Ginevre King en 1918 (Fuente).

Nacida en 1898 en Chicago, Ginevre King creció en una privilegiada familia de la alta sociedad. Llegó a la escena social de la ciudad del Medio Oeste como una de las debutantes de los «Cuatro Grandes» durante la Primera Guerra Mundial. Como escribió Maureen Corrigan en un ensayo de 2014, King creció con una «vida de tenis, caballos de polo, intrigas en escuelas privadas y coqueteos en clubes de campo», además de «una comprensión muy desarrollada de cómo funcionaba el estatus social».

En 1914, fue enviada a la Escuela Westover, una institución educativa de élite donde se codeaba con miembros de familias como los Rockefeller o los Bush. Se esperaba que siguiera una vida acorde a su condición, con obligaciones que no fueran más allá de la crianza de los hijos y el mantenimiento del círculo social de la familia. Pero las cosas cambiaron cuando King, con 16 años, conoció a F. Scott Fitzgerald, que entonces tenía 19 años y estudiaba en Princeton, en una fiesta de trineos en Minnesota, mientras visitaba a su compañera de cuarto en Westover.

Solo se conocían desde hacía unos meses cuando Ginevre escribió en su diario que estaba locamente enamorada de él. Los dos comenzaron una profusa correspondencia por carta, que se iba volviendo cada vez más romántica, con los dos intercambiando fotografías.

Fitzgerald visitó varias veces la residencia de King en las afueras de Chicago, pero los padres de ell se negaron a dejarla asistir al baile de graduación de segundo año de Princeton, un evento social importante. Supuestamente, el padre de King le dijo a Fitzgerald que «los niños pobres no deberían pensar en casarse con niñas ricas». Aún así, Fitzgerald no renunció a su malogrado romance y escribió un cuento en 1916 llamado «La hora perfecta» en el que se imagina juntos a ambos. Como respuesta, King compuso otra historia corta en la que se imaginaba a sí misma en un matrimonio sin amor con un hombre rico, todavía añorando a su ex amante, Fitzgerald. Los dos se reencuentraban después de que Fitzgerald hiciera su propia fortuna, con la esperanza de recuperarla. ¿Suena familiar? Le envió el cuento a Scott en marzo de 1916, siete años antes del lanzamiento de El Gran Gatsby.

Para 1917, la relación entre King y Fitzgerald ya era agua pasada, y ella contrajo un matrimonio pactado con William Mitchell, un rico jugador de polo de Chicago. Mientras tanto, un Fitzgerald deprimido y desconsolado se alistó en el ejército para luchar en la Primera Guerra Mundial. El futuro gigante literario estadounidense guardó una copia del cuento de Ginevre junto a él el resto de su vida. Además, para Corrigan, «Ginevra, incluso más que Zelda, es el amor que se alojó en la imaginación de Fitzgerald, produciendo la perla literaria que es Daisy Buchanan».

Después del éxito comercial de su primera novela, A este lado del paraíso, en 1920 este se casó con la sureña Zelda Sayre, de quien se ha dicho que Fitzgerald tomó prestado gran parte de sus diarios para su propio trabajo arruinando la posible carrera como escritora de ella. De hecho, durante su problemático matrimonio, ella lo acusó públicamente de plagio en The New York Tribune. Según Zelda, Fitzgerald era un marido controlador y resentido. Cuando ella le pidió el divorcio en París, mientras Scott estaba absorto en terminar El gran Gatsby, este la encerró en casa hasta que ella se retractó de su petición. Poco después, ella intentó suicidarse.

F. Scott Fitzgerald fue un hombre plagado de dudas durante toda su vida y El gran Gatsby fue, en cierto modo, como tener una velada con la clase alta. Scott pudo llegar a los escalones más altos de la élite cultural y social, pero eso no significa que se sintiera en su mundo. Como dijo el experto en Fitzgerald James L.W. West, Ginevre llegó a representar el sentimiento contradictorio de Scott hacia los ricos, su fascinación por el dinero y el poder y su sentido de inferioridad frente a ella. Fitzgerald murió a los 44 años, arruinado tras la Gran Depresión. King vivió hasta los 82, habiéndose casado de nuevo con un magnate de los negocios. Los dos se encontraron por última vez en 1938, en Hollywood. El encuentro, sin embargo, no salió bien.

Al final fue Fitzgerald quien pasó a la historia, pero en los últimos años también se ha comenzado a reivindicar el legado de King. Sus cartas al escritor le fueron devueltas tras su muerte y en 2003 fueron donadas, junto con su diario, a la Universidad de Princeton, donde también está el trabajo de Fitzgerald. La obra de Ginevre se acabó publicando y ella convirtiéndose en una autora reconocida. Con su escritura más accesible a los investigadores, estos se preguntan cómo influyó en Buchanan y si Fitzgerald utilizó su trabajo en su propio beneficio. Al fin y al cabo, en lo que respecta a aquellos años solo nos queda la visión de ella, ya que la correspondencia escrita por Fitzgerald fue destruida.

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