la Ciencia en la Universidad de Stanford. «Los historiadores y filósofos de la ciencia han tenido que tratar la ignorancia como un vacío en constante expansión en el que el conocimiento es succionado, o incluso, como dijo una vez Johannes Kepler, como la madre que debe morir para que nazca la ciencia. La ignorancia, sin embargo, es mucho más complejo que todo esto. Tiene una naturaleza distinta y cambiante, que a menudo es una excelente señal de la política del conocimiento», escribió Proctor. En un libro posterior, de 2012, Agnotology: The Making and Unmaking of Ignorance, Proctor explica que fue un colega académico quien acuñó el término de agnotología, el lingüista Iain Boal.

En The Cancer Wars, Proctor presenta dos ejemplos perfectos de cómo las corporaciones propagan la duda o la ignorancia. El primero es la campaña de relaciones públicas de la industria tabacalera para convencer a los consumidores, a pesar de la abrumadora evidencia médica, de que el tabaco no era adictivo. El segundo ejemplo es la campaña de la industria de los combustibles fósiles para convencer a los ciudadanos y políticos, a pesar del consenso científico, de que el cambio climático es un engaño.

A menudo la ignorancia se propaga con la ilusión de que es un debate equilibrado, pero nada más lejos de la realidad. Como la información que se presenta es cuidadosa y deliberadamente manipulada, no se pueden llegar a unas conclusiones razonables.

En el documental para BBC Future titulado «El hombre que estudia la propagación de la ignorancia», de Georgina Keyton, Proctor analiza la era moderna de la ignorancia: «Vivimos en un mundo de ignorancia radical y lo maravilloso es que cualquier tipo de verdad, por pequeña que sea, puede cortar el ruido. Aunque en la mayor parte de los casos esto es trivial, como por ejemplo el punto de ebullición del mercurio, para las cuestiones de importancia política y religiosa el conocimiento a menudo proviene de la fe, de la tradición o de la propaganda». Kenyon también entrevista a otro estudioso de la agnotología, David Dunning, profesor de psicología en Cornell College. Dunning señala que Internet solo está acentuando la era moderna de la ignorancia: «Mientras que algunas personas inteligentes se benefician de toda la información que está a un clic de distancia, muchos caerán engañados por una falsa sensación de conocimiento. Mi preocupación no es que estemos perdiendo la capacidad de tomar decisiones propias, sino que se está volviendo demasiado fácil hacerlo. Deberíamos consultar a los demás mucho más de lo que imaginamos. Otras personas también pueden ser imperfectas, pero a menudo sus opiniones contribuyen en gran medida a corregir nuestras propias imperfecciones y nuestra experiencia imperfecta ayuda a corregir sus errores».

El concepto de agnotología fue presagiado por el brillante Isaac Asimov cuatro décadas antes en su ensayo «A Cult of Ignorance», en el que escribe: «Hay un culto a la ignorancia en Estados Unidos y siempre lo ha habido. La tensión del antiintelectualismo ha sido una constante que se abre camino a través de nuestra vida política y cultural, alimentado por una falsa noción de que en democracia la ignorancia es tan válida y respetable como el conocimiento».

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