«Mientras escribas lo que deseas, es todo lo que importa; y si importa durante siglos o durante horas, nadie puede decirlo», escribe Virginia Woolf en Una habitación propia. Este ensayo, publicado en 1929, se basa en dos conferencias que la autora pronunció en colegios femeninos de la Universidad de Cambridge un año antes. El ensayo toma su título de la siguiente frase de Woolf: «Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción».

Woolf analiza si las mujeres, en una sociedad patriarcal en la que se enfrentaban a infinidad de desafíos sociales y económicos, son capaces y libres para escribir gran literatura. La escritora, que vivía en una época en la que se impedía que las mujeres asistieran a la universidad, pone como ejemplo de mujeres que rompieron con las normas sociales a Jane Austen y a Emily Brontë. Dice de ellas: «Escribían como escriben las mujeres, no como escriben los hombres».

Así mismo, Woolf pone el dedo en la llaga en el abismo que existe entre la forma en la que se ha idealizado a las mujeres en la ficción escrita por hombres a lo largo de la historia y la manera en la que de verdad se trata a las mujeres en la realidad. Lo hace con estas palabras: «Las mujeres han ardido como faros en todas las obras de todos los poetas desde el principio de los tiempos. De hecho, si las mujeres no existieran más que en la ficción escrita por hombres, uno la imaginaría como una persona de suma importancia; con muchos matices: heroica y mezquina, espléndida y sórdida, hermosa y espantosa; tan grandes como los hombres o incluso mayores. Pero esta es la mujer de la ficción […] Surge así un ser compuesto muy extraño. En la imaginación es de la mayor importancia, pero en la práctica es completamente insignificante. Impregna la poesía de cabo a rabo, pero está casi ausente de la historia. En la ficción domina la vida de reyes y conquistadores, pero en la realidad es la esclava de cualquier niño cuyos padres le impusieran un anillo en el dedo. De sus labios salen algunas de las palabras más inspiradas y de los pensamientos más profundos de la literatura, pero en la vida real apenas podía leer y deletrear, y era propiedad de su marido».

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